Del Bronx al Bando Nacional: las tribus urbanas de A Coruña que convivían en paz en Pirámide
Los diferentes ambientes que se reunieron durante décadas, sobre todo en los 80, llevó a bautizar cada zona que ocupaban en la discoteca

Una de las principales diferencias entre la noche de los 80 y la que conocieron los asiduos a la época dorada de Pirámide u otras discotecas tiene que ver con las llamadas tribus urbanas. Es fácil reconocer una determinada estética, especialmente después de series como Stranger Things, y cómo los heavys, los punks, los pijos o los rockers formaban auténticos clanes entre los que existía un respeto, pero también una barrera en ocasiones en forma de telón de acero. Pirámide fue transversal, sí. De hecho, se jactan sus diferentes propiedades de haber sido el espacio más libre de una época de fronteras. Sin embargo, como si de los barrios de Nueva York se tratase, dentro de la pista existían cinco zonas diferenciadas que José Luis Saavedra, el fundador, aún recuerda a la perfección.
El elemento pacificador entre todas ellas era la puerta, y personajes como los desaparecidos Lucho o Chusmi, porteros a los que todos los grupos mostraban un respeto reverencial. “Siempre teníamos tres porteros, hombres que marcaban unas normas y a los que los duros de verdad tenían respeto”, dice Saavedra. “Lucho, al terminar de trabajar, iba a casa de quien la montaba y no dudaba en decirle a su madre que lo levantase. Le llamaban el juez de la noche, de mano dura y rápida. Era súper respetado”, añade.
El Bronx
El histórico propietario de Pirámide los califica como “los malos”. “Se ponían al fondo de la discoteca, y allí se conocían todos y se encontraban. En realidad, se trataba de un lugar súper tranquilo, en el que lo único que podía suceder era que algún despistado no supiera en qué zona jugaba y se metiera con las novias de los del Bronx”
Por otra parte, afirma, que no eran necesariamente gente que se dedicara al menudeo, sino de una pose, una actitud que les hacía ganarse un respeto en las noches de fiesta.
El Bando Nacional
En este caso, afirma Saavedra, se situaban más cerca de la entrada. “Básicamente, eran los pijos”, bromea. “Se movían entre los 20 y los 30 años y eran los tranquilitos, con un estilo muy definido en todos los sentidos. Mientras el Bronx era alternativo, el Bando Nacional era conservador hasta en la vestimenta”.
La figura del pijo creció también a mediados de la década de los 80 con el bum de grupos como Hombres G, que presumían de ser una tribu urbana más.
Los camellos y la Policía
“El término Policía era un comentario que a veces hacíamos entre nosotros, porque delante de la cabina había mucha tranquilidad, con gente muy pacífica. Personas que no venían habitualmente y allí, en ese espacio, era todo diferente”, dice el fundador e histórico responsable de Pirámide.
Su relaciones públicas de confianza, Emilio Ron, recuerda que también había mucha Policía de verdad, en busca de información. “Y era en la discoteca donde se captaba esa información”, asevera. Se situaban en las alas de la pista. “Lo bonito es que había camaradería entre todos y cada uno sabía a lo que se dedicaba el otro”, apostilla José Luis Saavedra.
El Barrio Rojo
Algunos lo señalaban como la zona de ambiente, mientras que otras noches se practicaba el que algunos llaman el oficio más antiguo del mundo. Desde la antigua propiedad, con la perspectiva temporal, dicen que había de todo, pero dentro de ese orden idílico con el que se recuerdan aquellos tiempos. “Tuvimos una discoteca, Anónimo, que era de ambiente, y Pirámide siempre fue muy transversal, la noche necesitaba y necesita del ambiente”, comenta.
Por su parte, respecto al oficio en cuestión, Emilio Ron remarca que “no estaba mal visto, y en el entorno de Pirámide había cuatro clubs. Era algo socialmente aceptado, y un poco como en la Segunda Guerra Mundial: había quien cobraba de los camellos y quien era confidente habitual de la Policía”.
Y es precisamente en esa convivencia donde radica otro de los méritos de Pirámide. “Ha cambiado la forma de relacionarse”, lamenta Saavedra. “Antes, los de 20 hablaban con los de 40 y 45; ahora, todos hablan con los de su misma edad, y son los propios locales los que incentivan eso”, finaliza.

















