Martes 20.11.2018

“El cambio en mi pintura no ha sido tan bestial como parece”

jorge peteiro Pintor
Para el artista, el color está por encima de todo. Lo estuvo incluso antes de pintar.          Por eso, la esencia ha permanecido intacta
Jorge Peteiro asegura que cada vez suma más encargos a su lista y en la actualidad trabaja sobre la forma de trasladar un    mural suyo a Canadá 	pedro puig
Jorge Peteiro asegura que cada vez suma más encargos a su lista y en la actualidad trabaja sobre la forma de trasladar un mural suyo a Canadá pedro puig

Jorge Peteiro pinta sentado y no se levanta hasta que agota la pequeña finca que delimita una de sus múltiples líneas negras. Cada vez más marcadas. En su casa de O Castelo tiene su exposición permanente y una lista guardada en un cajón donde están los encargos que aún le quedan por hacer: “Cada vez sube más el ránking”. Entre ellos, siempre está A Coruña. Peteiro no se cansa de pintarla. Lo hace de memoria.

Y sin pensar, vuelve a trazar el perfil de la Torre que acecha al fondo junto al reloj del Obelisco. Y el mar. Peteiro siempre pinta el mar. En su estudio con vistas a lo verde, son varios los lienzos que le miran de reojo. Uno de ellos, el que tiene más cerca, refunfuña de frente. Le pide más mimos. Jorge no le falla y se pone a darle vida.

Las tonalidades            me salen como si fuera magia. no hay dos cuadros iguales

me quedé en una época donde todos los artistas andaban amargados contando unas desgracias horribles

En una posición retorcida, se entrega una vez más a su ciudad y la viste de alegría. Como el resto de sus cuadros. Con tonalidades que pueden llegar a ser un ejército de 500 tumbadas sobre el mismo óleo. Diferentes. Que el ojo va apreciando en varios golpes. Asegura el genio que en el primer barrido, el curioso solo distingue cinco variaciones.

Es por eso que su arte exige tiempo. Está lleno de matices cromáticos que al fin y al cabo es lo que siempre le ha interesado. Y es que por encima de la pintura, para Peteiro está el color. Lo estuvo antes de que cogiese el pincel por primera vez. Con tres tubos rojo, azul y amarillo le basta para crear su pequeño universo. Y tocar el resto de la gama. En cada agujero, hay uno: “Las tonalidades me salen como si fuera magia”.

Sin chistera ni baraja trucada, el artista rellena los huecos en blanco con la seguridad de quien cocina una receta diferente cada día. Es imposible que salgan dos cuadros iguales y en caso de serlo, afirma, “es como si te tocase el Euromillón”. No hay paisaje en el ecosistema que se le haya resistido hasta el momento. En un estilo que fue evolucionando con el tiempo pero que siempre estuvo marcado por el color. De una primera etapa de composiciones más suaves a una forma de hacer que hoy se considera única, la esencia ha permanecido intacta: “El cambio, dice, no ha sido tan bestial como parece”.

Para que sus creaciones empiecen a caminar solas por el estudio, el artista se toma su tiempo. Y para varias veces al día. En distintos rincones de su casa que abastece de hamacas y colchones. Porque cada instante pide un paréntesis distinto, el creador se levanta de la cama a golpe de café y toma la primera de las siestas después del desayuno. Él la llama la de los ricos porque se practica cuando todos están trabajando. Lo vuelve a hacer antes de la comida y después y hasta ha introducido una cuarta costumbre patria no hace mucho. Justo en ese momento en que ni es tarde ni es noche: “Tengo que buscarle un nombre. No sé si llamarle siestiña o siestecita”.

El descanso es fundamental para el artista, que se refugia en un paraíso verde donde todavía se dan los cerolos. Y son igualitos, dice, a los que vendía Amadora en la calle de Pérez Cepeda. Que era una señora pequeña rodeada de caramelos que tenía para el pequeño Peteiro y sus camaradas de barrio cucuruchos de aquel fruto que sabía tan bien. Tanto que fue en su búsqueda una vez compró la propiedad. No lo encontró y un día de casualidad vio a su perro comiendo una de aquellas bolas rojas que se parecían a las fresas y que brotaban de un árbol que adquirió en un vivero. Sin saber que era el que llevaba buscando toda la vida.

 

cuadros preferidos

Ya en el estudio, Jorge habla de sus favoritos. No los tiene pero si hay uno que guarda en la recámara al que le tiene especial cariño, es el del Arca de Noé. Cuando todos tienden a pintar los animales que se suben al barco contentos por haber sobrevivido y a los que luchan todavía en el agua desesperados, Peteiro coloca en el mismo umbral de felicidad a todos y sitúa a los medio ahogados practicando windsurf. Pilotando motos de agua. El cuadro está justo detrás de una puerta “puxigo” en la que Jorge posa como si fuera una vaca. Asomado.

Ocurre que cuando ve uno de sus cuadros anteriores, Peteiro se detiene un rato. Lo observa porque “como estoy trabajando todo el día, no me da tiempo a mirarlos”. Señala que no le ve defectos. Al contrario, le gusta ver cómo envejecen y se le dibuja una sonrisa en la cara al asegurar que de momento son todos unos “meniños”. Sus criaturas le piden cada vez más tiempo. La vista y los años actúan en contra pero sin prisas, dice, va más fino. Y respeta la línea negra.

El pintor no suele acudir a exposiciones y cuando visita un museo lo recorre rápido y aprisa hasta dar con la salida: “Estoy deseando acabar cuanto antes para fumarme un pitillo”. Quizás por esa obsesión de no recibir información de nada que pueda influir en su pintura, el creador desconoce cómo se mueven las artes en la actualidad: “Me quedé en una época donde andaban todos amargados contando unas desgracias horribles pero no sé a qué andan ahora. Me imagino que la cosa va más por lo mío”.

Desde su estudio atiende nuevas peticiones por teléfono. Se plantea la forma de exportar su impronta a Canadá que, en breve, hablará de Galicia gracias a un mural suyo. Acompañado de sus dos perros, Moon y Sunny, confiesa que en esto de hacer arte con el pincel “siempre me copié a mi mismo”. Tampoco sabe si en el mercado hay imitadores de su estilo. No le interesa porque le horroriza solo de pensar que pueda haber alguien que se dedique a plagiarle: “Me pone enfermo”. Y sigue enganchado a una de sus pequeñas leiras.

Porque su pintura es igual de minifundista que su país, Peteiro reconstruye España en su cabeza como un gran parque de atracciones donde los visitantes aparcan en la frontera. Y se montan en una “carallada” de esas tipo montaña rusa nada más salen del coche. O eso, o un cacho de tierra dedicado al ocio y al juego. Sin lugar para los mafiosos porque los mafiosos “seríamos todos”. En el lugar de O Castelo, el otoño es todavía más bonito. Aún así, no llega a alcanzar la magia de las 500 tonalidades que crea Jorge en su paleta.

perfil
Jorge Peteiro nace en 1959 en A Coruña. Se matricula en Psicología y Empresariales en la Universidad de Santiago, una etapa en la que se integra en diversos movimientos contraculturales para radicarse finalmente en Bellas Artes de Valencia. En 1981 se incluyen trabajos suyos en la muestra “Centenario Picasso” y sus obras se dejan ver en Valencia dentro de distintos colectivos. Su primera exposición llega en 1984 con Caixa Galicia. Allí, un Fernando Mon ya vaticina que “Peteiro está en posesión de ideas muy claras”. Profesor durante cinco años, el creador encuentra su sitio en la pintura con un estilo de líneas marcadas. Donde el color está por encima de todo.

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