Medio siglo de generaciones de alumnos

Cincuenta años de lecciones, fiestas escolares y campeonatos de fútbol dan para una exposición cargada de recuerdos como la que ayer se inauguró en el colegio Calasanz.

Medio siglo de generaciones de alumnos
 Pablo y Ana, Nadia y Laura, Ana, con Jimena, futura alumna del centro, y Moisés, hijo y padre
Pablo y Ana, Nadia y Laura, Ana, con Jimena, futura alumna del centro, y Moisés, hijo y padre

Cincuenta años de lecciones, fiestas escolares y campeonatos de fútbol dan para una exposición cargada de recuerdos como la que ayer se inauguró en el colegio Calasanz, que, dentro de las celebraciones por su medio siglo de vida en la ciudad, dedicó la jornada a los antiguos alumnos.
Muchos acudieron al centro con el ánimo soltar la memoria y de la mano de sus hijos, que ocupan ahora las clases por la que ellos pasaron hace tiempo. En medio siglo se forman generaciones de estudiantes. En cada clase hay una media de tres niños hijos de exalumnos del colegio.
Sucede porque los que se llevaron un “recuerdo muy grato” no se plantean otra opción. Es el caso de Ana, que tiene en su hijo Pablo la mejor excusa para volver al que sigue considerando su cole. Por más que hayan cambiado el entorno o los profesores. “Antes estaba en el medio de la nada”, comenta otra Ana, la madre de Moisés, que con cuatro años está recién llegado a la familia escolar. Ella, que recuerda haber visto la tragedia del “Mar Egeo” desde el campo de fútbol, se sorprende del aspecto actual de los alrededores del recinto. Y de que en medio de todo el edificio permanezca en perfecto estado, como si el tiempo no hubiese pasado por él.

cambios y esencia
Las diferencias están dentro. Por ejemplo, en el profesorado. A Pablo su madre le cuenta que en su época de estudiante muchas de las asignaturas las impartían los curas de la congregación. Todos están ya retirados de la docencia, que recae ahora en seglares. Muchos de ellos, exalumnos. De hecho, un tercio de los profesores del Calasanz estuvo no hace tanto del otro lado de la tarima. Esa que a los que regresan acompañando a la siguiente generación de alumnos les parece mucho más baja que cuando subían a ella para dar la lección.
También las clases parecen haber menguado con los años. Y eso que antes entraban cuarenta pupitres, casi el doble que ahora, comenta Máximo, que tiene a sus hijas Alba y Alicia siguiendo sus pasos en el colegio. Para él, el centro “mantiene su esencia, pero se adapta a los tiempos”. Y se vuelca más en la sociedad. “Es muy solidario”, asegura. El resto de las madres lo confirma enumerando las actividades que se llevan a cabo. Como la Feria Solidaria, el próximo gran evento. Es en estas iniciativas en las que colaboran los escolapios que viven en el colegio. Que ya no llevan sotana como la que usaba el padre Severino, al que recuerdan dando caramelos y “volando” por los pasillos pero sin perder la boina.
Las nuevas generaciones ya no le conocieron, pero sí coinciden con algunos de los profesores. La tutora de Nadia, de 2º de Bachillerato, fue la profesora de Inglés de su madre, Laura. Eso, dice esta, hace las tutorías más cómodas. Tener referencias de los maestros puede ser una ventaja. Tanto Laura como su marido estudiaron en el colegio y aconsejan a su hija cómo actuar con los que conocen. “Con este mejor por aquí, le decimos”, explica Laura. La media sonrisa de Nadia permite sospechar que funciona.
Aunque por encima del recuerdo de los profesores están las anécdotas con los compañeros. Muchos de ellos amigos que se han mantenido. Para Máximo es lo mejor que se ha llevado del colegio. Varios grupos de esos amigos desde la infancia quedaron ayer para pasar juntos el día. Otros se reencontraron a través de las redes sociales gracias al evento organizado por el centro. Más de seiscientos antiguos alumnos respondieron a la invitación en la red. Muchos más se pasearon por el colegio celebrando su día.