Lunes 17.06.2019

La interactividad será el hilo conductor de todo el museo Mundo Estrella Galicia que abrirá al público la semana que viene

Las entradas para acceder al recinto de 2.500 metros cuadrados están disponibles por internet desde ayer

En una fecha clave, el 19 de junio –creando la cifra 1906, origen de la Corporación Hijos de Rivera– el museo Mundo Estrella Galicia (Mega) celebrará su inauguración oficial, tras la que a partir del día 21 se abrirán las puertas para todos los visitantes. Con los obreros y trabajadores de este espacio ubicado en plena fábrica dando los últimos retoques a la infraestructura, la compañía ha permitido un primer vistazo a un proyecto cuya línea conductora será la interactividad. La cerveza es la protagonista en el recorrido por los 2.500 metros cuadrados construidos, al igual que la familia Rivera, pero el visitante también tiene el poder a través de una pulsera que se le entrega al llegar.

Con el objetivo de brindar una experiencia envolvente en la que cada persona tenga mucho que decir, el templo de la cerveza prepara su apertura, en la que habrá múltiples sorpresas. Rodrigo Burgos se hace cargo de la dirección del Mega, que quiere ser algo más que un museo a través de ocho sectores que repasan tanto la historia de la bebida de la felicidad en general como de aquella que emana concretamente de la fuente industrial de A Grela.

Este espacio, único en el territorio nacional, pone a prueba todos los sentidos desde el minuto uno al introducirte en un vaso de caña, justo bajo la espuma, como los que sirven en el otro gran templo de peregrinación de la marca: la cervecería de Cuatro Caminos, donde estuvo la primera fábrica hasta 1966, cuando se preparó el traslado a unos terrenos que nada tienen que ver con la maraña de edificios, cubas y tanques que hay actualmente.

Mosaicos móviles históricos
En las primeras paredes conviven mosaicos de la historia de la cerveza, acordándose de lo que sucedió 10.000 años antes de Cristo y también en el antiguo Egipto, cuando se supone que aparecieron los primeros maestros cerveceros, con líneas temporales.


Al lado, gracias a las pulseras que han entregado a la entrada –con independencia de que el itinerario se haga por libre o con las indicaciones de un guía, que de momento podrá ofrecer explicaciones en castellano, gallego e inglés–, los ordenadores saludan al turista y le cuentan de manera pormenorizada aquella vertiente que más le interese. En esa zona una campana alberga a los foráneos para enseñarle imágenes de Galicia, para que tomen conciencia de lo que significa el apego a la tierra.

En el álbum familiar que se puede ver en otra de las salas, donde ya se ha reservado espacio para las generaciones venideras, se ve la relación que la antigua fábrica tuvo con el hielo y con el agua porque eran materias de las que abastecía al puerto.


A través de las imágenes también se sabe que en la segunda generación ya hubo un maestro cervecero titulado en Francia, Ramón Rivera Illade.


Entre imprevistos y sorpresas que se reservan para los primeros en cruzar las puertas, la ruta pasa por las materias primas de la cerveza permitiendo jugar con el agua del embalse de Cecebre, con el lúpulo propio que se cultiva en Abegondo o con una plantación de cebada, en la que se brinda la oportunidad de tomar un tentempié para continuar el recorrido descubriendo una cepa de levadura propia que llega cada 21 días desde Alemania.

Un cierre gustativo
El corazón del museo es, como no podía ser de otra forma, la antigua sala de cocederos que estuvo activa hasta 2012, donde también hay una prensa y un molinillo para reducir a partículas el maíz que se introduce a veces en algunas de las mezclas. También se prueban los mostos de la cerveza que esté en fabricación cada día.


Quieren destacar que el valor diferencial es que cada cerveza tiene su mosto diferente, pero hay otros elementos que permiten ver que Estrella Galicia ha ido por su camino particular como pueden ser las primeras campañas de publicidad, la antigua carta de precios de la cervecería de Cuatro Caminos o un mapa de rutas de reparto. Esos recuerdos contrastan con la experiencia que se vive al colocarse unas gafas de 360 grados y colarse en un concierto y se interiorizan al cerrar la visita con una cata.

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