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A Coruña

Andrés Díaz | “Soy tan de barrio que vivía entre Peruleiro, Labañou y Katanga”

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Andrés Manuel Díaz (A Coruña, 1969) –“Manuel por mi abuelo, que murió poco antes de nacer yo, y Andrés por mi padre”, aclara– es uno de los principales referentes del atletismo coruñés. Ahí están sus logros, desde competir en unos Juegos Olímpicos a tener un récord de Europa que tardó más de veinte años en caer, y las fotos de esos tiempos. En realidad, aparte de tener más canas y alguna arruga, poco ha cambiado desde entonces. “Solo peso tres kilos más”, confiesa. Ahora es lo que algunos llaman entrenador personal aunque él prefiere decir que es educador físico. “Me parece más completo, porque abarca más campos”, explica.

¿Qué es lo primero que le viene a la memoria sobre su ciudad? 

Los jardines. Ya no sé si son recuerdos o si es algo que te montas tú viendo aquellas fotos de niño. De lo que sí me acuerdo es de jugar en la calle.

¿Cuál era su calle? 

Viví hasta los 19 años en la ronda de Outeiro, a la altura de Mariñeiros y Peruleiro. Al colegio fui al Raquel Camacho; al instituto, al Agra del Orzán, luego a la Sardiñeira y luego volví al Agra del Orzán. Empecé a conocer a gente de fuera del barrio cuando empecé a hacer deporte. Los demás hacían lo mismo: los de los Mallos no se movían de los Mallos, los de Monte Alto de Monte Alto y era uno de los beneficios del deporte, que conocías a otra gente.

Aquello de “Vamos a bajar a A Coruña” cuando salían del barrio... 

Hasta los 16 años, que empezamos a salir y ya bajábamos al centro, lo más lejos que íbamos era al parque de Santa Margarita, a la calle Barcelona, al Ventorrillo... Mira si soy de barrio que vivía entre Peruleiro, Labañou y Katanga. Son barrios muy buenos, de los que yo siempre he presumido y me siento muy orgulloso. Hacíamos toda la vida ahí. Cogíamos el patinete y nos íbamos hasta Katanga y después, todo cuesta abajo, en los patinetes.

Y no eran eléctricos. 

No, eran de empujar y a veces te pillabas las manos (risas). O cogíamos el balón y un rebumbio. A veces le dabas a un escaparate y te caía una bronca.

¿Cuándo se da cuenta de que lo de correr era lo suyo? 

Yo me montaba mis películas y tenía mis récords de la calle: el de la cuesta, el de la vuelta al barrio... Era muy competitivo. Y jugaba al fútbol, al baloncesto, estuve en judo también... Me apunté a un equipo de fútbol, porque todos los niños queríamos jugar en el Deportivo.

Y eso que no eran los mejores tiempos del Deportivo.  

No, porque el Dépor estaba en Segunda. Como ahora. Yo jugaba al fútbol y un entrenador me dijo algo que me molestó y, al final, fue bueno para mí. Me dijo que era un patoso. Luego en INEF me explicaron que era un torpe motriz.

No sé qué es peor... 

Sí, suena un poquito peor (risas). Era patoso pero corría mucho y empecé a ir a carreras populares. Éramos muy poquitos, cincuenta frikis. Íbamos a Carral, a Ortigueira y todos nos conocíamos porque éramos siempre los mismos. Decidí apuntarme a un club, fui al estadio y conocí al que fue mi entrenador y mi segundo padre, Emilio Rogel. Y ahí empecé a hacer atletismo.

Y ahí empieza a encontrar su carrera, nunca mejor dicho.  

Sí, el segundo año ya quedo campeón de España en categoría promesas, con 19 o 20 años. Me empiezan a invitar a concentraciones. Yo me divertía, estaba orgulloso... pero no me lo creía. En el 92 quedo campeón absoluto, la Federación me dice que puedo ir a los Juegos y me lo empiezo a creer. Pero tuve un accidente de coche en mayo y, aunque lo intenté, me quedé fuera por unas décimas.

Imagino que ese sería un momento muy difícil...  

Me había frustrado mucho la sensación de quedarme fuera de unos Juegos cuando estaba tan cerca y me di cuenta de que para llegar tenía que dedicarme plenamente, así que decido arriesgar y marcharme a Madrid. Y más sabiendo que iban a quitar las pistas de atletismo de Riazor. Al final, cumplo mi sueño de ser olímpico y todo lo que vino detrás, que fue más que un sueño: un récord de Europa, un campeonato del mundo y no solo ir a unos Juegos, sino quedar séptimo y tener un diploma olímpico. Me pasó como cuando me llamaron patoso: me molestó porque iba pensando en la medalla pero si con 16 años me llegan a decir que iba a tener un diploma olímpico...

¿Qué tal fue la experiencia de los Juegos, competición aparte? 

Es una experiencia inolvidable. En el primero estaba más de turista, en el segundo estaba más concentrado, intentando no distraerme con el ambiente de la villa. Seguramente lo más importante sea el récord de Europa pero, emocionalmente, me quedo con los Juegos.

¿Dónde tiene todos los trofeos? 

