domingo 29.03.2020

La “Gripe de 1918”, negro recuerdo de Betanzos

Muchas familias brigantinas perdieron a los suyos en 1918. La mal llamada Gripe Española se cobró la vida de decenas de vecinos, y sus descendientes exponen ahora lo que les contaron
La “Gripe de 1918” mermó de manera considerable la población de Betanzos | AEC
La “Gripe de 1918” mermó de manera considerable la población de Betanzos | AEC

Una situación excepcional, de incertidumbre y nerviosismo, de miedo, contenido por la excelente valoración que la ciudadanía otorga a su sistema sanitario pero ostensible en cualquier conversación, en los datos históricos expuestos en la última semana por numerosos vecinos de Betanzos.

No lo vivieron, pero sí sus abuelos o sus padres, y de ahí que conozcan los números y las circunstancias de la conocida como “Gripe de 1918”. Una epidemia que causó miles de muertes en medio mundo, con unas cifras desoladoras en As Mariñas. Como las que anota octubre de 1918, que registró un 800% más de mortalidad que el mismo mes de 1917.

Hace casi 102 años, la epidemia causó más de 140.000 víctimas en España, particularmente jóvenes, como recuerda una nonagenaria que indica que “siempre le oí a mi madre que entonces murieron todas las mujeres que estaban embarazadas en Betanzos”. Un dato transmitido oralmente de generación en generación que, si bien no es científico, no parece desproporcionado al comprobar que la situación obligó a ampliar el cementerio católico, el actual camposanto municipal, en las inmediaciones del santuario de Nosa Señora do Camiño.

La crisis del coronavirus animó a volver a abrir capítulos cerrados hace años en muchas casas, y no son pocos los abuelos que cuentan a sus nietos lo que a ellos les contaron sobre la mal denominada “Gripe Española”. Porque no era española, sino que en España era en el único país donde la prensa informó de la pandemia, en parte por su posición al margen de la Gran Guerra.

En un primer momento, las autoridades recurrieron a las mismas medidas adoptadas ochenta años antes con el “cólera-morbo” incidiendo en la necesidad de extremar las medidas de higiene para evitar la expansión de la epidemia, pero acabaron ordenando una extensa relación de indicaciones de cumplimiento obligatorio, como la reducción de las clases en las escuelas a dos horas por las mañanas y de las sesiones de teatro, o el control de accesos en las industrias, donde se alerta de las consecuencias de aglomeraciones, e incluso de prohibiciones, como lo que ocurrió con los bailes y especialmente con los oficios religiosos, suprimiéndose las ceremonias de culto extraordinarias y las pilas de agua bendita “por ser práctica poco higiénica y adecuada para el contagio”, recoge un bando de 1918.

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