lunes 09.12.2019

Jordi Soler | “No son diez líneas que si aplicas todo es maravilloso. La idea es complicarse”

Jordi Soler se pasó ayer por los “XIV Encuentros con escritores” para hablar de su último libro “Usos rudimentarios de la selva” (Alfaguara), que son doce cuadros de La Portuguesa

El autor mejicano habló con los asistentes al encuentro literario  | candela prieto
El autor mejicano habló con los asistentes al encuentro literario | candela prieto

Jordi Soler se pasó ayer por los “XIV Encuentros con escritores” para hablar de su último libro “Usos rudimentarios de la selva” (Alfaguara), que son doce cuadros de La Portuguesa (Veracruz), donde su familia plantó una factoría de café cuando la dictadura les mandó al otro lado del charco y no les quedó otra que reinventarse: “Ciudad de México ya era entonces muy grande y competida”.
Así que se instalaron en un pueblecito de Veracruz donde Jordi creció en la selva. Vivió allí hasta los diez años. Hoy, en el mismo punto donde fue feliz hay un centro comercial horrendo, “me quedé sin un lugar físico, los viejos se fueron muriendo y mi madre y sus hermanos vendieron las tierras”. De ahí que la novela sea en parte un objeto, algo que tocar y recordar sobre lo que fue, como “un manual donde describo doce situaciones”, parecido a esas noticias con diez pistas sobre el secreto de la felicidad porque ayudan a perder kilos o a encontrar el brillo perdido del rostro. Al comentárselo, Soler ríe. Su lista “no son diez líneas que aplicas y todo es maravilloso. La idea es complicarse porque la literatura está para eso”. La mayor parte de los ingredientes son autobiográficos. Jordi rasca en la memoria y saca a ventilar vivencias. Sus padres no lo leyeron todavía, “no quiero ni pensarlo”.

En esta parte del Atlántico, está a salvo, señala, y sigue contando cómo acabaron en un territorio hostil, de alimañas y otomíes, los aborígenes del lugar que no aplaudieron la incursión de extraños. El negocio del café fue próspero, pero tuvieron que batallar a diario contra víboras y revueltas. Para ello, hicieron uso de lo que la selva tenía. A los diez, se fue a Ciudad de México. Después tocó Canadá con las manos, Irlanda y lleva 15 años en Barcelona. Aún así, su relación con la naturaleza perdura: “Me levanto a las cinco y media y veo a los últimos borrachines”. Escribe pronto porque conforme avanza el día, su cabeza se encoge. Vive con los ritmos del sol y solo hace un pacto con la vida occidental cuando pasea con su perro por lo verde durante una hora. Hacía lo mismo cuando era niño y se perdía en la frondosidad. La que sigue intacta, dice. “Es una zona de Venezuela donde parece que el tiempo se detuvo”.

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