Soy un poco desastre. Tengo cuatro cosas. Cuando me volví para A Coruña, tenía la ilusión de vivir en una casa con jardín (que poco me duró, yo soy de barrio). Lo tenía todo expuesto pero la retirada es un momento muy difícil y me di cuenta de que cada vez que entraba en el salón y veía aquello me daba melancolía y no avanzaba. Y lo quité. Luego me vine a un piso y ya no te cabe todo. Dejé el diploma olímpico de Atlanta, el de finalista de Sidney, la medalla del campeonato del mundo... El resto está guardado.

Dejó Oleiros y volvió para la ciudad. ¿A qué zona se mudó? 

Yo no me vine de Madrid para pasarme el día en el coche. Y a mí me gusta la vida de barrio. Una vez que cumplí la ilusión de la casa con jardín, me vine a Vioño.

Sobre la desaparición de las pistas de atletismo, ¿cómo vivió ese momento? 

Se creó un enfrentamiento entre el atletismo y el fútbol cuando no era así. Convivían varias disciplinas, eso era el corazón del deporte en A Coruña. Éramos unos niños y nos duchábamos en agua fría y entonces venía Martinazzo y nos decía: “Venid para aquí, chavales, que hay agua caliente”. Teníamos un ejemplo de respeto, de compañerismo. Cuando deciden quitar las pistas nadie entendemos nada. El Ayuntamiento prometió construir otra instalación deportiva y treinta años después no hay nada. Podían competir perfectamente. En Oslo, Zurich, Mónaco... hay un montón de estadios así.

¿De qué presume de su ciudad? 

Tiene un entorno precioso, A Coruña es una obra de arte paisajística. Es una ciudad amable, acogedora y con un gran ambiente.

¿Y algún defecto que le vea? 

Nosotros no tenemos defectos (risas). Algo que no me gusta, pero que no pasa solo aquí, es que a veces tenemos ese orgullo tan exagerado que se generan comparativas y rivalidades innecesarias. Yo me siento muy coruñés y presumo de serlo pero puedes apreciar también otros lugares.

Si le dieran una máquina del tiempo, ¿a qué momento querría ir? 

Volvería a aquellos tiempos primeros del Teresa Herrera, cuando estaba en mi mejor momento deportivo y poder competir ahí en el estadio.

Preguntas cascarilleiras

¿Churros de Bonilla o churros del Timón?

De Bonilla para desayunar y para merendar, Timón.

¿Jardines de Méndez Núñez o monte de San Pedro?

Los jardines me traen recuerdos de cuando era pequeño y es un sitio por donde hemos pasado todos, pero el monte de San Pedro es un espectáculo. Cuando viene un amigo, al primer sitio que le llevo es ahí. Luego cogemos todo el paseo, desde el Portiño hasta la Torre de Hércules...

Todo andando, entiendo. 

No, no, no, en coche (risas).

¿Calle de la Estrella o calle de la Barrera?

Cuando éramos más jovencitos íbamos a la Estrella, pero cuando ya salíamos sin hora para llegar a casa íbamos a la Barrera.

¿Bebe agua de Emalcsa o embotellada?

Del grifo, pero en el trabajo, por comodidad, tengo una fuente de esas, es más cómodo.

¿Playa de Riazor o playa del Orzán?

Riazor. Era la playa donde veníamos de pequeños, bajando la ronda de Outeiro. Tan contentos con nuestra toalla y nuestra bolsita. Recuerdo que había unas lanchitas, estaba cerrado con un muro y era donde los niños podíamos nadar más tranquilos.

¿Suele recorrer la ciudad a pie o motorizado?

Estoy a favor de eso de peatonalizar toda la ciudad pero, igual que me gustaba correr, no me gusta andar. Pero a mi mujer sí le gusta mucho caminar y, como nos están ‘obligando’ a ir a todos sitios caminando, le estoy empezando a coger el gustillo. Hay más ambiente y en el coche te pierdes cosas.

¿Es más de helados tradicionales de toda la vida, como los de la Colón, o de sabores más modernos?

La Colón, con un paseíto.

¿Y cuál es su sabor?

Chocolate. Sin mezclarlo, solo chocolate.

¿Prefiere una verbena o un concierto?

Es que, como soy patoso y torpe motriz, bailo muy mal, así que un concierto. Había una canción, ‘Immaculate Fools’, que aprendí a tocar cuando estaba en Madrid. En el programa de Ibon Uzkudun, ‘Charlando de cerca’, me trajeron a Kevin Weatherill, el de los Immaculate, y flipé. Me dijo que, cuando tocasen aquí me iban a llamar. Y yo pensé que me lo decía por ser amable pero no. Tocaron en el Garufa y me invitaron a tocar con ellos. Estaba más nervioso que en la final olímpica. Este domingo [por hoy] tocan en Palencia y también voy a ir con ellos.

¿Carnaval o San Juan?

San Juan. Es el pistoletazo de salida para el verano.  Y hay un ambientazo, las sardinas. Y mucha vida de barrio otra vez, se está recuperando aquel ambiente de cuando tenía diez o doce años.

¿Dice más chorbo o neno?

No lo uso mucho, pero neno me parece más amigable y más cariñoso.

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