María Dueñas | “Hemos querido olvidar que España entera, como país, hemos sido muy emigrantes”

María Dueñas vuelve a viajar al norte de África, en esta ocasión a Orán, donde, a través de la ficción y la historia de penurias y éxitos de Cecilia, narra la realidad de un lugar que fue destino de parte de la emigración española del siglo XX y cómo buena parte de esta se acabó afrancesando. La Orán del siglo XX se convierte así en una protagonista más de su nueva novela, ‘Por si un día volvemos’ (Planeta), que ayer presentó en el muelle de Batería, en un acto organizado por la Fundación Marta Ortega Pérez (MOP).
Antes de empezar, destaca como Orán cautivó a escritores y personalidades varias en el pasado, ¿que le ha llamado a usted de Orán para querer trasladar allí a Cecilia y a esta historia?
A mi me interesa todo de Orán, sobre todo la perspectiva de su dimensión española. Orán perteneció a la corona de España durante 300 años, pero allí hubo, sobre todo, militares y comerciantes. Cuando ya llegan los franceses y se establece administración francesa, cuando necesitan mano de obra para roturar los campos, para hacer crecer la ciudad, que entonces era pequeña, tienen que recurrir a mano de obra española, entonces allá van cientos de miles de españoles que cruzaron el Mediterráneo, a los que se suma después gente durante el exilio, tras la Guerra Civil. Es la gente que después se va afrancesando, que acaban yéndose a Francia, la mayoría.
Suelen caer en el olvido...
Y se nos pierden en la historia, me parecía que era un capítulo muy interesante, que valía la pena recuperar y poner en conocimiento de todos aquellos que no lo conozcan, sobre todo desde la perspectiva literaria, porque es un episodio que en la historia de Francia y en la literatura es muy recurrente, pero desde el lado de España sabíamos muy poco.
En el norte solemos mirar hacia América al hablar de emigración, pero quizá no miramos tanto a quienes emigraron al sur.
Claro, es que son los cauces naturales. Aquí lo fácil era embarcar y emigrar a América y siempre había alguien que se había ido antes, estaban esas conexiones ya hechas. Esta gente más del Mediterráneo, algunos también iban a América, pero para ellos era muy fácil ir a Argelia, porque estaba más cerca que cualquier otro punto y había trabajo, dinero, oportunidades... y se tardaba una noche en barco en llegar. Había gente que iba como temporera, a la vendimia, al trigo... y otra que se quedaba, huía o salía de una España muy pobre, un país que no daba oportunidades.
Después de un proceso largo de documentación y escritura, ¿se ha llegado a preguntar, precisamente, por qué la emigración al sur ha caído más en el olvido?
Creo que es una mezcla de muchas cosas. Por un lado, es una emigración muy atomizada. En Alicante, por ejemplo, saben mucho de ello, pero fuera, si no les toca tan de cerca... Pero, en general, como que hemos querido olvidar que España entera, como país, hemos sido muy emigrantes. A América, Europa, a todas partes. A veces es más cómodo olvidarse de eso. Ahora que vivimos en un bienestar absoluto, para mucha gente es más cómodo mirar hacia adelante que hacia atrás. Después hay todo tipo de actitudes: olvido, desmemoria, desinterés, posiciones políticas, egoísmo material... se mezclan muchas cosas (sonríe).
¿Cómo se concibe a Cecilia, un personaje tan desgraciado, pero que se va construyendo en base a las adversidades?
Eran muchas las mujeres que se iban solas a la emigración, algunas forzadas y otras voluntariamente. El arranque es una historia dolorosa, porque ella sufre una situación de agresión y se defiende como puede y huye. Pero una vez desembarca en Orán, todos los trabajos que hace son los que hacían las mujeres de la época. Labores agrícolas, jornaleras, servicio doméstico, en las factorías, sobre todo de tabaco que era una de las grandes industrias de Orán, o abrían negocios pequeños, como ella. Muchas mujeres eran refugiadas políticas y no tenían permiso para trabajar, entonces tenían que recurrir a negocios clandestinos, pequeñas trampas. Una era el jabón, que era muy fácil de hacer con las técnicas de sus madres y abuelas, y venderlo en venta ambulante, jugándose acabar detenidas ellas también. Esto lo pongo en Cecilia. Dentro de que es un personaje imaginario, todo en su cadena de empleos, de cambios vitales, está basado en los de montones de mujeres que fueron antes.
En todo este tiempo de documentación y creación ¿ha descubierto algo de la vida española en Orán que desconociese?
Muchos pequeños detalles. Antes de la entrevista me comentaban que en unos días, en la noche de San Juan, esto (señala a la playa de Riazor desde el ventanal del hotel) se llenará de hogueras. Pues en Orán se celebraban también las hogueras de San Juan. La música que sonaba en España en los 40 y 50 también sonaba allí, iba Lola Flores, los toreros de la época... Luego, el cómo son vistos desde la perspectiva francesa, que son franceses, pero no tan franceses como los de la metrópoli. Ese juego de identidades, todo eso, es interesantísimo.
El libro ha salido con una tirada de 500.000 ejemplares en unos 20 países. ¿Supone un alivio por saber que hay 20 países queriendo leer su obra o es más presión?
(Ríe) No es presión, para nada, pero sí hay un sentido de la responsabilidad. Ya que la editorial apuesta fuerte por mi obra, tengo que estar a la altura. Me queda la relativa tranquilidad de que es el tercer libro que sale con una tirada prácticamente igual de grande y todos han funcionado bien. Las críticas y los comentarios están siendo buenos y eso me tranquiliza (sonríe).























