
Javier Ozores Marchesi (A Coruña, 1942) vive las referencias de la ciudad a través de una de sus pasiones, el cine, que le llevó a trabajar como distribuidor primero y como productor después, aunque su ilusión de niño era ser director. Ozores Marchesi (que él pronuncia a la italiana, ‘marquesi’) está muy orgulloso de su aportación a todas sus películas pero habla con un cariño especial del documental sobre la vida de Edgar Neville que le permitió conocer a personajes como Conchita Montes o Mingote y su mujer, Isabel Vigiola.
¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?
Yo nací en la plaza de Vigo, en un sanatorio que había en el cruce con Menéndez Pelayo, pero los primeros recuerdos son en la plaza de Orense, porque mi abuelo tenía ahí un edificio. Vivíamos en Montrove pero en invierno vivíamos en La Coruña. Me acuerdo mucho de los jardines, la Rosaleda y, sobre todo, del estanque de los peces. Sigo siendo amigo de los que nos encontrábamos ahí para jugar.
¿Y a qué colegio fue?
A los Maristas. Tengo buenos recuerdos... Del primer pitillo, cuando ya éramos mayores, que salías a una esquina, del típico pipero que había siempre en la puerta y de las excursiones, que eran, pues a lo mejor, al castillo de San Antón.
¿Y qué tal estudiante era?
Normalito. O sea, pasaba de curso. Menos un año que tuve un problema largo por una hepatitis. Repetí pero eso significó tener dos grupos de amigos. Seguimos reuniéndonos todos los años, con lo que yo tengo dos comidas (risas).
Y, cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, ¿qué decía?
Director de cine.
No actor ni estrella, director...
Sí. Y nunca lo fui. Dirigí cortometrajes amateur, pero yo tenía obsesión por el cine desde pequeñísimo.
¿Recuerda cuál fue la primera película que vio?
De las primeras recuerdo ‘Bambi’ y ‘Capitanes intrépidos’... Esta me gustaba tanto que en mi comunión cantaron aquello de “Ay, mi pescadito deja de llorar”.
¿Tanto le gustaba el cine?
Me encantaba. Sobre todo, las del Oeste. Pero que acabaran bien. No como la de ‘Murieron con las botas puestas’, que no lo entendía. Recuerdo la primera película en el Colón, en 1948: ‘La vida secreta de Walter Mitty’, de Danny Kaye. Me tuvieron que sacar del cine porque tenía auténtico terror cuando salía Boris Karloff.
Y, cuando decía en casa que quería ser director, ¿qué le decían?
Si era un enano, además, un repelente. Era una cosa rara que un niño dijera aquello. Pero me interesaba mucho; coleccionaba los folletos, el cartel de las películas... Tenía una colección bestial que desapareció cuando me fui a estudiar afuera.
¿En qué momento empieza a trabajar en el mundo del cine?
Con el cine empecé primero como espectador. Después, con cineclubs y en el festival de cine de humor. Ahí empecé a conocer gente y después me hice distribuidor. Traía muchísima película que había desaparecido del mercado, reposiciones: Akira Kurosawa, Fellini... Luego distribuí una película española, ‘Maravillas’ de Manuel Gutiérrez Aragón, muy buena pero difícil de vender. Hablé con el productor y la compramos. Nos fuimos al Festival de Berlín y tuvo un éxito brutal, pero el premio se lo dieron a Saura, que era más conocido. Queríamos estrenarla en Madrid un 24 de febrero y el día 23 fueron unos señores, unos guardias civiles (era 1981) al Congreso... Yo estuve con reuniones toda la tarde por el estreno y no me enteré hasta la noche. Decidimos estrenarla igual pero con miedo a que la gente no saliera de casa. Lo bueno es que ese día se agotaron los periódicos y teníamos una página entera de publicidad. Abarrotamos.
Distribuidor, luego productor... ¿No le quedó pena por no haber sido director?
Ser productor te da más follón; si eres director, te pagan y carretera. El productor a veces parece la figura mala de la película, porque tiene que cortar el grifo. Yo tuve mucha suerte porque el cine que hicimos, con alguna excepción, funcionó bien.
¿Nunca se fue a vivir a Madrid?
No, estaba unos días y volvía. Siempre he vivido aquí. Yo me casé muy joven, con 25 años. Y mi mujer tenía 23. Al año siguiente tuvimos la primera hija –tuvimos cuatro hijas y nos salieron de pana– y, claro, ya con niños... Al principio, tenía aquí la oficina e iba a Madrid. Primero alquilé un piso y luego ya compramos allí. Pero igual que cuando estudiaba en Santiago: era el jueves acabar las clases y venirme pitando.
“Fui a Maristas y tuve que repetir por una hepatitis pero eso significó tener dos grupos de amigos. Seguimos reuniéndonos cada año así que, en lugar de una comida, tengo dos”
Y, cuando deja el cine, empieza a escribir...
Sí, porque me hicieron un encargo. Yo fui fundador de la Academia Gallega de Gastronomía y llevaba el tema de edición y compra de libros. Me llamaron de Everest para hacer un libro sobre cocina gallega. Dudé pero me encanta la cocina, eso es otra cosa de mi vida.
