Aunque Ferrol haya dejado de ser ciudad departamental, su estrecho vínculo con la Armada le mantiene como epicentro de emociones. Ayer a mediodía costaba contener las lágrimas. Les costó, obvio, a los familiares que recibían a sus hombres y mujeres, de regreso tras una larga travesía, iniciada allá por febrero y culminada tras no pocas millas por lugares remotos y latitudes extremas. Pero no había dique de lágrimas capaz de contener incluso a quienes allí estaban por otros motivos ajenos a los lazos familiares. Mientras haya un marinero con base en Ferrol seguirán vivos el orgullo y la emoción.
