Begoña Peñamaría | “Adoro esa sensación de aire, de libertad, de estar en la esquinita de España y casi del mundo”
Lleva casi treinta años vistiendo a novias e invitadas, siempre en el entorno de la calle Real. El tiempo que tiene libre, lo dedica a su faceta de escritora, que le ha permitido publicar ya siete libros

Begoña Peñamaría (A Coruña, 1971) es una persona con dos personalidades muy marcadas. Por un lado, está la que se encarga de vestir a las novias en uno de los días más importantes de su vida, un trabajo que requiere mucha empatía e implicación. Por otro, es una escritora que lleva ya siete libros y unos cuantos premios. Casada y con dos hijos ya mayores, “una de 25 y uno de 21”, la mayor parte de su vida ha transcurrido entre la calle Real y el Náutico, el escenario que elige como su rincón especial en A Coruña.
¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?
Probablemente, el colegio, la guardería a la que fui con mi hermano, que se llamaba Play School, que ya ni existe, que estaba... yo diría que yendo hacia Sabón. Es un recuerdo borroso. Llevábamos mandilones azules con un lazo rojo y unos gorros de paja, era todo muy campestre, pero estuve muy poco tiempo.
¿Y a dónde fue al colegio?
A la Compañía de María. Pero tengo recorrido por diversos colegios.
¿En qué sentido?
No viví todo el tiempo aquí. Nací en La Coruña y viví en La Coruña mi primera infancia. Pero después, por el trabajo de mi padre, nos fuimos a vivir a Santiago. Luego nos fuimos a Orense tres años, a Santiago otros dos años..., volví cuando estaba en quinto de EGB. Hubo un periodo de infancia que realmente no transcurrió aquí.
¿Qué es lo que recuerda de cuando volvió?
Que fui al colegio Montespiño, aunque un año nada más. Recuerdo una etapa muy feliz, ir al Ballet Rey de Viana, a jugar a los jardines... Después fui a la Compañía de María.
¿Y qué tal estudiante era?
Recuerdo el colegio como una etapa bonita, divertida, con muy buenas amigas. No era una persona superaplicada, pero sí que tenía facilidad para las partes más creativas y para la lengua castellana.
¿Y qué quería ser de mayor?
No lo tenía muy claro, pero había dos profesiones que me gustaban mucho. Una era el periodismo y otra era la moda. Mi padre tenía una fábrica de ropa deportiva que se llamaba Rafrei –acaba de sacar hace poco el Deportivo una camiseta vintage que hubiera estado encantado mi padre de verlo, pero falleció en enero del año pasado–. Toda la vida me había chiflado el tema de la ropa y, alguna profesora me lo recuerda, estaba haciendo dibujitos y bocetos todo el rato, así que me decanté por eso.
Pero, al final, ha acabado haciendo un poco las dos cosas, ¿no?
Mucha gente me pregunta, ¿qué tiene que ver la moda con la comunicación? Yo creo que está todo muy unido. Dirijo un atelier de novias e invitadas desde hace 30 años y es un negocio muy emocional: hay que hablar mucho con ellas, entenderlas y acompañarlas. Todas mis clientas tienen mi teléfono y me consultan desde unos zapatos hasta un ramo de flores o la cinta que lo envuelve. Me gusta mi trabajo pero no recuerdo un mes de vacaciones seguido desde hace treinta años. Y atiendes el teléfono todo el rato. Eso agota pero luego viene el subidón de adrenalina y dices: “Esto merece todo el sacrificio del mundo”. Bueno, y otra cosa mala es lo de ser autónomo. En este país estamos totalmente machacados. Me gustaría que tuviésemos más ayudas porque damos trabajo a otras personas y generamos un entramado económico muy importante en este país y que no está suficientemente apoyado.
¿Cómo empieza eso de ponerse a escribir?
Desde pequeña ya me dedicaba a escribir redacciones, siempre me gustó muchísimo, pero hay un desencadenante que es el fallecimiento de mi hermano. De ahí el primer libro, que se llama ‘Dejadme marchar’. Fue un golpe enorme, tuvieron que pasar varios años hasta ser capaz de escribirlo. Un día me puse delante del ordenador y ya no pude parar. El último que he escrito, ‘Los borrones de Dios’, desgraciadamente está muy de actualidad porque habla del bullying y del acoso. Creo que todo el mundo debería leerlo, tanto los maltratadores como los acosados porque a lo mejor comprenderían muchas cosas.
Mi abuelo fue una persona muy buena y, como alcalde, de los mejores; yo no sé cómo fue ni cómo dejó de ser en la guerra, pero la calle se le adjudicó como alcalde, no como militar
¿Por qué ha elegido el Náutico para hacer la foto?
En este lugar se celebran las fiestas más bonitas de mi vida, incluso mi boda. He hecho fotografías en las terrazas para catálogos de trajes de novia, reencuentros con amigos del colegio... Muchos momentos importantes de mi vida están relacionados con el Náutico.
¿Cuáles son sus barrios?
Toda la vida he vivido en Riego de Agua, mi primer local fue en lo que entonces era General Mola. Luego nos pasamos a un local que estaba en el callejón y ahí estuve como diez o doce años. Y ahora llevo en la calle Real casi quince. Mi vida ha transcurrido por aquí, así que es una zona a la que le tengo especial cariño, aunque ahora vivo fuera.
¿En dónde?
En Montrove, creo que necesitaba coger perspectiva. Pero vengo por aquí todos los días y casi a todas horas.
