
La magia está siempre sustentada por el sutil hilo de lo improbable.
Como el amor, como la épica, como el rayo verde.
Toda la belleza que resta en este mundo, de una manera u otra, inevitablemente araña lo imposible.
La gente no cree en lo improbable salvo que haya dinero por medio. En realidad, la mayoría de la gente sólo cree en las cosas si tienen un valor o un precio, si puede reportarles un beneficio material o si pueden arrancarles, y de la manera que sea, de su monótona miseria cotidiana. Por eso, en la única magia en la que depositan sus esperanzas gran parte de las personas, siempre va de la mano de un insulso décimo de lotería o de un vulgar cupón de la primitiva, y como mucho, coquetean con lo mística, asistiendo a chocantes y reiteradas liturgias de fin de semana con el único y egoísta objetivo de salvaguardar el alma. Por algún terrible motivo, a muchos les resulta complicado avanzar, llegar a la línea, ir un poco más allá y percibir lo intangible, lo fascinante y driblar lo prosaico. Es una tragedia, pero la gente sólo es incrédula para todo en lo que jamás debería ser incrédula.
Y es por ello, que no tiene ni idea de lo que se pierde.
Elena Campbell, la protagonista de la novela “El rayo verde” de Julio Verne, pone como condición para casarse con el cretino de Aristobulus Ursiclos, contemplar con su propia mirada el susodicho fogonazo. Un fenómeno muy extraño, poco habitual, casi extraordinario que apenas dura un segundo y que se produce únicamente en determinadas condiciones que lindan lo imposible. Se da cuando el sol se zambulle en el ocaso y desparrama un último destello. Y dura un suspiro. Pero ese instante, como un disparo, inunda con su tonalidad todo el firmamento.
Un destello inolvidable, hermoso, poético, sobrecogedor, y por supuesto, de color verde.
Según la leyenda escocesa, aquellos que son testigos de tan extraño, peculiar y maravilloso fenómeno, no podrán errar jamás en asuntos del corazón, sabrán a ciencia cierta a quien aman y, por tanto, y venciendo una vez más la escasa probabilidad de que eso ocurra, serán amados por la otra persona.
Elena Campbell, tras recorrer muchas millas por las costas europeas, tras muchas peripecias en la búsqueda del rayo, cuando finalmente se produce el latigazo luminoso ante sus hocicos, no lo ve. Y no lo ve porque se lo pierde, porque está mirando a los ojos de Olivier Sinclair, uno de sus acompañantes en la aventura, del cual, paradójicamente, (y ahí está la guasa del asunto), se enamora perdidamente sin haber logrado su objetivo.
Hay marineros, que, tras una vida en el mar, jamás han tenido la fortuna de dar con él. Otros que niegan su existencia.
Algunos mueren con esa inquietud en sus almas.
Los piratas en el Caribe hablaban temerosos de ese efímero instante de luz, porque es señal inequívoca de que un alma ha regresado de nuevo al mundo, que ha retornado desde la mismísima muerte atravesando el inframundo.
Como resulta obvio, resucitar no es algo que se dé con demasiada regularidad.
Tampoco el rayo verde.
Soy un tipo que nunca cree en lo que los demás creen. Básicamente porque si la gente acertase, si estuviese atinada en sus creencias, si su cabeza, sus ideas, sus corazones y sus pupilas hubiesen encontrado el sendero correcto, entonces el mundo no sería la colosal pocilga que suele ser.
Así que creo en mis cosas, por muy difíciles y complejas que parezcan, por muy alocadas y demenciales que aparenten.
Para el majadero que dicen que soy, no me ha ido mal del todo realmente.
El asunto es que los que estábamos allí, en aquel abril de 2016, no habíamos recorrido medio mundo, ni alcanzado los más agrestes fiordos noruegos, ni cabalgado sobre los hombros de un mulo para coronar los acantilados del fin del mundo.
Estábamos en Montealto, en A Coruña, en ese barrio que existía ya antes de las camisetas, y en “La Arponera”, un bar que tenía ajedrez, cerveza granadina y un propietario, Marcos, que era y es, una condenada leyenda. Pero lo que atesoraba ante todo aquel garito, por encima de cualquier otra cosa, era magia.
Mucha magia.
Y durante aquel atardecer, un hormigueo en los dedos de mis pies, un palpitar en mi pecho, una sensación en mis sienes acompañadas de una excitación inhabitual en mí, me hizo tomar la cámara con decisión porque intuía que algo iba a suceder.
Porque tenía la certeza, la confianza, la seguridad de que iba a ver lo imposible.
Olía la magia. Apestaba.
Porque era esa esquina, esa y no en otra. Sólo desde allí podría suceder.
Y claro. Sucedió. Ante mi cámara y ante mi objetivo. Ante nuestros ojos. Los que allí estábamos contemplando el crepúsculo de aquel día del mes más cruel. Y cuando lo contemplamos, se hizo un silencio tan hondo y tan hermoso que se tiñó de verde. Y después una sacudida de asombro brotó de nuestras gargantas. Y risas, y abrazos y locura. De saber que lo que habíamos visto no se puede ver.
Así que aquí tenéis un regalo, el regalo de algo que es imposible.
De eso que es tan imposible y demencial, que tarde o temprano e irremediablemente, los fotógrafos logramos conseguir.














