Rosa Otero | “Cuando puse la farmacia en el barrio, mis compañeros decían que era un disparate. Y aún sigo aquí”
En María Pita, es la única hija adoptiva que tiene la ciudad. En el Castrillón, es toda una autoridad y un ejemplo de lo que se puede conseguir con interés, empatía y muchas ganas de hacer el bien.

“Cinco minutos” tarda Rosa Otero (Santiago, 1940) en hacerse ese peinado tan característico por el que todo el mundo la conoce. “Los gitanos me llamaban ‘Doña Rosa la del Moño’ –explica–; yo tenía melena y pelo rizado, lo que pasa es que me molestaba y empecé a hacerme un recogido”. Es la única hija adoptiva de la ciudad y un ejemplo en ayuda social que parte de su infancia. Cuando tenía cuatro años, su padre, revisor del Castromil, decidió darle el aguinaldo a un compañero cuya mujer e hijos estaban enfermos de tuberculosis. “El turrón me encantaba y le pregunté si al menos eso podíamos quedárnoslo. Me dijo que no me preocupara, que en Nochebuena tendría turrón. Y así fue. Aquello me cambió la vida”, recuerda.
Nació en Santiago. ¿Por qué se vino para A Coruña?
Mi hermana mayor –éramos ocho hermanos– era maestra aquí y me dijo si venía a sustituirla tres días. Traje conmigo a mis tres hermanos pequeños. Una tarde llegan dos señores para que les enseñáramos la escuela (uno era padre de una chica que quería venir de profesora). El acompañante que venía con él, nos llevó a tomar un café. Al otro día, volvió y, cuando nos fuimos para Santiago, siguió así hasta que, al año siguiente, nos casamos. Y eso que mi familia no lo veía muy bien.
¿Y eso por qué?
Era unos años mayor pero era extraordinario y conquistó a la familia. Al final, nos casamos en la iglesia de la Universidad de Santiago y me trajo para aquí.
¿Ya había terminado Farmacia?
No, terminé después de casada, porque me faltaban unas asignaturas. Nos vinimos, que aún tenemos esa casa, a Marqués de Amboage. Estuve de analista en Labaca y luego ya puse la farmacia.
Es la única hija adoptiva de la ciudad. ¿De qué presume cuando habla de A Coruña?
Cuando vine, el centro era maravilloso. Recuerdo los primeros años de mis hijos, el domingo, que íbamos al centro, a ver los comercios, a tomar un café, al puerto a ver los barcos... Ahora hay menos gente porque los coches no pueden entrar.
¿Por qué decidió poner la farmacia aquí?
En Labaca empecé a conocer gente de esta zona, de los asentamientos chabolistas. Todo esto eran huertas, que no había casas. Pero no sé, empaticé con la gente. Cuando vine, mis compañeros decían que era un disparate. Y ya ves, aún sigo aquí. Bueno, ahora está mi hija. La gente, la verdad, muy entregada, me mimaron mucho y yo también: di clases a los que no sabían escribir, vinieron a aprender y están todos ahí, en orlas.
Con cinco hijos, ¿cómo le daba tiempo a todo?
Y en los primeros años tenía abierto de noche también, 24 horas. Buscaba el tiempo. Luego fundé la Asociación contra la Droga Antonio Noche y luego, Ayuda y Atención al Preso. Los drogadictos que recuperamos fueron muchos, gente que hoy tiene sus familias organizadas y están rehabilitados.
Su familia, sus compañeros, las instituciones... ¿la apoyaban?
Sí, sí. Uno de los que te puedo hablar mucho es de Paco Vázquez. Yo tuve al Ayuntamiento de La Coruña siempre a mi favor. Y siempre que había problemas en los asentamientos chabolistas, Paco Vázquez le decía a los guardias: “Id a llamar a doña Rosa, que lo soluciona”. Y yo iba y hablaba con ellos.
¿Y le hacían caso?
La verdad es que me hacían mucho caso.
¿Nunca tuvo un susto?
No, en una ocasión un chico de aquí abajo, que era drogadicto, vino por la noche a pedirme lo que él quería. Yo le dije que iba a llamar a la Policía pero, cuando vinieron, ya no estaba dentro de la farmacia. Y ese mismo chico, un día por la mañana, como pude, le tuve que echar fuera y cerré la puerta. Tuvimos juicios y yo le perdoné. Cosas de estas que no sé cómo me atrevía.
Fue muy valiente...
No, lo que pasa es que a mí me daban mucha pena estos niños. Yo miraba para los míos y decía: “Qué pena”. No había muchas posibilidades en las casas, y se llegaba a lo que se llegaba, porque, además, yo experimenté que los padres eran los que vendían. Nunca pensaron, y eso me lo han dicho muchas veces, que lo que hacían iba a repercutir en sus hijos. Y es la pena que han tenido. Algo se consiguió, pero eso no quiere decir que no haya droga, que la sigue habiendo.
¿Sigue habiendo mucha droga?
