Lunes 19.11.2018

Reportaje | El palacio vigilado por cuatro mujeres cumple cien años siendo ayuntamiento

Ecléctico, esto es, historicista, romántico y hasta modernista por el arco. De madera, azulejos, hierro, bronce, cristal y de granito, el palacio municipal de María Pita cumple este mes cien años

Ecléctico, esto es, historicista, romántico y hasta modernista por el arco. De madera, azulejos, hierro, bronce, cristal y de granito, el palacio municipal de María Pita cumple este mes cien años como tal, desde que un 18 de septiembre de 1918 la banda del hospicio tocó el himno gallego marcando el paso de la comitiva municipal. Ese día no hubo reyes, pero sí cuatro mujeres sobre una vidriera vigilando cada latido de la ciudad. La presencia de Rosalía de Castro, María Pita, Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán en el techo del salón de plenos lo hacen único, según el conservador del Ayuntamiento, Jaime Oiza: “Sabemos que Galicia es un matriarcado como lo es Euskadi, pero nunca vi en ningún sitio algo igual”.
Cierto es que Hércules y Xerión las acompañan, pero no dejan de ser seres mitológicos en un habitáculo con suelo de ébano y caoba sobre el que se erige la historia de A Coruña. En el medio, se planta la mesa presidencial, con tres piedras de granito. Dos fueron extraídas del castro de Elviña y la tercera viene de la punta donde se asienta la Torre de Hércules. Con motivo del centenario, el Gobierno local prepara una exposición que englobará todo el proceso de construcción desde que los alcaldes del siglo XVIII pidieron a gritos una casa consistorial hasta que por fin los militares cedieron –no querían que se derribasen las murallas donde hoy está la plaza–, y Pedro Mariño levantó un bloque que no iba a ser así en un principio. Y es que sobre la marcha, cuenta la archivera Mariola Suárez, se cambiaron las estancias, pero también la planta que era más horizontal y lineal en los primeros planos. Iba para bajo, pero acabó siendo alto y obediente al no romper la línea de la plaza con los soportales y demás. Al parecer cuando se definió el cuadrilátero con casas alrededor, Mariola cuenta que los comerciantes más pudientes no querían comprar solares. Pensar en tener una casa allí les tiraba para atrás por la ubicación: “Decían que era un lugar sucio, con mucho ruido y que olía a pescado”.
Creían que las galerías, que son las partes traseras de las casas, serían zonas inhóspitas. Poco les duró su aversión a la zona porque la mayoría de adinerados acabaron comprando con vistas a un palacio que se amuebló con elementos del anterior ayuntamiento, que estaba pegado a la iglesia de San Jorge. Lo nuevo tardó en venir, pero hoy es lo que marca la diferencia con un hemiciclo diseñado por Antonio Tenreiro, donde el alcalde se siente arropado por las alegorías del Trabajo y de la Ciencia. A lo largo del tiempo, se le fueron añadiendo capítulos al cuento coruñés. La última placa la puso Francisco Remiseiro cuando la Unesco condecoró a la Torre con el título de Patrimonio de la Humanidad en 2009. Antes, se borró un episodio non grato, de la entrada de Franco en el mismo y, en general, las tallas de madera en los asientos son uno de los reclamos de una construcción que es dorada, azul o roja, según el salón donde uno esté, que tiene una escalera de honor añadida por el dictador en los 50, donde se puede ver el símbolo del águila y que guarda una colección de relojes, la mayoría cedidos por Antonio Ríos Mosquera, que marcan las horas desde el siglo XVIII.
Son de caja alta y sobremesa y entre los ejemplares, Oiza remarca un bracket del siglo XIX fabricado por Losada, el autor del de la Puerta del Sol, “impresionante, por la cantidad de sonerías y el mecanismo”. El conservador explica que antaño, en los siglos XVI y XVII, los relojes eran artículos de lujo, y aunque “no tenemos ninguno de esa época”, el relojero de Felipe II no eligió un cuadro para condecorar al emperador de Japón. Le encargó uno de cuerda a Hans de Evalo.
