Viernes 14.12.2018

En el Materno también hay una vuelta al colegio para los ingresados

En el colegio de Yolanda Amor no hay pupitres sino camas, las aulas son habitaciones de un hospital, el Materno Infantil, donde los ingresados de larga duración mejoran su expresión oral y escrita y realizan operaciones aritméticas.

Los niños asisten a clases diarias centradas en la expresión escrita y oral y en las matemáticas
Los niños asisten a clases diarias centradas en la expresión escrita y oral y en las matemáticas

En el colegio de Yolanda Amor no hay pupitres sino camas, las aulas son habitaciones de un hospital, el Materno Infantil, donde los ingresados de larga duración mejoran su expresión oral y escrita y realizan operaciones aritméticas. No está claro quién aprende más de todo esto porque la profesora, que lleva seis años trabajando en el Teresa Herrera, dice que su lucha constante hace “que me den lecciones cada día, a mí y a todos los mayores” porque pueden estar fatal, pero si al día siguiente se encuentran mejor, ya los ves con ganas de aprovechar cada minuto al máximo”. 

Aquí, los deberes los pone el alumno y su estado de salud. Esto está por encima de todo y engullen conceptos hasta dónde pueden porque se trata de que sigan enganchados al curso que les toca en la medida de lo posible. Cuenta que en su “clase” los hay que tienen una estancia de más de quince días a un año: “La mayoría son niños de Oncología y algunos repiten”. Cuando están en el centro de As Xubias, Yolanda es su maestra y si van a casa, también tienen un docente que les visita en el domicilio. Gracias a un convenio con el Sergas, siguen escolarizados: “Cuando hay un niño nuevo, nos ponemos en contacto con su colegio y el director o el departamento de orientación nos informa de su situación académica”. Desde el hospital elaboran un programa conjunto con el centro, dependiendo del nivel de cada pequeño y van avanzando. 

De esta manera, cuando reciben el alta puede incorporarse progresivamente a la rutina de antes: “No se hace de golpe”. Mientras ocupan una habitación, “realizan videoconferencias con sus compañeros y profes” y en función de los niños, les imparte más o menos horas, pero, en todo caso, con una hora, hora y media al día les llega para ponerse al día en las lenguas y las matemáticas. Comenta Yolanda que también leen los libros obligatorios y otros que duermen en las estanterías del Materno. 


La profesora explica que intenta que descarguen sus emociones en redacciones o hablen de cómo se sienten. Al final, ella es una compañera de viaje que invade su espacio vital al colocarse a los pies de su cama: “Aunque las despedidas son duras, siempre los vuelvo a ver cuando vienen a revisiones y te recuerdan con cariño”. 


Entre clase y clase, se generan unos lazos afectivos muy fuertes: “Su día a día lo marca el propio pequeño” y son ellos muchas veces los que piden deberes para estar entretenidos por la tarde. Las sesiones son personalizadas y permeables e incluso son los alumnos quienes proponen temas que les apasionan como los dinosaurios. Entonces, se cambian los papeles. Yolanda atiende atenta a la cantidad de especies que el niño saca a desfilar y los dos aprenden. Uno a desconectar y sobrellevar la enfermedad y la profe, siendo testigo de ello. 

Además, se les proporciona materiales, manejan los mismos libros de textos y portátiles y al final del trimestre, realizan exámenes. La nota en esfuerzo es siempre un diez.

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