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A Coruña

Arturo Franco Taboada | “La Casa Museo de María Pita es una pieza indispensable para la ciudad aunque inacabada”

Desde María Pita a Santa Margarita, pasando por San Pablo o la plaza de Pontevedra, este arquitecto ha vivido en varios rincones de una ciudad que considera mucho más sociable que otras

Doda Vázquez
29/03/2026 03:15
Arturo Franco Taboada, en la Casa Museo de María Pita
Arturo Franco Taboada, en la Casa Museo de María Pita
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Arturo Franco Taboada (A Coruña, 1945) tiene varias vidas en una. Las que vive como arquitecto, profesor, escritor o dibujante porque a todas ellas se dedica y todas las practica con éxito. De María Pita a Santa Margarita, ha vivido en varias zonas de una ciudad que valora mucho y a la que cambiaría su faceta arboricida y el ruido.

¿Cuál es su primer recuerdo de la ciudad?

La plaza de María Pita. Pero cuando tenía árboles. Jugábamos a la pelota delante del ayuntamiento. Yo vivía en la calle de Marqués San Martín, donde la iglesia de San Jorge.

¿Dónde fue al colegio?

A los Salesianos. Pero no me lo recuerdes, porque...

¿No es un buen recuerdo?

Tenían la mano muy larga... y no sé si la falda muy corta también (risas), pero no es un grato recuerdo porque, como yo sacaba buenas notas,  no lo entendían.

¿Por qué, porque era rebelde pero al mismo tiempo buen estudiante?

Efectivamente. Había un tipo al que le llamábamos Shepilov, que eso, a la gente de mi generación, le sonará a Rusia, por lo menos, ¿no? Tenía una campanilla de bronce que, a una distancia de 50 metros, te daba en la cabeza con una puntería brutal.

Por entonces, ¿qué quería ser de mayor?

Pensé durante mucho tiempo en hacerme abogado, porque mi padre fue abogado. Luego pensé en hacerme cirujano. Todo menos cura y político (risas).

Y acaba como arquitecto...

Sí, hice la carrera en Madrid.

¿Por qué eligió esta profesión?

Quizá porque mi madre dibujaba y pintaba muy bien. Era directora de colegios escolares e iba a la academia de Lolita Díaz Baliño. Recuerdo que la íbamos a buscar y salía de vez en cuando con un cuadro que había hecho. Y dibujar es una pasión que siempre he tenido y que cultivo todavía.

Aparte de arquitecto, es profesor, escritor, dibujante... ¿En cuál de todas esas facetas está más cómodo?

Escribiendo. Mientras estaba ejerciendo la arquitectura, que fue durante muchísimos años, hice algunas cosas, unas mejor que otras, como todo el mundo. Pero no tenía tiempo para centrarme en escribir un ensayo, una novela, que es lo que hago desde que me jubilé.

¿Qué está escribiendo ahora?

Bueno, no te digo porque igual estamos dando ideas... A mí no me interesa presentarme a ningún concurso porque, en este país, que es así, tan especial, a lo mejor presentas una cosa y te dicen: “No entra en las líneas programáticas de nuestra editorial”. Pero luego te fusilan la idea. Lo mismo que presentarse a los concursos en la arquitectura. En cierto modo, llega a ser una ingenuidad.

¿Por qué?

Porque son muy caros. Habría que averiguar antes quién es el jurado para no trabajar gratis y tirar el dinero, como nos ha pasado a muchos profesionales. Luego te dan algunas explicaciones, de que no cumples el pliego de no sé qué, para justificar este tipo de cosas. Es un mundo muy incierto.

¿Por qué eligió la Casa Museo de María Pita para hacer la foto?

He hecho cosas en Lugo y Pontevedra que a lo mejor son más interesantes o con las que he conseguido más consideración y premios. Pero a este edificio le tengo un afecto especial. Me lo tomé con mucha ilusión, porque creo que es una pieza indispensable para la ciudad, pero se quedó medio inacabado, en mi opinión. El contenido es mejorable y creo que el Ayuntamiento podía hacer una pequeña inversión. Se va a invertir mucho en Riazor, pero yo le diría al Ayuntamiento, con todo el cariño, que los británicos de los barcos no van al fútbol pero sí irían a un museo que cuenta la historia de la ciudad con Inglaterra. Se podrían hacer grandes maquetas contando, por ejemplo, toda la historia del desastre de la Invencible, cuando vino Carlos V o su hijo Felipe II, que durante cuatro años fue rey de Inglaterra... Todo eso no está en el imaginario colectivo de la gente porque no se les ha contado.

¿Y de sus ‘hijos literarios’ con cuál se queda? ¿Con ‘El legado del obispo nigromante’, que fue finalista del Planeta?

Sí, en el año 93. Esa era mi primera novela. Tuve la suerte que me la leyó Torrente Ballester, con el que tenía amistad. Recuerdo que decía siempre de tomar un ‘whisquito’ porque decía que era vasodilatador (risas). Era un hombre muy entrañable. Me hizo matizaciones y alguna la recojo en la contraportada. Esa fue la primera pero luego escribí otras. Y ahora sigo escribiendo novela, es lo que más me interesa.

Coloca su primer recuerdo en María Pita pero ¿por qué barrios se ha movido?

He vivido en varias zonas de la ciudad. Viví al lado de María Pita hasta los seis años. Luego nos fuimos a Santa Margarita. Hoy es un parque, pero antes era un monte, bastante tenebrosillo, porque ahí ocurrían cosas, incluso bastante innombrables... Ahí recuerdo mi primera pandilla y esa vida de barrio, que me enseñó a entender la vida de otra manera, digamos, menos urbana, más arraigada. Luego termine viviendo en la zona de San Pablo. Allí tuve el estudio bastantes años y ahora estoy viviendo en la plaza de Pontevedra.

¿Qué es lo que más le gusta de esta ciudad?

Bastantes cosas: el mar, sus paseos, que es una ciudad llana y se anda fácilmente... Y que casi siempre ves a alguna persona para saludarla y socializar. Esta ciudad ha creado una manera de vivir muy especial, donde la gente es mucho más sociable. Y, como tiene mar por los dos lados, parece un barco, como decía Wenceslao.

Y algo que no le guste tanto...

Por ejemplo, esta ciudad parece bastante arboricida. No sé qué ocurre con los árboles: los plantan, se secan, tienen que poner otros y así sucesivamente. Parece que están diseñados con obsolescencia programada. Si esta es una tierra llena de vegetación... No le echo la culpa a ninguna institución, pero me sorprende. Y otro de los defectos que sufro es el ruido. Este tipo de cosas tiene fácil arreglo y aumentan muchísimo la calidad de vida.

Si tuviera una máquina del tiempo, ¿a qué momento de la ciudad iría?

Al presente. Ni el pasado, ni el futuro existen; uno ya fue y el otro no sabe si será. El presente es lo que hay que vivir lo mejor que puedas.

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