
El Coliseum esperaba al maestro Sabina con la lección aprendida y ánimo de homenaje. Más que un concierto, lo de este sábado era un gracias. Mutuo. Del artista a su público, siempre fiel, y de sus incondicionales al hombre que ha puesto palabras a lo que la mayoría no sabe nombrar. Mucho menos, describir.
En el recinto, lleno, la sensación de estar asistiendo a un momento histórico. Uno que ninguno de los presentes quería que llegase, pero que ninguno quería perderse. La primera ovación –mientras sonaba ‘Un último vals’ y Ricardo Darín y Joan Manuel Serrat aparecían en pantalla–, antes incluso de que el de Úbeda pisase el escenario, fue un aperitivo de lo que vendría después. Aplausos interminables que sonaban a necesidad de que ningún reconocimiento se quedase en el tintero. Por si no había otra oportunidad.
Sabina, por su parte, se presentó a su cita en A Coruña con una colección de confesiones y verdades. Empezando con una celebración: superviviente sí, maldita sea. “Boas noites, miña terra galega”, lanzó antes de agradecer la “complicidad, hospitalidad y generosidad” que siempre le ha brindado A Coruña. Y que este sábado lo iba a hacer por última vez. “El del jueves fue el concierto del hola y el de hoy, el del adiós”, anunció con emoción en la voz.
Luego lo negó todo y defendió las mentiras piadosas antes de adentrarse en esa calle Melancolía –dedicada a la que fue su “amiga íntima” Nacha y a su hija– que sonó a himno en las gargantas de los siete mil que llenaban el multiusos coruñés. Y que tardarán más de 19 días y 500 noches en olvidar la última que compartieron con el poeta que canta. Que proclamó varias veces que esta es su última gira, quizá para convencerse y convencernos. Un clamoroso ‘no’ dejó claro que nos resistimos a la despedida.
Por si esta resultase ser cierta, para la ocasión, como él mismo dijo, sacó del baúl clásicos que apelan a toda su historia musical –que es la nuestra–. De esos en los que podría quedarse en silencio con la seguridad de que todo el público corearía la letra sin fallar una coma. Y entre lamentos por que les hubiesen robado el mes de abril, un pacto con aquellos tres tipos de un atraco frustrado, promesas de invitar a un trago a la Magdalena y paseos por el bulevar de los Sueños Rotos, Sabina y el Coliseum veían cómo iba avanzando el reloj. Con esa extraña combinación de disfrute y pesar. Porque todo lo bueno se acaba.
Y sin embargo te quiero parecían decirle al cantautor con sus aplausos los que siguen sin querer creer que la de anoche fuese la última vez. A sus 76, tan joven y tan viejo, solo necesita un taburete y un micrófono para hacerse con el público. El talento hace el resto. Los que estaban al otro lado del escenario, a falta de oficio musical, pusieron corazón. Y Sabina los recompensó: “Es un lujazo oíros cantar tan bonito y tan afinadito”. Y a nadie le importó si era cierto o no.
Juró que amores que matan nunca mueren y después de asegurarle a su Princesa que era demasiado tarde, el Coliseum quiso más. Pero había llegado el final. Solo quedaba quitarse el bombín, ponerse en pie y dar las más sinceras gracias. Asomaban las lágrimas en más de uno de los presentes y, sobre las tablas, Joaquín Sabina contenía la emoción. Decir hasta siempre no es fácil.
La ovación de sus incondicionales parecía no tener fin y él correspondía con sonrisas y saludos. “Os aseguro que nunca nos olvidaremos de estas dos noches mágicas en Coruña”, prometió. Tampoco nosotros. Nos sobran los motivos para desear que esto no haya sido un adiós. Que no se ponga la luna de miel.












