
Hay calles que tienen nombre de novela. Vas caminando, contemplas durante un instante la placa y, de pronto, ves cómo se acercan volando mil páginas directas a tu cabeza.
En Coruña hay al menos una vía que merece que alguien escriba su gran narración: la calle de la Reja Dorada, en la Ciudad Vieja. A mí me ponen delante un volumen titulado El misterio de la Reja Dorada y me lanzo, sin titubeos, a su yugular. A todos nos parece normal que haya señores con nombre de avenida. Aunque todavía no la tengan –el callejero es un oficio de difuntos–, ya se ve venir que esos apellidos compuestos acabarán grabados algún día bajo el escudo de la ciudad. Si hay señores con nombre de bulevar no sé qué puede tener de extraño que haya bulevares con nombre de novela.
A la diminuta rúa de la Ciudad Vieja, donde apenas caben el portal de la Casa del Consulado y una verja que da a la sacristía de la iglesia de Santiago, yo le regalaría sin duda un cuento policíaco.
Como en el casco histórico habita gente más bien veterana y apacible, el caso tiene que ser un robo de guante blanco. Nada de asesinatos. Un trabajo fino, en plan Cary Grant o David Niven deslizándose de madrugada por los tejados para birlar las joyas de la mansión.
¿Pero a qué detective enviamos a resolver el enigma de la Ciudad Vieja?
Descartaríamos de entrada a los inspectores de homicidios —no hay cadáver— y, ya de paso, a todos los sabuesos especializados en crímenes sangrientos. No veo a Sherlock Holmes paseándose frente a Capitanía, fumando su pipa y barruntando complicidades en el delito. Un embrollo demasiado simple para él. El quisquilloso Hércules Poirot tampoco nos sirve. Seguro que pondría pegas a nuestros mejores restaurantes y buscaría cualquier excusa para largarse en el primer crucero que atracase en el muelle de Trasatlánticos. A la señorita Marple no deberíamos sacarla de su campiña inglesa. Estaría demasiado desorientada entre los vaciles de los parroquianos que van y vienen de la Solana.
Al comisario Maigret me lo imagino enfrascado en otros puzles. Lo suyo son más los asesinatos turbios y sofisticados. Lo mismo ocurre con Carvalho y Montalbano. Sin duda disfrutarían de la gastronomía local, pero se aburrirían mucho olisqueando las cortinas a la caza de pistas del caco.
Como se trata de un hurto finolis, sin rastro de violencia, se me ocurrió que podríamos llamar a Philo Vance, un millonario que resolvía todos sus casos a golpe de erudición y desquiciando al fiscal del distrito de Manhattan. Pero, aunque en San Andrés llegamos a tener una tienda que se llamaba Nueva York en La Coruña, esto no es la Quinta Avenida.
Necesitamos un investigador más de andar por casa. Como el inspector Méndez de Crónica sentimental en rojo. Un Colombo a la catalana, con su gabardina llena de lamparones y sin planchar. Pero para mí que Méndez y Colombo se quedarían enredados en la retranca de los lugareños. Y tampoco creo que se le pueda encargar al inspector Leo Caldas, que es más de la Taberna Eligio de Vigo que del Bajo de Amalia de Coruña.
Estaba dándole vueltas a todo esto cuando vi pasar por la plaza de Azcárraga al párroco de la iglesia de Santiago. Entonces me di cuenta de que el robo de la calle de la Reja Dorada solo lo puede aclarar el padre Brown. El antihéroe de Chesterton liquidaría el enigma en una tarde, recuperaría las joyas y dejaría escapar al caco tras una leve reprimenda. Por mucho que rebusque entre mis caóticas meninges y lecturas, no se me ocurre un detective más gallego que ese cura inglés, rechoncho y compasivo, que resolvía todos sus casos armado tan solo con un paraguas descuajeringado.












