La playa de A Coruña se tiñe de albiceleste
El banderazo de más de 150 argentinos sorprende a un arenal del Orzán abarrotado

Por las Malvinas y por Diego, por la última de Leo. Y también por todo un país que 'alenta' como ninguno. La comunidad argentina de A Coruña tiñó de albiceleste el Atlántico y una abarrotada playa del Orzán. Literalmente, porque desde Riazor se escucharon los cánticos y se divisaba el banderazo que más de 150 aficionados protagonizaron a la altura de la fuente de los surfistas. Fue tal y como uno se imagina a un argentino en esa situación: banderas, humo, brazos en alto hacia delante y hacia atrás, cánticos que ya forman parte de la cultura popular del balompié y todo ello al ritmo de los bombos y la cumbia. Un espectáculo a pequeña escala que se desarrolló con una ejemplar deportividad.

Lo han dicho los propios argentinos en la previa a la convocatoria del domingo: somos comunidades hermanas, y entre los rivales que se enfrentarán este domingo hay muchos camaradas y amigos del día a día. Se evidenció en el propio banderazo, ya que incluso los que pasaban por delante con la camiseta de España desearon suerte, una voluntad correspondida, aparentemente de todo corazón. La nota discrepante la puso un coche que dio un par de vueltas al grito de "viva España", aunque con un tono bastante menos amigable que de los anteriormente referidos.

Entre ese más de 150 argentinos presentes costaba encontrar a uno que no llevase la camiseta de su selección, y también a alguien que no estampase en la espalda el nombre de Leo Messi. A él se dirigen las oraciones, del mismo modo que Maradona llegó a tener su propia iglesia. Este mesianismo es algo menos intenso, pero ha convertido definitivamente a quienes en su día inventaron el término 'pechofrío'. "Le debemos tanto, pero tanto, que cuando no esté no me lo voy creer", confesaba a este diario un hombre con el escudo de Racing de Avellaneda tatuado en toda la pierna.
Respecto al estado de ánimo es realmente difícil de determinar, pues tal y como sucedió en el 86, una parte del Mundial ya la ganó Argentina en las semifinales. Ahora, en el mismo sitio en el que el deportivismo dejó imágenes para la historia en su camino hacia Riazor, los argentinos caminan hacia la que sería su cuarta estrella, muy lejos de su casa, pero también muy cerca de su gente. Mirando a un mar que, por una hora (y con una hora de retraso) pasó a ser albiceleste.












