sábado 24/10/20

Kike Ferrari | “El crimen no se resuelve, no me interesa porque el criminal es el sistema”

“No sé si cómo lector me hubiera gustado”. Como escritor, Kike Ferrari lo gozó desde el momento en que supo el rumbo y puso todas las herramientas encima de la mesa, las de la novela negra que al final no es.

El autor presentó ayer la novela en la librería Berbiriana | pedro puig
El autor presentó ayer la novela en la librería Berbiriana | pedro puig

“No sé si cómo lector me hubiera gustado”. Como escritor, Kike Ferrari lo gozó desde el momento en que supo el rumbo y puso todas las herramientas encima de la mesa, las de la novela negra que al final no es. De esta forma, construyó al personaje, el señor Machi, que es imagen y semejanza de lo más mezquino de la sociedad porque aunque el lector se lo imagina a cachos, en otras no hace falta. El escritor descabella lo poco que Machi puede tener de humano y, de paso, viste a la novela de suspense, pero la novela va más allá. El argentino lo advierte en la primera página. Aquí no hay trampa ni cartón. El lenguaje es directo, la acción más. Atropella a las palabras. Seis horas contadas en 180 páginas: “en las que me llevo mal con el personaje”. La pluma es tan veloz como su apellido de bólido, acelera y derrapa. No se detiene. En eso, dice que le ayudó el blog que creó “Que de lejos parecen mosas”, donde iba colgando un capítulo semanal: “Me obligó a entrar en el frenesí de un cocainómano y en la alta velocidad”.
El autor habló ayer en la librería Berbiriana del resultado, donde la pluma se divirtió tanto saltándose las normas que “el crimen no se resuelve, no me interesa porque el criminal es el sistema”. Como una peli de Tarantino, fue saltando de escenarios como quien practica parkour para contar la vida de un villano, “un tipo al que desprecio que no tiene nada que ver conmigo ni con los lugares que habito, pero sí con monstruosidades que conozco”. Y procurando que no cayese ni un ápice de simpático, no como en las de cintas sobre la mafia que, al final, “hacían que deseases ser uno de ellos”, se recrea en detalles crudos con su hijo y su mujer, lo que le hace a un pibe, acelerado todo eso sí, un, dos tres y ya, para que el lector se lance al abismo de un relato frenético al que Kike no pone en punto muerto hasta la 180 porque en esto de escribir, “trato de salir de cada texto con una cosa que no sabía antes. Me gusta ser leído, también comprar una casa alguna vez, pero a la hora de sentarme a escribir, al margen del éxito, quiero aprender, escribir mejor”. Que es hacerlo de mil maneras sin que la anécdota se coma al argumento porque como dijo Vonnegut, “hay que empezar tan cerca del final como se pueda”.

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