domingo 20.10.2019

“La fusión con Oza propició la traída del agua y, en consecuencia, el desarrollo de La Coruña”

José Manuel Fernández, Historiador y escritor

Si vivimos en un planeta en el que más de las tres cuartas partes de su superficie están ocupadas por agua no es de extrañar que el ser humano sea totalmente dependiente del líquido elemento. Hoy una buena parte de la ciudadanía del mundo lo tiene fácil para conseguirlo, pero no siempre fue así.

José Manuel Fernández con el libro que podrá comprarse a partir del lunes	patricia g. fraga
José Manuel Fernández con el libro que podrá comprarse a partir del lunes patricia g. fraga

Si vivimos en un planeta en el que más de las tres cuartas partes de su superficie están ocupadas por agua no es de extrañar que el ser humano sea totalmente dependiente del líquido elemento. Hoy una buena parte de la ciudadanía del mundo lo tiene fácil para conseguirlo, pero no siempre fue así. Incluso en A Coruña costó mucho llegar al avance del agua corriente en las casas. Por eso, en su nuevo libro “El agua en A Coruña. Fuentes, estanques y lavaderos”, el historiador José Manuel Fernández Caamaño repasa la memoria histórica de un elemento que fue básico para el desarrollo de la ciudad.
“Con este libro quiero que la gente de La Coruña sepa que no siempre salió agua con abrir un grifo; que tenemos agua en casa desde apenas 100 años y que la vida era mucho más esclava antes”, destaca el autor, que firma con Ricardo Vázquez Pérez el primer volumen de la Colección Estudios Emalcsa.
El cambio de gobierno en María Pita no permitió presentarlo de manera oficial, pero a partir del lunes la obra estará a disposición de los coruñeses en las librerías. El tomo es fácil de reconocer dado que Fernández escogió un gravado de Pablo Ruiz Picasso en el que el artista retrata a la “aguadora” de su casa.
Y a partir de ahí la historia fluye como su protagonista por todos los barrios cuyo devenir estuvo completamente solapado a los avances para transportar el líquido. Si bien es cierto que la ciudad está rodeada de agua, hasta hace no tantos años no existían técnicas de desalado del producto por lo que la profesión de llevador de agua a las casas e, incluso, a las instituciones era una de las que tenía más futuro.
Pocos saben que, de hecho, la “traída” de A Coruña se debe a la fusión con Oza. El historiador, que tardó un quinquenio en completar el arduo trabajo sobre las fuentes coruñesas, revela que “toda aquella zona estaba llena de manantiales” y no fue hasta la fusión de A Coruña y el extinto ayuntamiento de Santa María de Oza cuando se pudo dar un paso adelante.
“El 1885 dos compañías inglesas compraron los derechos de la traída pero no se llegó a desarrollar por un desacuerdo con el Ayuntamiento y no es hasta 1903 cuando se funda aguas de La Coruña”, explica. El experto aclara que, aún así, “el agua no comenzó a circular hasta 1915 y los primeros privilegiados fueron los de la zona centro”.
Todo gracias a la anexión de Santa María en 1912, pues era la que disponía del ansiado elemento. “La unión propició las conexiones con los ríos Barcés y Mero y también el desarrollo de A Coruña, fue todo consecuencia de la traída”, expone, sobre algunos de los datos que se pueden descubrir leyéndolo.

inmersión en los archivos
Es casi imposible no emocionarse con algo tan simple como el agua y las formas de transportarla, pues Fernández habla del tema con pasión. No en vano se zambulló en el trabajo de motu proprio y ello conllevó una dura inmersión en “los legajos de Santa María y en todo tipo de documentos”.
Pero tampoco se libró el historiador del acercamiento a las personas, de la memoria popular. En este sentido recuerda que cuando se desplazó al “buen puñado” de fuentes que siguen en pie de antes de la traída, del tiempo de los aguadores, para fotografiarlas se encontró con vecinos de distintos barrios que le contaron algunas historias sobre sus experiencias.
Allá, en las fuentes, se llegaban a formar colas como si de conciertos se tratase pero la desaparición de la afluencia masiva a estos puntos acabó con lo que, a ojos del escritor, era una “ventaja”. “El tiempo que se perdía se dedicaba a comentar las noticias y los mentideros y eran como la prensa de la época porque corría por todas partes”, reflexiona.

la ciudad de los mil caños
Fernández hace hincapié en su libro precisamente en ese repaso al legado del agua. Si se le pregunta, confiesa que su fuente favorita es también “la más antigua” que se conserva. Se trata de la de Neptuno, ubicada en la plaza de Santa Catalina.
“En el escudo del Dios de la mitología griega está gravada la antigua Torre de Hércules y muy poca gente se fija”, lamenta. E insiste: “Para mí es la más significativa porque representa más que ninguna el agua, al estar dedicada a la deidad de las aguas”.
No obstante, en su obra también alude a sus dos compañeras veteranas. “La de La Fama, que le debe su nombre a que estaba en esa zona de Riego de Agua y la trasladaron o la del Deseo en Azcárraga”, comenta.
En su opinión son las tres que presentan una mayor “monumentalidad”, pues ya desaparecieron del callejero otras como la fuente de San Andrés que “tenía ocho caños”.
Y para caños también destacaban la de Caramancha, en la plaza de Pontevedra, o la de la propia de Neptuno “que causó muchos quebraderos de cabeza”. Cuenta Fernández que el gobierno local tuvo que desplegar allí “incluso a centinelas de guardia” o celadores.
“Había dos tomas: una era para la gente del pueblo, para que pudiese llevarse el agua, y que además tenía anexo un pilón  para lavar, mientras que el otro caño estaba reservado al ganado”, destaca. En esa segunda zona –que también disponía de una pileta, que “debía de mantenerse limpia por si había incendios”– se podía coger en las sellas cuando no hubiese “bestias” esperando para beber.
Pero el agua estaba sucia, no se respetaban los turnos y no había manera de que el abrevadero fuese eso la mayor parte del tiempo. De ahí que “en 1845 se promulgaran las normas de uso bajo pena de multa”.

ornamentos y balnearios
Sobre la querencia de las administraciones por las fuentes, explica que es una forma de hacer un “tributo al agua”.
El amor llegó hasta tal punto que hace décadas A Coruña ya contaba con sus propias casas de baños que no eran para que el común de los mortales se duchase, sino para que la gente de bien “tomase las aguas”.
En Riazor incluso metían a los clientes en el mar dentro de bañeras. “La plaza de las Catalinas se llama así por las señoras que se hospedaban allí para venir a los baños”, resume. n

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