Sí, está extendida y a todos los niveles, lo que pasa es que está mejor vista. Yo recuerdo aquí, en la farmacia, a unos padres con su hijo. Le fui sonsacando: a ver, qué tomas, y cuánta cantidad. Me dijo esto y aquello y “un gramo al día”. Al momento, le contesté: “¿Y las 60.000 pesetas que te cuesta?”. El padre se cayó al suelo, tuvimos que reanimarlo y, me dijo: “Llevo más de ocho meses detrás de tres empleados porque todos los días me faltaba muchísimo dinero de la caja”. Al oírme, se dio cuenta. Aquello no se me olvida.
Llegó y se fue a vivir junto a la estación de autobuses. ¿Por qué barrios se ha movido?
Por todos. Donde hubo droga, ahí estuve.
Conoce la ciudad mejor que muchos políticos...
La verdad es que me ha ayudado mucha gente en ese sentido, autoridades también. Y médicos, que no me canso de decirlo. Y mi marido, que le decía: “Pepe, me voy a Peñamoa”. Y me contestaba: “Espera, que te llevo”.
O sea, que ha pisado mucho poblado pero poco los Cantones...
No, no, ahora piso mucho porque tengo allí la Asociación de Amas de Casa y soy la presidenta.
¿No se había jubilado?
De la farmacia. Pero de todo lo demás... Alguien lo tiene que llevar. Y como nadie lo quiere coger, ese es el gran problema. En Amas de Casa soy presidenta desde el 2006 pero soy socia desde el 85. Me hizo socia Chelito, la mujer de Liaño.
¿Sigue teniendo sentido hoy una asociación de amas de casa?
Sí, sí, hay mucha gente todavía que solo es ama de casa Para mí, es un trabajo más, de 24 horas, y nadie le da valor. Se fundó la solución en el año 1966 y desde entonces siempre hemos pedido la cotización para la jubilación, que aún no la tenemos. Yo no pido que se regale nada, pido que se deje cotizar.
¿Y para los amos de casa?
También pido para ellos.
¿Hay socios hombres?
Sí, en la provincial tenemos como 40. Vienen a teatro, a historia del arte...
Desde los años setenta, que se vino para A Coruña, ¿qué ha cambiado en la ciudad?
Los barrios cambiaron mucho. Aquí la gente no sabía leer ni escribir y lo pasaba muy mal. Venía el cura, Antonio Noche, y me preguntaba si era verdad que alguien necesitaba ayuda. Era muy bueno; le pedimos una calle y se la pusieron. ¿Y una calle para Rosa Otero? Ah, no sé... Eso ya no depende de mí.
PREGUNTAS CASCARILLEIRAS
¿Prefiere los churros de Bonilla o los churros del Timón?
Por el sabor, me quedo con los del Timón.
¿Es más del monte de San Pedro o de los jardines de Méndez Núñez?
Vamos a ver, cada uno en su estilo. A mí me gustan los dos. Yo voy al Monte San Pedro y disfruto todo el panorama. Los jardines son más vistos, más recorridos pero... Me gustan los dos.
Para salir a tomar algo, ¿calle de la Estrella o calle de la Barrera?
Yo ya no me acuerdo los nombres... Pero yo creo que por la calle de la Estrella. Ahora, no me preguntes nombres que ahora no me acuerdo.
A la hora de beber, ¿consume agua de Emalcsa o agua embotellada?
Generalmente, yo la tomo embotellada.
¿Playa de Riazor o playa del Orzán?
A mí, en principio, me sirve cualquiera, pero para ver más gente y eso, Riazor. Es más abierta y es más recogidita. Pero, a mí, personalmente, y a mi familia, nos valen las dos. Y Santa Cristina. Yo las recorrí todas con mis hijos. Unas son más tranquilas y otras más abiertas pero me valen todas.
¿Cómo se mueve por la ciudad, va andando o motorizada?
Hace años, cuando tenía que hacer mil cosas y tenía que moverme rápidamente a veces para hacer cosas, cogía un taxi. Cuando decía: “Taxi a la farmacia”, todo el mundo me conocía. Hoy, que me veo más libre, normalmente cojo el bus aquí, me dejan en el centro, hago lo que tengo que hacer, y vuelvo.
En la cuestión de los helados, ¿es de los de toda la vida como los de la Colón o de sabores modernos como Bico de Xeado?
Yo, al ser diabética, no suelo tomar helados. Por ejemplo, estamos todos comiendo y veo a los demás con él y digo: “Bueno, uno...”. A mí me encanta cualquiera.
Pero, ¿cuál es el que más le gusta?
El chocolate. Pero bueno, me sirve tanto los de la Colón como cualquier otro.
¿Prefiere una verbena o un concierto?
Un concierto. Me gusta la Filarmónica, me gusta muchísimo. Y lo que me recuerda mis tiempos de estudiante es la Tuna de Veteranos, que son mis amigos. En principio, me gusta toda la música.
¿Qué fiesta le gusta más: Carnaval o San Juan?
Vamos, son distintos, completamente. Carnaval es más familiar. San Juan es más de calle. Las dos fiestas son bonitas, como sardinas cuando están todos en familia, me va muy bien. Y, en el Carnaval, pues como las orejas y las filloas y también me lo paso bien.
¿Utiliza el koruño? ¿Dice más neno o dice más chorbo?
Antiguamente se decía, pero la verdad es que no. Yo hablo gallego, pero corriente.












