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A Coruña

¿Por qué llora Scaloni?

Scaloni, emocionado, durante el partido del pasado martes entre su equipo y Argelia
Scaloni, emocionado, durante el partido del pasado martes entre su equipo y Argelia
Juan Ignacio Roncoroni (EFE)
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Cuando aterrizas por primera vez en Buenos Aires, a 10.000 kilómetros de Galicia, te inunda una sensación que te vuela la cabeza: te sientes en casa en un lugar que no habías pisado jamás. Las paradojas son fascinantes para hacer juegos malabares en la sobremesa, pero cuando te encuentras con una de frente por la calle notas que todo se tambalea a tu alrededor. Lo que le sucede al gallego que descubre Buenos Aires es lo mismo que le pasa al niño que ve el mar por primera vez: percibe que el océano y el río de la Plata llevaban desde siempre aguardando ese instante de mutuo deslumbramiento.

Después de esa conmoción inicial, basta con desfilar ante el fabuloso mural de Luis Seoane en el Teatro San Martín, el mapa de Fontán en el Centro Gallego de Belgrano y las maletas de los emigrantes que custodian en la federación gallega de San Telmo para que a uno lo noquee el peso de la historia. Ya lo dijo Mike Tyson: "Todo el mundo tiene un plan, hasta que recibe el primer puñetazo".

Me acordé de todo esto la otra madrugada, durante el partido entre Argentina y Argelia, al ver llorando a Lionel Scaloni en el banquillo mientras Messi salía ovacionado de la cancha. ¿Había sucumbido el seleccionador argentino al síndrome de Stendhal? Al escritor francés le dio un soponcio en Florencia, abrumado por la belleza de la basílica de la Santa Croce. ¿Estaba Scaloni sobrepasado por la hermosura inacabable de los tres goles del capitán?

Sospecho que el 12 eterno de Riazor sollozaba por la misma razón que hace cuatro años, al concluir la final del Mundial de Catar y proclamarse campeón. Por lo mismo que asomó el llanto estos días cuando se encontró a Djalminha y Martín Palermo en Estados Unidos y revivieron sus tiempos en el Deportivo y el Estudiantes de La Plata.

Siempre fue emocional y explosivo, pero con los años se ha vuelto —y perdón por la redundancia— todavía más gallego y sentimental. Como aquel Fraga final, que lloraba hasta en la inauguración de la Semana Verde de Silleda. E intuyo que, cuando se le saltan las lágrimas al ganar la Copa del Mundo o después de contemplar el colosal hat-trick de Messi, en su cabeza hace memoria de todo lo que ha padecido —ya lo dijo otro sabio: "cuánto sufrimos, Martín"— hasta alcanzar ese instante de felicidad suprema.

Para mí que, en esos momentos de gloria y pirotecnia, a nuestro Lionel le da por recordar las malas pasadas de la existencia. Como su debut en Riazor. Era el 4 de enero de 1998. El Deportivo jugaba contra el Sporting de Gijón, entonces rival directo por la permanencia en Primera. Apenas había empezado el partido cuando una pifia de Naybet obligó a Songo’o a atajar el balón con las manos fuera del área. El árbitro expulsó al portero y Corral tuvo que mandar al campo al príncipe Rufai. El elegido para dejar la cancha fue Scaloni. Uno de los estrenos más efímeros de la historia: solo un par de minutos sobre la hierba. Esa tarde también lloró, mientras caminaba hacia el banquillo con una camiseta donde se leía "L. Scalone" (lo que valdrá ahora esa errata mundial).

Por eso Scaloni es uno de los nuestros. Porque sabe bien todo lo que hay que perder antes de ganar y entiende que la vida está plagada de erratas y de errores. Y porque, pase lo que pase y aunque esté a 10.000 kilómetros de Riazor, nunca olvida que, entre Manuel Murguía y la avenida de La Habana, hay un pedacito de universo al que siempre acaba regresando.

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