Probablemente desde que el común de los mortales tiene acceso a la literatura se repite eso de que la juventud no lee, que los chavales solo abren un libro si es por obligación y que el futuro es negro con estas nuevas generaciones que dentro de unos años no van a tener más vocabulario que el de la tele o los videojuegos –la referencia ha ido cambiando con el tiempo– y no van a escribir ni una frase sin su errata. Un poco de verdad hay, eso es cierto. Claro que también ayuda que en los planes educativos se le dé más importancia a abrazar árboles que a saber colocar la letra hache. Pero la cuestión es que la cosa, siendo preocupante, no es tan terrible. De esos críos que ahora consideran que pasar un rato leyendo es poco menos que un castigo habrá una parte que nunca le encontrará el gusto, pero a otros el rechazo se les pasará con el tiempo. Afortunadamente. Vamos a confiar en que si ha sido así durante siglos, el patrón no va a cambiar ahora.
