El valor de lo analógico

Teléfono móvil | aec

Estas modernidades de que la vida entera se gestione a través de datos, pantallas y asistentes virtuales tiene sus inconvenientes, que, por supuesto, solo detectamos en el momento menos adecuado. Justo cuando está a punto de salir el tren y no conseguimos que el lector de los tornos detecte el código QR que llevamos en el móvil o cuando llegamos a la puerta de un teatro para descubrir que se ha suspendido la función y que, en algún momento, debimos haber recibido el pertinente aviso; que quizá se quedó olvidado entre los cientos de anuncios que llegan a nuestros correos electrónicos o fue directo a esa bandeja de mensajes no deseados que se borra de forma automática pasado un tiempo. Cómo nos acordamos entonces de esa época en la que había una persona al otro lado de un mostrador o de la línea telefónica a la que pedirle ayuda –o hacerle una indignada reclamación, que en según qué momentos es hasta terapéutico–. La vida moderna tiene sus peajes.

El valor de lo analógico

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