No solo los que hacen tic tac son reseñables en la casa de los coruñeses. También su pinacoteca guarda joyas como las que dejó en depósito el Museo del Prado, entre las que destaca una especial. La pintó Dióscoro de la Puebla en 1862 y es la llegada de Cristóbal Colón a América. Es tan importante que la usaron como imagen en los libros de texto de historia de los que hoy peinan canas: “La tengo visto hasta en los botes de galletas y en alguna peli la han utilizado como fotograma”. Aunque lleva en la ciudad desde hace casi 100 años, puede que en algún momento la soliciten.
Además, está la colección de reyes y la de alcaldes, de estilos variados, clásicos la mayoría pero con contrapuntos como el de Javier Losada con el hiperrealismo de Jano Muñoz. Todos los regidores salen en vertical excepto uno, el de Puga Parga, cuyo sobrepeso hizo que el autor tumbase el cuadro. Oiza resalta otra serie, la de los prohombres, en concreto, uno de Román Navarro, junto a “La encina”, de Francisco Lloréns, que donó nada menos que su dentista. La pintura ganó la medalla de plata en la exposición nacional de Bellas Artes en 1906. Si uno camina por el pasillo que desemboca en el salón azul, puede ver unas vitrinas vacías. Llevan así más de dos años, después de que las marcas prefilatélicas que las habitaban se sometieran a una operación quirúrgica. Volverán a su lugar original una vez concluya la muestra de los cien años: “Los muebles son a juego con el edificio y por su propio interés hay que mantenerlas allí”, explica Oiza.
En este sentido, apunta que la prefilatelia, que era hace poco lo penúltimo antes de los sellos, es ahora lo antepenúltimo: “La filatelia se está acabando” y en correos ya utilizan etiquetas por peso. La prefilatelia le puso movimiento a todos los mensajes que se movieron entre el siglo XVIII y siglo XIX. El primer sello apareció en 1849. Los cuños que duermen en el Ayuntamiento proceden de todas las estafetas por las que pasaban los paquetes en Galicia.
De los regalos que recibió la ciudad por parte de visitas institucionales, Oiza no recuerda ninguno que se salga de las tradicionales bandejas, pero son tantos que solo unos pocos están expuestos. El resto descansan a la sombra, lejos del palacio que rara vez fue víctima de hurtos.
El experto señala que en una ocasión sustrajeron el autorretrato de Germán Taibo, “uno de los grandes pintores de comienzos del siglo XX”. Lo arrancaron de la tela y lo doblaron, pero las cámaras lo grabaron todo y se recuperó. Hubo que restaurarlo un poco, eso sí. Del pintor, la corporación municipal se empeñó en hacerse con su colección, un genio que no llegó a los 40 porque se lo llevó la gripe del 18: “Hicieron un gran esfuerzo en comprarla, incluso la pagaron a plazos. No me imagino que se pudiera abordar algo así en la actualidad”. Por la importancia de Taibo, se organizará una antología el año que viene y esa sensibilidad por la impronta quedó confirmada cuando el Ayuntamiento celebró el 26 de agosto de 1.917, aún en obras, la segunda exposición de arte gallego.
Hay cosas sorprendentes, esta última es una de tantas que encierra un bloque con tres torres y un reloj donde no se sabe si Pedro Mariño inscribió sus iniciales o las de Palacio Municipal. Lo cierto es que es especial. Lo dice Oiza y todos los coruñeses que lo consideran suyo, un edificio que se puede vender, pero no expropiar. De tres plantas, más áticos, que son oficinas, con la primera como principal y un hall que en navidades se llena de gente para ver el belén, lo que hoy ocupa el “espacio del derribo”, “requirió muchísimo dinero”, cuenta Mariola. En su fachada, no se olvida de sus hermanas gallegas. Mariño las coloca sobre la piedra junto a un lema “Cabeza guarda llave y ante mural del reino de Galicia”. A los lados del escudo, están la paz y la industria y en medio, un balcón que se abre en los días de fiesta. l

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