La fachada marítima mediterránea que se quedó en el papel
El plan que el reconocido arquitecto catalán Ricardo Bofill diseñó para A Coruña a mediados de los años ochenta, habría cambiado de forma radical la dársena de La Marina y O Parrote

La postal de la fachada marítima de A Coruña habría sido muy diferente de haberse llevado a cabo el plan que a mediados de los años ochenta del siglo pasado contemplaba un desarrollo urbanístico de estilo mediterráneo que no gustó en una ciudad con marcado carácter atlántico. El que estaba llamado a ser el gran proyecto que cambiaría para siempre la imagen de la urbe no pasó de los planos y las maquetas.
A principios de 1986 se anunció una remodelación radical de la dársena de La Marina que incluía la desaparición del conocido como muelle de Tarenasa –por los talleres allí ubicados– y la construcción de un paseo que enlazase la zona con el castillo de San Antón. Se hacía alusión entonces al arquitecto contratado por el Ayuntamiento para diseñar el proyecto: Ricardo Bofill.
El prestigioso urbanista catalán visitó la ciudad poco después para analizar el plan con el entonces alcalde, Francisco Vázquez, y el presidente en ese momento de la Junta del Puerto, Jesús Pintos Uribe. El regidor dio los primeros detalles del planteamiento, recogidos por El Ideal Gallego, como la posible construcción de una calle de circulación central en la que se pudiesen ubicar terrazas y la “creación de una nueva ciudad con edificaciones más estéticas en las que aparezcan elementos modernistas como las galerías y la piedra”.
Una concepción helenística
En el anteproyecto, firmado por el arquitecto británico Peter Hodgkinson –director de la propuesta herculina y responsable del Taller de Arquitectura de Bofill–, se decía que “el puerto debe de ser el centro de gravedad de la ciudad, creando inversión y riqueza en esa zona y estimulando la actividad comercial y turística durante todo el año mediante edificaciones preparadas para hacer frente a las inclemencias del tiempo”.
Con esta premisa, la remodelación de la dársena de La Marina se ideaba como un espacio fundamentalmente peatonal delimitado por dos obeliscos a los lados y con una columnata –galería formada por una sucesión de columnas– de dos alturas que albergaría locales comerciales y de ocio y que enmarcaría una plaza de agua. Este “ágora de aguas quietas” sería el centro de la nueva imagen de la zona.
La columnata taparía de forma intencionada la vista del muelle de pescadores, que en el proyecto se consideraba “de escaso valor estético” pese a ser la razón de ser de las galerías de La Marina –que, sin embargo, Bofill, por su parte, calificaba como “la herencia arquitectónica más cotizada” de A Coruña y a las que pretendía dar un “nuevo valor”–.
Junto a la columnata, un edificio que acogiese un museo y hasta el paseo de O Parrote, unas galerías comerciales cubiertas. Grandes almacenes a ras de agua que en su parte final, en la curva con el hotel Finisterre –que se derribaría– tendrían como techo el nivel superior del paseo de O Parrote; el cual actuaría como terraza.
Al nivel del mar, en el espacio que se ganaría con la desaparición de La Solana, se planteaba una zona al aire libre en forma de ‘U’ y un anfiteatro de tipología griega. Enfrente, un nuevo puerto pesquero y deportivo y un amarre para grandes trasatlánticos y cruceros.
El conjunto lo completaría una gran torre que representase la modernidad, en contraposición a la Torre de Hércules.
El 16 diciembre de 1986 se inauguró en el Kiosco Alfonso la exposición ‘La Ciudad y el Mar’, que recogía los principales aspectos del plan de reurbanización de La Marina. La relevancia del momento se reflejaba en la presencia en el acto del vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, el ministro de Obras Públicas, Javier Sáenz de Cosculluela y el ministro de Transportes, Abel Caballero, junto al alcalde coruñés, Francisco Vázquez. Este calificó la actuación urbanística como “algo único en Europa; la más importante que se realizará en A Coruña desde que sus habitantes decidieron hace doscientos años derribar las murallas y abrir la ciudad”. “Un proyecto digno de figurar entre las grandes realizaciones que se van a ejecutar a la sombra de la conmemoración del quinto centenario del Descubrimiento y de las Olimpiadas”, resumió el regidor.

