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A Coruña

¿Por dónde se cuelan los microplásticos que ‘consumen’ los coruñeses?

Un estudio de la UDC desvela los riesgos para la salud de la alternativa ‘eco’ de los plásticos derivados del petróleo, que denomina “un caballo de Troya”

Los investigadores Alatzne Carlosena, Javier Terán y Rosa María Soto, en el laboratorio de la UDC
Los investigadores Alatzne Carlosena, Javier Terán y Rosa María Soto, en el laboratorio de la UDC
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Los bioplásticos siempre se han asociado con una alternativa más sostenible frente a los plásticos convencionales derivados del petróleo, pero un estudio de la Universidad de A Coruña (UDC) ha descubierto su cara oculta: no son tan seguros para nuestra salud como parecen.

El problema no radica en su composición, que efectivamente es más respetuosa con el medio ambiente, sino en los metales que absorben del entorno y que finalmente acaban en nuestro organismo.

Para entender cómo lo hacen y por dónde entran, es fundamental distinguir primero entre polímero y plástico. “Nosotros siempre lo explicamos con la repostería: el polímero sería tu harina y el plástico, el bizcocho final, cuando tú ya le añadiste una serie de ingredientes. Por eso, hay que tener en cuenta que todos los plásticos, esos objetos que creamos nosotros para nuestro día a día, son polímeros. Pero no todos los polímeros son plásticos”, explica Javier Terán, el investigador principal del estudio.

A grosso modo, los biopolímeros serían los que provienen de una fuente natural, como el maíz, que se extraen y se utilizan en un laboratorio para dar lugar al bioplástico. 

¿Dónde está el riesgo?

Aunque sean una alternativa más verde, lo cierto es que siguen teniendo riesgos para la salud, según revela este estudio, cuyo investigador principal recuerda que no hay que pensar en el plástico "como algo negativo porque hoy en día no podemos vivir sin ellos". "Están presentes en todos los ámbitos de nuestra vida, ya no solo en el producto de consumo, sino también en biomedicina, salud, alimentación, construcción, electrónica... Y tenemos que seguir utilizándolos, pero con alternativas sostenibles", insiste.

Sin embargo, "sea cual sea su origen, los aditivos -esos ingredientes que se añaden- son los mismos para un biopolímero que para un polímero convencional derivado del petróleo". A ello se le suma, que los bioplásticos se degradan más rápido para que “no estén tanto tiempo presentes y no duren tantos años en nuestro medio ambiente”. Y es cuando los materiales plásticos se degradan, "cuando generan partículas más pequeñas,los llamados microplásticos o nanoplásticos”.

Estos microplásticos son los que acaban en nuestro cuerpo. “Hay que tener en cuenta que un residuo de bioplástico que está en el agua, en el suelo, en el sedimento o en el aire, pueden pasar a la cadena trófica en cualquier momento. Y lo que van a hacer es irse bioacumulando, porque los organismos vivos no están preparados para eliminar partículas de plástico, sea cual sea su origen”. No obstante, no todo microplástico llega a absorberse en el cuerpo.

El "caballo de Troya"

Pero hay otro problema añadido, que es lo que ha revelado el estudio de la UDC: “Los microplásticos 'bio', aparte de que al degradarse liberan sus aditivos, tienen otro efecto en paralelo que nosotros llamamos el ‘caballo de Troya’: si estas partículas de plástico están, por ejemplo, en un ambiente marino que tiene toxicidad de metales pesados, estos metales pesados se pegan a los plásticos y los transportan consigo mismos”.

Actúan, de esta forma, “como un imán” para metales como cadmio, cobalto y antimonio, así como el así como para el cromo, de tipo cancerígeno en población infantil.

¿Y por dónde llegan?

Aunque es casi imposible controlar la cantidad de microplásticos que ingerimos, lo cierto es que muchos se preguntan por dónde llegan. En el caso de A Coruña, este grupo de investigación de la UDC realiza muestreos en embalses de agua de consumo y detectó una “problemática” con las depuradoras.

Las depuradoras, cuando se diseñaron, no estaban pensadas para este problema que está creciendo hoy en día”, explica el especialista. El problema radica en que “estas partículas cada vez son más pequeñas y tienen densidades distintas: unas flotan, otras no...”. Esto provoca que acaben pasando los filtros y terminen en el agua que consumimos.

“No hay que olvidar que un plástico, ya sea más grande o más pequeño, ya sea un objeto plástico que nosotros vemos en la arena de la playa o unas partículas que no llegamos a ver prácticamente, es un contaminante desde el momento en que está en un sitio donde no debería de estar”, insiste Terán, que indica que el peligro no son bioplásticos, sino la “creciente contaminación de nuestro entorno, con millones de toneladas de residuos plásticos en los océanos y la generación de microplásticos que pueden transportar metales ocultos”. “¿De qué sirve desarrollar materiales más sostenibles si, por nuestra propia despreocupación en el cuidado del medio ambiente, contribuimos a que estos generen un nuevo problema?”, zanja. 

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