
Aquella madrugada, con medida alevosía y nocturnidad, retiraron la estatua de Millán Astray. Aquel tipo sombrío de sonoras aversiones intelectuales y chocantes filias mortuorias. Llovía a cántaros. Tanto, que se me estropeó la cámara. Mientras se llevaban la escultura del personaje en cuestión, envuelta como si fuese una tarta de Berna, me acordé de mi abuelo.
Y lo que más recuerdo de mi abuelo es el miedo en sus ojos, unos ojos cuyo blanco era más amarillo que el azafrán. Alguien me contó alguna vez que un día comenzó a beber por la mañana y no dejó de hacerlo hasta que lo metieron en el ataúd, devorado por la cirrosis. Convivía con el miedo y con mi abuela en una casa social del barrio del Birloque y pasaba las tardes mirando por la ventana, sin decir palabra, aparentemente muy sereno y relajado, y sin embargo yo, que era un puto mocoso, sólo podía distinguir en su inmovilidad la densa y oscura sombra de un hombre asustado. Un día, inesperadamente, se giró y me dijo: "Siéntate". Y sacó una botella de vino afrutado, de esas que se rellenaban todos los días en el ultramarinos de la esquina, y tras rebuscar en un cajón me mostró una baraja: "Te voy a enseñar a jugar a la brisca". Eso era a lo que jugaban aquellos 21 tipos que compartían celda en la prisión del buque 'Plus Ultra', antes de que los fascistas los paseasen a todos.
Allá por julio del 36 mi abuelo era el chófer del Presidente de la Diputación de A Coruña. Condujo desbocado desde Madrid hacia Ferrol aquel mítico vehículo llamado Hispano-Suiza, en el que, aparte de él, viajaban también José López Bouza (ese era el presidente), el farmacéutico ferrolano Antonio Deza Romalde y el alcalde de Betanzos, Tomás López da Torre. Eso es lo que tengo entendido, si mal no recuerdo, tampoco pretendo ser Antony Beevor. A pesar de que el propio Castelao les rogó que no salieran de Madrid. A los tipos no se les ocurrió mejor cosa, que regresar a Galicia tras haber presentado en el congreso el borrador del Estatuto de Autonomía y con un golpe de Estado en ciernes. Lograron llegar de milagro, cada uno se fue a combatir por su lado, y tras muchas peripecias, fueron detenidos y todos acabaron en algún hoyo. Con un tiro en la nuca. Pero no fue el caso de mi abuelo. El tipo se libró del paseíllo. Jamás pregunté y nunca quise saber nada. Hay cosas que han de irse con uno. Así que, salvado de la quema junto a otros dos, huyó.
Perdió su casa, su coche, y todos sus ahorros, y se largó a Madrid a pasar hambre y a comer bombas. Y jamás reclamó sus bienes ni se atrevió a hacerlo, ni tan siquiera cuando por fin regresó la democracia a este país. Esa democracia que tirita, ahora y siempre, con las brutales sacudidas de nostalgia.
Aquella tarde de otoño, con la botella de vino sobre la mesa sirvió dos vasos y su nieto probó el alcohol por primera vez en su vida, con cinco años, y aquel viejo le explicó jugueteando con la baraja entre sus manos acartonadas, lo que eran los palos y los triunfos. Y era obvio que de eso, sobre todo de lo primero, sabía bastante. A mi abuelo no lo fusilaron, pero tendrían que haberlo hecho. Ni que decir tiene que yo no hubiese nacido nunca, pero tampoco se lo hubiera tomado en consideración. Porque de una manera u otra, aquel tipo, delgaducho y espigado era un cadáver que andaba y se sostenía sobre sus piernas viejas y cansadas por algún motivo que jamás alcancé a entender.
Sin llegar nunca a hacerlo, aquellos salvadores de la patria lo habían matado, habían acabado con él hacía ya muchos años. Tan sólo atesoraba miedo y la culpa. Un miedo insuperable a lo que vio y sintió. Eso sumado a la terrible e ilógica culpa de no estar enterrado en cal viva bajo dos metros bajo tierra junto al resto. La vergüenza de seguir vivo.
Así que se dedicó a beber cualquier cosa que caía en sus manos y a esperar que los días terminaran el trabajo que los fascistas dejaron a medio hacer.
Y su nieto, con cara de gilipollas, lo contemplaba sin sospechar ni los motivos ni las razones por las que su abuelo no era como los demás abuelos: ni cariñoso, ni atento, ni alegre, ni orgulloso. Simplemente miraba por la ventana y bebía vino. Un vino malo como el azufre del infierno. El que me retorció el gesto en su sacudida avinagrada la primera y la última vez que lo probé.
“Papá, no le des de beber eso al niño”, dijo mi madre escandalizada.
Y mi abuelo se encogió de hombros, me retiró la bebida y con su habitual silencio fúnebre puso un as de oros sobre el tapete. Llevándose probablemente la única baza que ganó en toda su vida.











