
Andrés Ríos Mejuto, fallecido en la madrugada de este viernes en A Coruña, a los 67 años, exprimió la vida como nadie.
Vinculado al mundo de la comunicación –una de sus grandes pasiones– desde muy joven, compartió ruedas de prensa, partidos, eventos y viajes con cientos de compañeros de profesión que ayer lamentaban profundamente su muerte. Y que le recordaban, por encima de todo, con cariño. Entre los mensajes de consternación por un desenlace que, aunque esperado, nadie quiera creer, se colaban inevitablemente las anécdotas, las bromas, las ocurrencias. Que provocaban una sonrisa.
Unido a Editorial La Capital durante décadas, su historia es la del profesional que supo adaptarse una y otra vez sin perder su esencia y el hombre que jamás perdió el buen humor.
Andrés Ríos comenzó su carrera profesional en los micrófonos de Radio Cadena Española, desde donde pasó a Radio 80 y a la Televisión de Galicia. Solo le faltaba la prensa escrita, a la que finalmente le dedicó cuarenta años. En 1984 llegó a la redacción de El Ideal Gallego, donde desarrolló su trabajo en varias secciones como Local, Nacional, Sociedad o Deportes, que dirigió. Ya entonces era un “buscavidas”, como él se definía para explicar su capacidad para encontrar buenas historias que contar. Contó muchas y mientras lo hacía se fue convirtiendo en uno de los periodistas más conocidos y más queridos de la ciudad.
Divertido y espontáneo, lo mismo gritaba un “¡Bravo, Arsenio!” en la rueda de prensa tras el penalti que dejó al Dépor sin Liga, que dejaba vacío un cajón de su mesa de la redacción días antes de su cumpleaños, invitando a sus compañeros, por supuesto, a que lo llenasen de regalos.
En el año 2000 se incorporó a DXT Campeón como redactor jefe y nueve años después se convirtió en el director del diario. Una nueva responsabilidad que le permitía desarrollar en todo su esplendor el ‘preciosismo’, que es como denominaba –entre risas– su estilo periodístico.
Tras más de veinte años entregado a la información deportiva dio un paso adelante en 2022 para dirigir el rumbo de las cabeceras de Editorial La Capital: El Ideal Gallego, DXT Campeón, Diario de Ferrol, Diario de Arousa, Diario de Bergantiños y Diario de Compostela. Con la misma ilusión y el mismo optimismo de siempre. Y con una visión clara de lo que entendía que tenía que ser el periodismo: un servicio público. De ahí su defensa de la prensa local, cercana, social. Donde lo que cuenta es hablarle a los lectores de lo que más les importa.
En esa última etapa le tocó hablar en público más de lo que le habría gustado. Quizá porque su fuerte estaba en la cercanía. En conversar ante un café o durante un paseo con su inseparable perra Musa. Era más de aire libre que de despacho. En 2024 pisó el último dentro su trayectoria profesional, el reservado al director de Relaciones Institucionales de Editorial La Capital, puesto que ocupó hasta el pasado febrero.
Entregado
Inquieto e incansable, otra de las facetas más conocidas y destacadas de Andrés Ríos es la de la ayuda a los demás. Su compromiso le llevó a ser voluntario de Cruz Roja –donde llegó a ser vicepresidente a nivel gallego– y su pasión por el mar hizo de él un rescatista entregado. En una de sus intervenciones salvó la vida de una mujer que se estaba ahogando en la playa, un acto por el que fue condecorado con la Medalla al Mérito de Protección Civil en el Ayuntamiento de A Coruña. Además, su trayectoria le valió entrar a formar parte de la Real Orden de Caballeros de María Pita. Y aunque honrado y agradecido, prefería mantener los reconocimientos en segundo plano.
Comunicador de vocación, pese a su discreción en lo personal trató con naturalidad el desarrollo de su enfermedad, siempre con un mensaje positivo. El único que tenía sentido para él.
No quería que se hablase de su muerte. Ni esquelas ni velatorios. Que su adiós prácticamente pasase desapercibido. Imposible en su caso. Periodistas, deportistas, políticos, empresarios... en definitiva, cualquiera que hubiese tenido contacto con él quería despedirse. Y transmitir a sus seres queridos –su madre; sus hijos Juan Andrés, Iván Felipe y Adrián; su mujer, María– el aprecio que le tenían. Tampoco le gustaría leer estas líneas, pero nos perdonaría haberlas publicado. Haría una broma sobre haber desvelado su edad y seguiría adelante.
Se fue, precisamente así, entre bromas, que era como había elegido tomarse la vida –y la muerte– y dejó el encargo de que cuando pensemos en él lo hagamos con una sonrisa. Nos lo ha puesto fácil.