Cuando no está en A Coruña, ¿qué echa de menos?
El mar, la playa, la apertura que tiene la ciudad... Y, por supuesto, a mi gente, mis buenos amigos, mi familia.
¿Y de qué presume cuando habla de su ciudad?
De la costa que tenemos, que es espectacular, el pasear por el Paseo Marítimo, esa sensación de aire, de libertad, de estar en la esquinita de España y casi del mundo, de apertura.
El Real Club Náutico es un lugar especial para Begoña Peñamaría. “Aquí son las fiestas más bonitas de mi vida, incluso mi boda, he hecho fotos en las terrazas para catálogos de trajes de novia, reencuentros con amigos del colegio –enumera–; muchos momentos importantes de mi vida están relacionados con el Náutico”
Hemos hablado de cosas que le gustan. Dígame alguna que no le guste...
No me gusta que esté todo el día en obras. Lo de esta última temporada ha sido mortal. No hubo dos días seguidos que pudiese llegar al aparcamiento por el mismo camino.
Si tuviera una máquina del tiempo, ¿a qué momento de la historia de esta ciudad iría?
A la época de mis padres. Cómo cuentan que era La Coruña, bailes en la Hípica, todo el mundo se conocía en una calle Real a tope de gente, las chicas por un lado, los chicos por el otro... ¿Cómo sería aquello? Ahora no hay gente por la calle Real. Si no hay un crucero, no ves a nadie.
Hablando de calles, ¿cómo lleva que le quieran quitar la que tiene su abuelo?
Mi abuelo fue una persona muy buena. Como alcalde, de los mejores. Se encontró con una ciudad arruinada. Mandaba al bedel a comprar unas flores a Consuelo Obdulia y el pobre señor volvía y le decía: “Don Sergio, no me han fiado, dicen que al Ayuntamiento de La Coruña no le fían ni un clavel”. Y él las pagaba de su bolsillo. Mi abuelo decía que había perdido dinero con la alcaldía: no tenía sueldo. Era abogado pero tenía que solucionar los problemas del ayuntamiento. Logró sanear las arcas municipales de las deudas de Alfonso Molina, que fue un alcalde muy notable pero gastó mucho. Mi abuelo trajo el aeropuerto, la refinería... Todo eso era riqueza para la ciudad. Yo no sé cómo fue ni cómo dejó de ser en la guerra, pero la calle se le adjudicó como alcalde, no como militar.
Preguntas cascarilleiras
¿Churros de Bonilla o churros del Timón?
De Bonilla. No es que no me gusten los del Timón, pero toda la vida por la zona, ¿qué quieres que te diga? Hasta los cumpleaños los celebrábamos en el piso de arriba.
¿Monte de San Pedro o jardines de Méndez Núñez?
Méndez Núñez por los recuerdos, aunque reconozco que la vista que hay desde el monte de San Pedro es inigualable, es maravillosa. Pero la infancia, las carreras de caballitos con mis primos, mi madre tomando café con sus hermanas en el Copacabana, las fotos en el estanque de los peces...
¿Calle de la Estrella o calle de la Barrera?
La Estrella. No es que la Barrera no me guste, está el Cocodrilo y todo eso, pero la Estrella es más amplia. No sé, me gusta más.
¿Bebe agua de Emalcsa o agua embotellada?
Siempre agua embotellada. Mi madre me dice: “Ay, menudo lujo”. Y no es ningún lujo. Me entró como miedo cuando mi hermano falleció porque fue tan difícil comprender lo que le había pasado que tenías que buscar explicaciones donde no las había. Hubo otro caso muy cercano, vivía en la misma zona y me dio una paranoia total, porque yo reconozco que el agua de La Coruña es buenísima, por si el agua traía algo que no era bueno y desde entonces, siempre embotellada.
¿Playa de Riazor o playa del Orzán?
El Orzán. Riazor es más abierta, estás más expuesta, hay más gente conocida... El Orzán es más recoveco, estás más tranquila. Incluso, si me apuras, las Lapas, que es maravillosa: agua transparente, alejada del mundanal ruido y a la vez cerquita de la ciudad.
¿Es de helados tradicionales, como los de la Colón, o de sabores más modernos como Bicos de Xeado?
Todos son buenísimos, pero es que soy muy clásica: la Colón de toda la vida. El morenito de nata encapuchado es maravilloso, es lo mejor del mundo.
¿Prefiere una verbena o un concierto?
Una verbena. Mi marido tiene una casa de veraneo en Ponte do Porco, tenemos muchos amigos allí y son muy verbeneros. Lo mismo hay la de San Pantaleón, que la de todos los pueblos del entorno. Hay que ir a todas. Y bailamos, nos reímos y nos tomamos el vermú y una serie de costumbres que yo no tenía, pero que las he adoptado como propias y me siento allí como en casa.
¿Carnaval o San Juan?
Este Carnaval me lo he pasado tan bien que no recuerdo otro igual, pero realmente me gusta mucho más San Juan. Es una noche más mágica, tiene algo. Y me encantan las sardinas, me vuelvo loca. Salir con amigos, ir a ver las hogueras..., todo eso me gusta mucho.
¿Dice más chorbo o dice más neno?
Ninguna de las dos. Tampoco quiero quedar de tonta, pero es que no digo mucho ninguna. Me hace muchísima gracia el koruño. En Instagram, me río muchísimo, veo entrevistas, pero no es mi modo natural y para hacer el ridículo, pues sinceramente, no lo digo.












