El gas hace extraños compañeros de cama

Foto: nicolás maduro | efe

hay que ver lo volubles que somos y cómo nos cambia el color del cristal con que miramos dependiendo de la necesidad que nos acucie. Como nadie se fía de los vaivenes mentales de Don Putin, que juega a pisar la manguera del gas cuando le peta y a partirse de risa de todo Occidente, no nos queda otra que congraciarnos con nuestros otrora acérrimos enemigos y sumos apestados. Estados Unidos ya le ríe tímidamente las gracias a Maduro y ha empezado a rebajarle las sanciones a Venezuela. Europa, por su parte, se ha quitado de la nariz la pinza con la que se protegía del hedor que emanaban saudís, azerbaiyanos o egipcios por ser regímenes autoritarios que no respetan los derechos ni de sus santas madres amantísimas. Peeero... ande yo caliente... –nunca mejor dicho—. Pues lo dicho, que el gas –o más bien su ausencia— hace extraños compañeros de cama, como diría Don Shakespeare. 

El gas hace extraños compañeros de cama

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