Javier Losada ‘Nikopol’ | “Ahora hablan del tardeo pero antes era todo tardeo: a las seis de la tarde ya íbamos de pubs”
Desde Ítaca al Latino, la suya es una de las caras más conocidas de la noche coruñesa aunque ahora se prodiga menos. “La última vez que salí, dije: ‘¿Qué hago aquí? Si parezco el bisabuelo’”

Javier Losada García (A Coruña, 1962), alias Nikopol, nació “el mismo día y a la misma hora que murió Marilyn Monroe”. El apodo se lo puso “un amigo que se llama Gonzalo, por un libro en el que el protagonista se llama así, y acaba recitando a Baudelaire”, alguien a quien leía compulsivamente por entonces. Quienes le conocen, seguramente sea de haberlo visto detrás de la barra de alguno de los 23 locales donde trabajó. Ahora se dedica al suyo, la Bodeguita del Corazón Chiflado, a su pareja, Cristina, y a los “niños”: “Están creciditos ya, son dos gran danés de ochenta kilos”, bromea.
¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?
Cuando me corté la cara [aún se le ve la cicatriz]. Tenía tres años.
¿Cómo fue?
Fue en casa, con una navaja barbera de mi padre. Y recuerdo cuando me llevaron al hospital.
¿Dónde vivía?
En la Ciudad Vieja pero me crié en la zona de Mestre Mateo. Vivía enfrente de Soweto. Plaza de Pontevedra, Mestre Mateo, Riazor... todo aquello era mi zona.
¿Y dónde vive ahora?
Aquí, en la avenida de Oza. A dos minutos del bar.
¿Eso tiene su parte buena o es más bien parte mala?
Buena. Si fuera hace años, sería mala, pero ahora es buena.
¿A dónde fue al colegio, dónde estudió?
Fui al Calasanz, a la Academia Galicia, a la Checa y al Liceo.
Si fue a la Academia Galicia y luego a la Checa es que debía de ser buena pieza...
Sí, exactamente.
¿Qué recuerda de esa época?
La Academia Galicia era brutal. Recuerdo al Canario, que me dio pero bien cuando tenía 12 años. Luego tengo un recuerdo muy bonito de un profesor, Luis Seoane, me ayudó muchísimo. Daba clase a los mayores, pero iba por el bar de mi padre y me dejaba libros y me decía: “Léete esto”.
“Con siete u ocho años me vine con un coche de pedales desde Monte Alto por San Andrés. Me vino escoltando la policía municipal desde la plaza de España”
¿Cuál era el bar de su padre?
El Taboo, en Alfredo Vicenti. Mi padre tenía aquella vena deportista, con el Liceo, con el Dépor... Yo no, yo escapé de allí.
De todas las trastadas que hizo, alguna se podrá contar, que ya habrá prescrito...
Con siete u ocho años, habíamos estado viviendo en Monte Alto, antes de cambiarnos a la zona de Mestre Mateo. Y me había quedado un coche de pedales en el desván. Me fui andando yo solito y me vine con el coche pedaleando por San Andrés. Cuando llegué al bar de mi padre, se bajó un municipal de un coche y dice: “¿Quién es el padre de este fenómeno? Llevamos escoltándolo desde la plaza de España”. Luego las típicas de ir a torear las olas en Riazor, capar las boinas a los señores mayores...
Y, en aquella época, ¿qué quería ser de mayor?
En aquella época era muy gilipollas (risas). Hasta que no vine de Salamanca...
¿A qué fue a Salamanca?
Mi padre me metió en una escuela militar. Y planté y tuve que hacer dos años en Salamanca. Aquello me ayudó mucho. Empecé a conocer a gente muy interesante y luego, al llegar aquí, ya fue todo fenomenal.
“Conocí a gente mayor que yo, muy interesante: Vari Caramés, Cabanas, Correa, Gonzalo Cueto... que me ayudaron y con los que aprendí mucho. Yo creo que me adoptaron”
Volvió y se puso a trabajar...
Llegué y empecé a salir solo. Conocí a gente mayor, muy interesante: Vari Caramés, Cabanas, Correa, Gonzalo Cueto... que me ayudaron mucho. Yo creo que me adoptaron. Más adelante, en la época del Latino, gente como Cerviño, Enrique Aller... Recuerdo gente maravillosa, mayor que yo, con los que aprendí mucho.
Parece que la noche se presta a ese tipo de relaciones...
Tiene las dos cosas: lo típico que estás hablando con alguien y quedas para el día siguiente y no aparece. Y luego tienes otra historia, más bohemia, más bonita, que es la de contar con gente del arte, de la música, que te abre un poquito la mente y en esa época en Coruña había mucha gente interesante.
¿Hoy hay menos?
No sé, no salgo (risas). La última vez que salí de noche, dije: “¿Qué hago aquí? Si parezco el bisabuelo”.
Imagino que tampoco quedarán muchos de aquellos bares...
No, voy a ver a Alberto al Filloa y a Jose a, cómo se llamaba... El Tribeca, lo que era El Siglo. No tengo más huecos.
¿Ha cambiado mucho la forma de salir?
