sábado 16/1/21

Más de veinte puntos negros de venta de droga persisten todavía en la ciudad

El Colectivo  Moucho señala que la desaparición de Penamoa provocó que el trapicheo  se dispersara
La operación policial del miércoles libró al barrio de O Castrillón de un punto negro de drogas que llevaba allí cerca de ocho años | pedro puig
La operación policial del miércoles libró al barrio de O Castrillón de un punto negro de drogas que llevaba allí cerca de ocho años | pedro puig

La Policía Nacional eliminó un supuesto punto negro de narcotráfico en un edificio de Camino de la Iglesia el miércoles pasado. Este foco de trapicheo era fuente de malestar entre los vecinos de O Castrillón, que veían como los alrededores, incluido el parque de Oza, se veían invadidos por toxicómanos, así que los vecinos están encantados. No es para menos: llevaban casi diez años soportando este problema, pero no es una excepción en la ciudad. Desde el colectivo Moucho, que entre otras cosas se encarga del asesoramiento y acompañamiento a drogodependientes, se asegura que los puntos de venta de droga en A Coruña, que se hallan dispersos por toda la ciudad, son muy estables. La estimación más conservadora de este colectivo es que existen más de veinte.

“Todo cambió con la desaparición de Penamoa”, apuntan. Ya hace casi ocho años (en abril se cumplirá la efeméride) que se cerró el que entonces se denominaba el “supermercado de la droga del noroeste”, que provocó que la venta de estupefacientes se dispersara por toda la ciudad. De hecho, muchos chabolistas que traficaban en el poblado tenían ya un piso en la ciudad y solo acudían al núcleo de infraviviendas para vender. Cuando la Tercera Ronda acabó con todo aquello, siguieron vendiendo en pisos. “No solo pisos, sino también en parques públicos y otros lugares”.  Por ejemplo, bares.

En los barrios

Algunos de estos lugares son conocidos, como las viviendas sociales de Orillamar, que fueron el escenario de una gran operación policial en verano de 2018. Otros no los son tanto pero desde Moucho señalan que prácticamente todo los barrios tienen que convivir con esta lacra con más o menos intensidad.

La banda de Orillamar, por ejemplo, había hecho de todo el barrio de Monte Alto su coto particular, según la Jefatura Superior de la Policía Nacional. No solo en las viviendas sociales de Orillamar: se encontraron otros cinco pisos donde se traficaba con estupefacientes. Las operaciones minoritarias más importantes están controladas por clanes de etnia gitana, según agentes de la ley con experiencia en la lucha antidroga, pero no son los únicos en mantener pisos en la ciudad donde todo el mundo sabe que se trafica, pero poco se puede hacer al respecto.

Es uno de los mayores focos de heroína que existen en la periferia

“Para conseguir una operación como “Luna” (la de esta semana) te puedes tirar un año investigando o quince días”, explican las mismas fuentes. La ley exige pruebas para romper la inviolabilidad del domicilio. “Hay que demostrar que tienen droga dentro y demostrar tráfico de drogas, y luego, cuando entras, hay que dar cuenta de todo antes de que lo tiren por el retrete”, enumeran.

Por sorpresa

Por eso los agentes de la UIP (los antidisturbios) entraron en los domicilios de Camino de la Iglesia a las cinco y media de la madrugada del miércoles usando un ariete para derribar las puertas. Primero los portales y luego los de los domicilios. Porque los narcotraficantes nunca guardan demasiada droga en sus casas, solo la que esperan vender a lo largo del día, o incluso unas horas. Suficiente como para hacerla desaparecer tirando de la cadena.  

Además, solo dejan entrar en sus casas a consumidores que conocen. O dejan la dosis en el buzón, o quedan en el parque. Y si son marginales, como el clan de Monelos, vuelven a traficar nada más salir de la cárcel. “No se está haciendo lo suficiente para acabar con este problema –denuncian los agentes–. Se necesitan más medios policiales y cambiar las leyes”.

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