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A Coruña

El ombligo del mar

Tim Behrens, el pintor y escritor inglés que hizo de A Coruña su hogar
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Andamos a vueltas estos días con la versión de la Odisea de Christopher Nolan. Como es habitual, comparecen dos bandos nítidamente posicionados. Estar a favor de Nolan es de fachas, machirulos y analfabetos; estar en contra de su Odisea es de culturetas, gafapastas y wokes. ¿Y la gente de a pie qué dice? Al descender a la cruda realidad, se desmoronan los bloques artificiales de las redes y las tertulias y asoman los matices. El mundo de carne y hueso tira de números decimales y afina mucho en la escala de puntuaciones: entre la gente corriente y moliente hay todo tipo de valoraciones intermedias entre el amor absoluto y el desdén total. 

Yo todavía no he visto la película, así que no voy a juzgarla a ciegas. Pero siempre me parece bien que los clásicos salgan del armario. Los clásicos son clásicos porque nunca acaban de decir lo que tienen que decir. No porque sean de hablar lento y abran muchas ventanitas en la conversación como acostumbran a hacer algunas suegras, sino porque tienen tanto que contar que son inagotables en sí mismos.

Coruña no es el ombligo del mundo, pero a ver quién nos discute que vivimos en ese ombligo del mar del que hablaban los dioses

Bienvenido sea, pues, este Homero de Hollywood, largo de metraje y de presupuesto. Para eso se amasa la pasta gansa en Los Ángeles, para gastarla luego en superproducciones y hacer felices a los espectadores. Los tiquismiquis que ahora le buscan las cosquillas a Nolan seguro que en su día tampoco hubiesen estado de acuerdo con poner a Elizabeth Taylor de Cleopatra. Pues que se vayan a leer sus hexámetros griegos en edición bilingüe y nos dejen a los demás rumiar nuestra ignorancia y nuestra felicidad.

Confieso que soy más de la Ilíada que de la Odisea, supongo que desde que leí que Alejandro Magno dormía con una daga y una Ilíada bajo la almohada. Sí, ya sé que en tiempos de Alejandro no había exactamente almohadas y que, en vez de libros, se usaban papiros, pero a ver quién desmiente a Plutarco. La Ilíada del Magno, para más inri, era un regalo que le había hecho su maestro Aristóteles. Como diría el cochero borrachín de El hombre tranquilo: “¡Homérico!”.

Ya sé que me acusarán una vez más de arrimar el ascua a mi sardina. Pero hay un pasaje del primer canto en el que a mí me da que Homero está hablando de Coruña. Soy consciente de que es una obra mediterránea hasta la médula y que a esta esquina del mundo no la llamamos Atlantic City por casualidad. Pero cuando Atenea le está contando a Zeus que Odiseo las está pasando canutas en la isla de la ninfa Calipso, aparece una frase que a mí me suena a pura Coruña: “Pero es por el prudente Odiseo por quien se acongoja mi corazón, por el desdichado que lleva ya mucho tiempo lejos de los suyos y sufre en una isla rodeada de corriente donde está el ombligo del mar”.

Comprendo que la única Calipso que tuvimos por aquí era aquella cafetería de San Andrés en la que el pintor Tim Behrens —el pelirrojo al que retrató Lucien Freud— tenía una mesa fija junto a la ventana. Ya ni siquiera nos queda esa Calipso, que bajó la persiana al poco de morir Behrens. Isla tampoco somos, aunque tenemos vocación. Cuando Saramago soñó con esa balsa de piedra ibérica que se desgajaba de Europa y se largaba al océano, para mí que le habían hablado de esta ciudad nuestra que está cosida al continente apenas por un hilo de tierra que, de vez en cuando, el Atlántico trata de engullir. Pero de lo que no hay duda es de que estamos rodeados por las corrientes de los siete mares, que vienen a estrellarse al pie de la Torre de Hércules, como si fuésemos el rompeolas que le han puesto a Europa en los morros para que el agua no le llegue al cuello a los de tierra adentro.

Podemos asumir que Coruña no es el ombligo del mundo, pero a ver quién nos discute que vivimos en ese ombligo del mar del que hablaban los dioses de Homero.

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