De las palanganas a las jarras meladas: las pócimas secretas de la noche de A Coruña
La vuelta del trago más famoso de Sada invita a un viaje a la nostalgia: así eran las bebidas que marcaron las noches, y las resacas, de varias generaciones.

Ahora que las coctelerías rivalizan por tener el recipiente más instagrameable, y que los gin-tonics se acercan más a una macedonia de frutas que a un ‘lingotazo’ de los de toda la vida, la nostalgia menos glamourosa desbordó todas las previsiones una vez más. Se volvió a despertar el adolescente interior de varias generaciones. Y, si no, que se lo pregunten a Nadia López, de Vivamus Terrace, quienes han invocado la Sada de las palanganas, Baroke, el Moby Dick, el Indio y el Aeropuerto. El día 28 habrá una jornada revival de una época, de otra forma de salir, y también de beber.

Sada fue durante mucho tiempo el bautizo de alcohol y pista de baile para los coruñeses que enfilaban la recta final del instituto o que empezaban la universidad. El ahora omnipresente tardeo ya existía, y empezaba en un bus hacia el área metropolitana (Ordes y Carral también era alternativas).
Había todo un ceremonial que empezaba en el Indio y acababa en Baroke, para poner punto seguido en un segundo acto, el nocturno, en el Orzán. Sin embargo, el camino entre los futbolines a ritmo de heavy y la discoteca de los primeros besos era cosa del Moby Dick o el Dush, los dos locales que servían palanganas. Las peligrosas palanganas. Todo un misterio, y un tesoro, todavía a día de hoy.
“El confidente de la receta fue la persona más cercana al Moby Dick y a Lito (el dueño histórico), pero me han dicho que la fórmula es como la receta de la cangreburguer de Bob Esponja”, bromea Nadia López, responsable de Vivamus Terrace y de volver a poner las palanganas en el mapa. Sin embargo, El Ideal Gallego ha podido acceder a parte de esa fórmula: vodka, whisky, espumoso y ginebra. Cuentan algunos de los que trataron de importar la receta a A Coruña que hay quien potenciaba los efectos con estramonio.
Casa Ramón
Sin embargo, si la palangana era Sada, A Coruña y sus diferentes zonas de marcha también tuvieron buenos ‘ingenieros’ y ‘boticarios’. Seguro que alguno aún se echa a temblar lo de recordarlos. Es el caso de las filas interminables de chupitos en Casa Ramón, donde se brindaba sobre el serrín del suelo. Allí no se mezclaba. Venía todo preparado en antiguas botellas de cristal que se etiquetaban a mano. En casa. Los reyes, y los más temidos también, eran el RTVG (ron, tequila, vodka y ginebra) y la absenta (la había incluso de 90 grados).
Entre los chupitos también tenía cierto éxito el cerebrito. Se tomaba tanto en A Coruña como en el Aeropuerto de Sada, y en más sitios. La gracia era ver cómo la crema de whisky se diluía en la granadina, hasta emular la forma de una masa cerebral. Afortunadamente para el estómago, encontrarlo hoy en día es prácticamente imposible.
Los semáforos
Resistencia numantina, parecida a la que le exige al hígado, tienen el pub Eclipse y sus semáforos. Son de los pocos supervivientes de la época dorada del Orzán, por no decir los únicos. Se trata de un chupito a tres colores a base de granadina, Licor 43 y Peppermint.
De hecho, si se le preguntase a buena parte de los clientes por el nombre del pub muchos dirían “Los Semáforos”.
Ciudad Vieja
Algo parecido a Los Semáforos sucede con El Rincón del Pirata, o directamente El Pirata. “Vamos a los paletos” es una frase recurrente durante las últimas tres décadas para quienes se acercan de noche a la Ciudad Vieja. Se trata de una bebida tan traicionera como la palangana, de alegre consumo, aparente suavidad y ‘golpetazo’ al incorporarse para poner rumbo a otro garito. Los golpes, precisamente, son parte de la gracia: se vierte mitad de paleto y mitad de Sprite sobre un vaso de chupito, se tapa con papel albal y se golpea la mezcla contra la mesa con una demostración de fuerza. Como si fuera la vitamina C del zumo de naranja, se exige consumo inmediato.
Mónica Suárez, quien en 2023 celebró el 30 aniversario de su local, confiesa solamente una parte de la receta: vodka, ginebra, ron, tequila, lima, Sprite “y el secreto de la casa”. Son varios los denominadores comunes de aquellos tiempos: la tendencia a mezclar bebidas de alta graduación y el celo de los creadores a la hora de desvelar su receta. “Hoy la gente no sabe crear sus bebidas; se ha perdido y es otros de los efectos de la pandemia”, indica la empresaria, que en realidad debe su producto estrella a la sugerencia de unos clientes
Muy cerca del Rincón del Pirata, La Jarra Melada o Virtudes fue una parada permanente entre 1964 y la pandemia. La desaparición de Ana López Casal, su propietaria desde 2013, fue un golpe definitivo. Sin embargo, su receta permanece custodiada por algunos de sus allegados. “Hay cuatro personas vivas que conocen la receta, pero es secreta”, advierten. Es un caso muy similar al de la palangana, y aseguran que es posible que algún día vuelvan, aunque sea solo para un último baile.
Según las zonas que se frecuentasen, y la época concreta, también podría hablarse de la leche de pantera (bebida de legionarios servida en la zona centro), el espumoso de El Molino (y ese algo más por el que todos preguntaban), los calimochos con gominolas del Piolín o los floreros de la calle Mantelería. Más atrás queda el cristal, una bebida muy vinculada al entorno de Pirámide y que era de las más temidas. También tuvo presencia como bebida ‘sin’ el San Francisco, un clásico internacional.
















