Hace 25 años que le plantamos cara al miedo

Miguel Ángel Blanco es la imagen de las víctimas de ETA | AEC

Uno de los síntomas de que hemos dejado atrás una de las etapas más oscuras y terribles de nuestra historia reciente es que los chavales de veinte años a duras penas saben qué es eso de ETA. Y de ahí hacia abajo, ni la más mínima noción. Pero para otros se cumplen veinticinco años de la reacción que lo cambió todo. La marea de manos blancas que agitó para siempre el océano del miedo se extendió de punta a punta del país. En las ciudades, en los pueblos, en los destinos de vacaciones, donde se cambiaron los chiringuitos por las marchas, familias enteras, con niños que solo tiempo después serían conscientes de la trascendencia de lo que estaba pasando, salieron a las calles a exigir que parase el terror. A demostrar que solo había dos bandos: el de los asesinos y el de todos los demás, que eran millones. Luego, mucho después, vinieron el oportunismo político y los intereses partidistas a ensuciarlo todo, pero en aquel día de julio de 1997 fuimos uno. Lo que teníamos que ser para plantarle cara al horror. A veces hacemos las cosas bien.

Hace 25 años que le plantamos cara al miedo

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