Hay una mente tan empresarial como criminal en Tenerife que ha hecho un negocio redondo: vender su casa y, a continuación, okuparla. No le busquen peros a este plan, que se ve que no los tiene. Más allá del detallito de las absolutas faltas de ética y legalidad. La señora firmó la venta de su casa a una ilusionada pareja la Nochebuena de 2019 y le pidió que le dejase pasar en ella esa última noche, a modo de despedida. Tres años y medio después sigue allí mientras son los nuevos dueños, que no han llegado a pisar la vivienda, los que se encargan de los pagos de la comunidad, las derramas y, por supuesto, la hipoteca. Para completar el panorama, los funcionarios judiciales se aliaron (involuntariamente) con este genio del mal y su huelga de marzo retrasó el que parecía que iba a ser el definitivo desahucio. ¿Qué hemos aprendido de esta historia? Que no se puede ser confiado ni sentimental. Epílogo: tras la presión mediática, la okupa se fue, pero llegaron otros, cargados de colchones, que se hicieron con la plaza. Continuará...