Sí. Pero creo que la historia está empezando a dar la vuelta. Cuando empiezan con el rollo del tardeo... Antes era todo tardeo. Se salía a las seis de la tarde, a las ocho...
Lo que no se sabía es cuándo se volvía.
Claro, pero a las seis de la tarde ya íbamos a pubs. Íbamos a la Ciudad Vieja y había un ambiente fantástico ya desde las siete de la tarde. En la Ciudad Vieja se cerraba a la una y media, ibas a la discoteca hasta las tres y media y después, al bar de la autopista, al Burgo. Allí se juntaban los modernos, los rockabilly... O el Fratelli, detrás de la Castrense, que te servían si comías algo. Así que te tomabas un par de criollos y siete cubatas (risas).
Javier Losada pasa “todas las horas posibles en su bar”, la Bodeguita del Corazón Chiflado, en la calle Río de Monelos, un local que ha decorado a su gusto y que es el más especial de todos los lugares en donde ha trabajado. “Es el sitio que más me gusta de Coruña”, afirma.
¿Cuál fue el primer local que montó?
Yo empecé a trabajar dos meses en el Patacón porque se pinchó Vari una mano abriendo una ostra. Después pasé al Ítaca y en el Mar Adentro me asocié. Después, con un amigo, cogimos la discoteca Xornes. Ahí fue donde empecé a decorar los bares y a poner mi estilo. Después, el Latino. El primero –que después fue el Litoral, el Pollo Frito, el Pisa Morena– estaba en la Ciudad Vieja. Y luego ya me fui al Orzán. Estuve en Café Olé, en Lautrec, Cisco... siempre con socios. Mío, mío, eran El Pajarito y este. Que es cuando mejor se está, cuando se está solo.
De todos esos locales, ¿cuál es el más especial?
Este, la Bodeguita del Corazón Chiflado, es muy, muy especial para mí. Llevamos once años y ver a la gente, tanto de 20 como de 80 años, es una mezcla estupenda y es algo que no me esperaba. Y luego, más que de los locales, me acuerdo de la música. Escucho una canción y digo: “Estaba aquí”. Y es entonces cuando me viene todo.
Son muchas noches. Ha visto salir a varias generaciones de coruñeses...
Cristina cuando va conmigo por la calle lo pasa fatal, porque voy saludando a todo el mundo y me paro con mucha gente.
Y, a lo mejor, de la mitad ni se acuerda...
No, pero de los que no recuerdo el nombre les llamo berberechos y ya está (risas).
Preguntas cascarilleiras
¿Prefiere los churros de Bonilla o los churros del Timón?
Churros del Timón. Sí, porque viene por aquí Fina y si digo los de Bonilla luego me da un par de collejas (risas).
¿Entre el monte de San Pedro y los jardines de Méndez Núñez? Jardines de Méndez Núñez. Me gustaron siempre. Lo que echo de menos son los estorninos. Aunque nos cagaban y nos ponían pringando, aquel murmullo de los estorninos era una maravilla.
Para salir a tomar algo, ¿calle de la Estrella o calle de la Barrera?
La Estrella... a mí me gusta el Cunqueiro. Aunque siempre me voy al medio, no voy ni a una calle ni a otra, me quedo en la Vermutería Martínez. Eso es la Galera... Eso es, en el término medio.
¿Bebe agua de Emalcsa, agua del grifo, o prefiere el agua embotellada?
No bebo agua jamás. Igual en la ducha, si se me cuela algo... La cerveza tiene un 90% de agua.
¿Playa de Riazor o del Orzán?
Riazor, porque me crié ahí. Es donde iba a torear las olas, a coger erizos, cuando había, que ahora no hay nada.
¿Cómo se suele mover por A Coruña, a pie o va motorizado?
A pie. Coruña es a pie. Si estuviéramos en Madrid... pero aquí está todo a diez minutos, quince minutos.
¿Es de helados como los de la Colón, de toda la vida, o de sabores más modernos, tipo Bico de Xeado?
Yo no soy mucho de helado, soy más de chupitos (risas). Íbamos a la Italiana. Ya no existe, creo... Pues mira, desde la Italiana que no me como un helado.
¿Es más de una verbena o le gustan más los conciertos?
Conciertos, conciertos. Cuénteme alguno que fuera especial... Te puedo decir que vi a Pink Floyd en Nueva York en el año 95. Y gratis. Pero decir que los vi es decir mucho, porque tocaban el piso 102 del Empire State. Nosotros estábamos en el suelo, abajo. Llenaron en toda la calle de altavoces y el edificio con proyecciones de colores y fue una maravilla. Y luego vi a Marilyn Manson de telonero de unos japoneses que no valían nada. Iba con un amigo que pensaba que era una chica. Iba con minifalda plateada y botas de plataforma.
¿Es más de celebrar Carnaval o de la fiesta de San Juan?
Carnaval no lo soporto, prefiero San Juan. A mí eso del Carnaval, de la gente que te viene y te dice “¿quién soy” no me gusta nada.
¿Dice más veces chorbo o más veces neno?
Pues yo creo que fifty-fifty. Depende de cómo me pegue la tolemia (risas).












