Bad Gyal deja la casita de Bad Bunny y se monta una sala de juegos en A Coruña
Lleno hasta la bandera y locura generacional en el Coliseum, donde la artista catalana se lo pasó en grande

Podría decirse que un pedacito de la gira mundial de Bad Bunny pasó por A Coruña, la ciudad con la que Benito mantiene guiños ocasionales. Sin embargo, sería injusto para con la obra de Bad Gyal, quien ella solita se hizo un ‘sold out’ en el Coliseum.
Lo de ella sola es literal, porque se puede encuadrar en el tipo de show sin banda que se ha normalizado en cierta tendencia actual, como ya sucedió con Rosalía, Manuel Turizo o Quevedo. En lugar de los músicos, un espectáculo medido al milímetro para la pantalla, en ocasiones a costa de la acción sobre el escenario. Gyal pasó de meterse en la Casita de Bad Bunny en Barcelona, donde perreó sola, a una sala de estar de puro lujo y ‘joias’ en A Coruña.
Se hizo esperar un cuarto de hora el comienzo de la cita, aunque en realidad la fiesta venía montada desde la Playlist de turno (el ‘Danza Kuduro’ resonó como un directo más). A las 22.15 exactas el apagón de luces y el griterío ensordecedor dieron paso a una procesión casi unánime de móviles en alto, como si de un fotograma de ‘Metrópolis’ se tratase. Fue entonces cuando Bad Gyal apareció sobre el escenario para cantar ‘Un coro y ya’, ataviada con una chaqueta de plumas, un antifaz erótico y taconazos como marca el ‘protocolo’. De ahí al final, prácticamente cada gesto de diva lo acompañó el mismo griterío antes mencionado.
El termómetro marcaba más de 24 grados fuera, por lo que también fue la primera prueba de fuego, o de caldera, para un Coliseum en el que la ventilación funcionó mucho mejor que el pasado año, por ejemplo.
Fueron 13 piezas, divididas en tres actos y la mayoría de corta e intensa duración. “¿Cómo está mi gente guapa de A Coruña?”, preguntó antes de encarar ‘Da Me’, uno de esos casi himnos generacionales con los que se levantó más de una mamá en la grada. Eso sí, lo de bajar hasta donde llegaron la artista y sus coristas ya era otra historia. Porque puede decirse que en los constantes guiños y juegos provocativos cayeron unas cuantas sentadillas que pondrían orgulloso al monitor de gimnasio de turno. Casi tanto como ellos subieron y bajaron las torres de un escenario que se adaptó a los interludios (electroflow y romántico) que separaron las partes conceptuales.
Pero ante todo fue un show maduro, impecable en lo suyo, y en el que ese ‘medido al milímetro’ funcionó exactamente como debe ser: perfecto. Eso sí, quizás se echó en falta algo más de interacción con un público herculino entregado. Pero eso ya va en el papel y el funcionamiento de la maquinaria.














