Estamos poseídos

Una persona utiliza un cajero automático | EFE

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los humanos vivíamos sin los bancos. Al principio, era aquello del trueque del capón por las patacas y los grelos por los huevos. Después vinieron los dineros y con ellos los salarios. Los trabajadores recibían un sobre y se lo llevaban a casa, donde lo guardaban donde más seguro les pareciese. Se inventaron también los pagos de la luz, el agua, el seguro de defunción, la hoja de la parroquia… Iban los cobradores por las casas con sus recibos y las gentes les pagaban con los cuartos de debajo del colchón. Pero los bancos, que también estaban inventados, nos convencieron de que era más cómodo que nos hicieran ellos los pagos, los cobros, los préstamos, etc. “Qué amables” —dijimos—, ¡y nos lo tragamos! Nos crearon dependencia y ahora ya no podemos vivir sin ellos, tanto si tenemos dinero como si lo debemos. Ya no se puede vivir sin cuenta bancaria ni aunque se quiera. Ojalá volviesen los tiempos del colchón y los cobradores. Por lo menos no teníamos dueño.

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