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Cultura

El ojo público | El día en el que García Alix se topó con Richard Ashcroft en A Coruña

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Te podías zambullir en la locura.Se palpaba la electricidad en cualquier rincón de la ciudad, saltaban chispas en las miradas, en las palabras y en los gestos, y bullía salvaje una efervescencia que empapaba todas las esquinas.

En San Andrés, en Juan Flórez, en el Orzán, la energía fluía desbocada desde la Ciudad Vieja hasta la desembocadura de Orillamar, al tiempo que Monte Alto, brumoso en la madrugada, se agitaba como una coctelera. Los años 90 habían desembarcado en las costas herculinas a sangre y fuego. Y un grupo de muchachos, que desbordaban inquietudes y despreciaban ambiciones, cegados por la certeza de estar haciendo lo correcto y exigidos por lo que la juventud exige, se unieron para crear un lugar mágico en el corazón de la ciudad. Se bautizó con un nombre rocambolesco, “El Lentejo”. David, Mikelini y Alberto fueron los fundadores de un espacio inolvidable, icónico, y deslumbrante, donde al despuntar la tarde, comenzaban a confluir a cuentagotas los mejores músicos, pintores, dibujantes y poetas del lugar. Cabanas, Cabezas y Brandariz apuraban segovianos en la barra a golpe de carcajadas, bandas de leyenda como Los Mandrágoras, High Time, la Elephant Band, Kosmic Muffin, High Time, Lascivos o Pussycats se dejaban caer por allí, obligados por la ley de la gravedad, como si no hubiese más remedio, como si no hubiese más opción que dejarse caer por allí. Y es que, si eras poseedor de un mínimo de sensibilidad, si podías atisbar un par de palmos más allá de tu propio hocico, sentías la descarga, el latigazo violento de que allí estaban sucediendo cosas. Cosas increíbles.

Alberto García-Alix, el mejor fotógrafo documentalista de este país y autoenemigo profesional, acudió a estas tierras invitado por Ángel Cordero, legendario profesor de la Escola de Imaxe e Son a impartir un taller de creación fotográfica. Y lo primero que hizo el personaje, y tal como dictaba su naturaleza, antes que nada y antes que nadie dijese nada, fue adentrarse sin rumbo ni reloj en la bohemia coruñesa, y por supuesto, lo segundo, fue acabar en El Lentejo. El que ejerció de cicerone en aquel alunizaje fue el célebre Manuel Espiñeira. Y claro, pasados diez minutos, el tipo, aunque muy bregado, ya no daba crédito. Aquello no era un garito de Malasaña, ni la calle Cervantes o Churruca de Vigo, pero allí, y contra todo pronóstico, latía algo brutal. Una turbación contagiosa, un vértigo embriagador, allí se estaba librando una batalla, una guerra, una cruzada contra la mediocridad y lo mundano. Y es que todos aquellos muchachos, todas aquellas chicas, que noche tras noche se pisaban las palabras y las frases, con incontenibles verborreas, entre gritos excitados, risas incontroladas y caladas dolorosas, entre aspavientos y bailes epilépticos, ante todo y sobretodo, atesoraban talento. Tan inconsciente y pulcro. Tan virgen, retorcido e inocente, que casi le entraban a uno ganas de llorar. Todos y cada uno de ellos se habrían inmolado sólo para demostrar que sabían encender una cerilla.

Así que se Alberto García-Alix, con gesto macarra y con el cigarro colgando en la cornisa de sus labios, se emperró. Sí, se emperró y dijo: “Quiero dar el taller de fotografía aquí. La cultura está aquí. Hay que joderse, pero está aquí. Es un lugar perfecto. Sólo necesito un poco de luz y que me pongan una botella de Ron Negrita. Esto último es más importante que la luz” 

Y así fue como impartió una parte de su clase magistral de fotografía en el piso de arriba del local. Se accedía a él tras trepar por unas escaleras estrechas y mugrientas, y básicamente, el espacio consistía en un sofá asolado y descuartizado por los chinazos y las colillas de los clientes, y una minúscula barra donde Álvaro Dorda, cantante por aquel tiempo de Los Mandrágoras, amenizaba al personal mientras servía copas, con un destartalado radiocasete de doble pletina en el que sonaban desde los Sex Museum, pasando por los Cynics o los Dictators para acabar con los exóticos Hellacopters. Allí la gente fumaba de todo, se intoxicaba de todo y hacía de todo menos lo que todos esperaban que hiciesen. Un rincón mágico dentro de un lugar mágico. La x señalaba el lugar, aquello era como si Iggy Pop hubiese llegado al final del camino de las baldosas amarillas.

Pero curiosamente no fue allí, sino en el retrete del bar, donde García-Alix y sin pudor, retrató a Anita, la guitarrista de los Pussycats, aliviando la vejiga y con la ropa interior de bufanda en los tobillos. Inmortalizó aquel váter y a la hipnótica Anita con una fotografía que, posteriormente recopiló en una antología muy personal, en la que la muchacha compartía cartel junto a Rossy de Palma, Inés Sastre o Javier Bardem.

Y es que en aquel lugar la gente se atrincheraba en la poesía. Y los versos no se narraban, se vivían. Como aquella noche, en la que un padre, preso de la desesperación, fue a buscar a su hija, a rescatarla, a arrancarla de aquel agujero negro. En plena madrugada llamó, gritó, se dejó los nudillos golpeando a la verja una y otra vez, provocando y multiplicando únicamente, el jolgorio de todos los presentes. Hasta que decidió echarla abajo estrellando su Mercedes-Benz contra ella. Y claro, lo único que logró fue destrozar la verja, el coche, provocar muchas más carcajadas y por fortuna, ventilar un poco aquel insano fumadero.

Lo dicho. Poesía. No era locura. Era clarividencia. Iban un paso por delante.

Alberto, además de ser uno de los propietarios, también presumía de tener un fanzine de cierta entidad, “El Beasto”. Gracias a dicha publicación, recibía maquetas de infinidad de discográficas, que tenían como costumbre hacer llegar un previo de sus inminentes lanzamientos a la prensa musical del momento. Aquella noche, de inusual escasa afluencia, Mikelini salió del famoso retrete subiéndose la bragueta y frunciendo el ceño con gesto de extrañeza. “Eso que suena, suena bien, me recuerda a “The last time” de los Stones”.

“Es una maqueta de un grupo inglés. “The Verve”, y este tema se llama…”, Alberto hizo una pausa afinando la vista para leer y concluyó:” Bitter Sweet Symphony, ese es el título. Sacan el disco en unos meses”.

Así que Mikelini se encogió de hombros, prendió un cigarro y zanjó la conversación: “Pues tienen talento”

Sin duda. Y es que todo el mundo sabe que la gente con talento, es de la que se sigue hablando de ella durante mucho tiempo. Incluso treinta años después.

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