Crítica feroz
El entusiasmo, sin embargo, estaba lejos de ser generalizado. Al salir la comitiva oficial después del acto, un joven coruñés, estudiante de Arquitectura, apareció desnudo en la puerta del Kiosco Alfonso al grito de “Guerra, no te fíes de Bofill”. Fue la primera de las numerosas manifestaciones de rechazo que se sucedieron. El proyecto no gustaba.
Los estudiantes de Arquitectura fueron los más activos en sus protestas. Apenas unos días después de la inauguración de la exposición del proyecto Bofill repartieron folletos en los que enumeraban sus críticas. Desde la desaparición de los amarres de la flota de bajura a la “penumbra” en la que se sumiría la Ciudad Vieja como consecuencia de la construcción de la torre de sesenta metros. Su siguiente paso fue una recogida de firmas popular en contra de la ejecución del proyecto. Lograron unas cinco mil.
El interés de los coruñeses en el futuro aspecto de la dársena era evidente. Más de 120.000 personas visitaron el Kiosco Alfonso para ver los planos y las maquetas del proyecto con el que se preveía cambiar la fachada marítima de la ciudad mientras crecían las voces que lo rechazaban. De la excalcaldesa Berta Tapia a Isaac Díaz Pardo.
El tiempo confirmó que uno de los más acertados en sus apreciaciones fue José González-Cebrián, profesor en la Escuela de Arquitectura y el arquitecto municipal que dirigió el primer Plan General en la Transición, que apuntó que los únicos puntos del plan Bofill que se podían rescatar como válidos eran la recuperación del suelo militar para zona verde y equipamientos, la ejecución de un parque en la zona de la Torre –el plan incluía bulevares desde O Parrote hasta la Maestranza y un parque celta con elementos escultóricos– y, especialmente, la construcción de un paseo de circunvalación litoral. El futuro Paseo Marítimo.
El germen del Paseo
Ya en los inicios del proyecto Francisco Vázquez había señalado que estaba prevista la creación de un gran paseo que pudiese ser “atalaya de la ciudad”, desde donde contemplar el litoral coruñés. El Taller de Arquitectura de Bofill lo concebía como un trazado desde el Hospital Militar hasta Riazor. En su primer tramo, hasta la calle Veramar, tendría una anchura de seis metros, varios miradores y transcurriría paralelo a una carretera que permitiría el estacionamiento en el lado de la costa “para poder disfrutar cómodamente de la vista incluso en mal tiempo”.
A partir de ahí, bajo la denominación de Paseo Marítimo Este, se proponía una vía ancha tipo bulevar que siguiese la carretera que lleva a la Torre de Hércules hasta As Lagoas. Aquí, en la zona de las viviendas sociales se ensancharía en forma de gran balcón sobre el mar y a lo largo del trazado, que seguiría la carretera, contaría con miradores, balcones y escaleras al borde del mar. Por último, frente a Ángel Rebollo y en el conjunto formado por el Matadero y el llamado entonces polígono de Zalaeta, se desarrollaría un gran jardín turístico que sirviese de acceso y complemento a la playa de Riazor.
La huella de Bofill en el puerto
La visión de Ricardo Bofill para la fachada marítima coruñesa se quedó en el papel, pero el arquitecto catalán acabó dejando su huella en el puerto. Casi veinte años después.
En colaboración con el reconocido arquitecto pontevedrés César Portela, diseñó ‘Alas de gaviota’, bautizado así por la imagen que sugieren las cubiertas curvas de los edificios de Palexco y Cantones Centro de Negocios que conforman el complejo.
Desde su inauguración en el año 2005, es el elemento arquitectónico que domina la zona del relleno, junto al muelle de Trasatlánticos. Donde, paradójicamente, no se habría construido de haber salido adelante el proyecto de remodelación de la dársena de La Marina de 1986.