Pero, ¿para cocinar o más bien para comer?
Para comer, todo. Y, después, pues sé dirigir: sé hacer menús fenomenales y que no lleven mucho tiempo. Ese libro funcionó muy bien. Y después conocí a una medium que había en La Coruña, Adela Cano, y me contó la historia de una cocinera que para vengarse de la señora hacía las albóndigas con el sobaco, otra que servía en casa de unos generales franquistas y para vengarse hacía un plato que era pescado con mayonesa, tomate y lombarda y hacía la bandera republicana. Novelé todas esas historias, me dieron el premio Arenas y ya dejé el cine y me puse a escribir. La última película que hice fue ‘El baile de las ánimas’, con las Molina. Luego empezó la época de digitalizar, la distribución cambió totalmente y lo dejé.
¿De qué presume de su ciudad cuando está fuera?
Yo soy un coruñés total y me encanta la ciudad. Hasta con todas las obras la encuentro preciosa, pero lo que más me gusta de La Coruña es el ‘relleno’ que tiene. La gente es muy especial, muy receptiva, animada... Aquí hay ambiente incluso fuera de horas. Y es una ciudad tremendamente culta. Aquí tendría que haber una universidad dedicada a la música, porque hay una afición, sobre todo a la clásica, que es excepcional.
¿Y qué es lo que echa de menos cuando no está aquí?
El mar. Yo sigo yendo a la playa, sigo bañándome. Mi madre, con 70 años, en aquella época, seguía bañándose en Bastiagueiro. Y todos mis nietos y mis yernos son de surf. Uno incluso estuvo en los mundiales y está en el top ten de Europa.
Tiene el título de conde de Priegue. ¿Lo suele utilizar?
Me gusta tenerlo, es verdad. Y, por ejemplo, en casa, pues la vajilla sí que lleva el escudo y tal, pero para el trabajo no lo uso nunca. Ni para pedir favores. Yo no voy de conde por ahí pero para mí es un honor. El nieto al que se que lo van a dar, le da un poco como de vergüenza lo del título, pero estoy muy contento que sea él, porque es un tío muy brillante.
Preguntas cascarilleiras
¿Churros de Bonilla o churros del Timón?
Bonilla. Y me gustan los del Timón. Pero Bonilla porque, a nivel gastronómico, solo hay dos César en La Coruña: César Gallego y César Bonilla. Yo estuve de jurado en el foro gastronómico y los propuse a los dos para un premio a la tradición y los dos lo recibieron encantados como si fueran dos novatos.
¿Monte de San Pedro o jardines de Méndez Núñez?
Los primeros recuerdos que tengo son de Méndez Núñez, sobre todo, de la Rosaleda y del estanque.
¿Calle de la Estrella o calle de la Barrera?
Estrella. Bueno, la Galera me gusta. Y me encanta como está ahora. Yo trabajé en publicidad, en Maxan, fue mi primer trabajo, y estaba en la Galera. Además, tenía cines, el cine Coruña. Ahí pusieron ‘El padrino’, cuando era una película para el Colón, pero el dueño la puso a ver si lo llenaba y lo llenó, claro.
¿Bebe agua de Emalcsa o agua embotellada?
Del grifo. Tanto en Oleiros como en La Coruña, agua del grifo toda la vida.
¿Playa de Riazor o playa del Orzán?
Yo no veraneaba aquí en La Coruña... Me habré bañado en Riazor dos veces en mi vida. Yo soy de los de Bastiagueiro: me encantan las algas, me encantan las olas...
¿Se mueve a pie por la ciudad o va motorizado?
En coche, porque vivo fuera. Pero después, lo aparco y ya voy andando.
¿Es de helados tradicionales como los de la Colón o de sabores más modernos, como Bico de Xeado?
No, no, ahí lo tengo de claro como lo de Bonilla. Colón, que es lo que era la Ibense. Y me gustan los de Bico de Xeado, los conozco y son una gente estupenda, pero sigo siendo fiel a la Colón.
¿Y cuál es su sabor preferido?
Avellana y pistacho, por ejemplo. O avellana y crema tostada, pero avellana siempre.
¿Es más de una verbena o de un concierto?
Concierto.
Alguno que fuera especial...
Uno brutal, aunque no aquí, fue el de Liza Minelli. Y aquí, por ejemplo, fue muy apasionante el de Frank Sinatra. Y el de Tom Jones, que vuelve ahora, que creo que fue el primer concierto internacional que hubo en la ciudad. Y de música clásica, el festival Mozart era algo excepcional.
¿Es más de Carnaval o de San Juan?
Yo era choqueiro. Iba con un amigo y de repente nos poníamos en una esquina limpiando parabrisas y hasta sacábamos dinero. Pero elijo San Juan. En Madrid tenía un piso con una pequeña terraza. Y el primer San Juan que pasé fuera, me llevé unos palitos, me hice una hoguera y la salté. Aunque no esté en casa, la hoguera la seguimos haciendo.
¿Dice más veces chorbo o más veces neno?
El koruño me hace gracia pero no es algo que suela estar dentro de mi lenguaje.












