
De vez en cuando, vuelvo al Manhattan para certificar que, en medio del ruido y la furia de los tiempos, los pilares de la Tierra permanecen inmutables.
—¿Qué desea el caballero?
Debe de ser el último rincón de Coruña donde los camareros lucen pajarita y al cliente lo llaman caballero. Se agradece. Uno no se ha dedicado a acumular años y lecturas, a perder pelo y ganar cicatrices, para que lo traten como si estuviese a las tres de la mañana en la cola de la Pelícano.
Lo de la caballería me recuerda dos anécdotas gloriosas. La primera sucede en El bolero de Raquel. Va a empezar una partida de cartas y el bueno de Cantinflas se interesa por las reglas:
—¿Jugamos como caballeros… o como lo que somos?
La segunda se atribuye a Valle-Inclán. Uno de los asistentes a la tertulia del café pregunta al escritor por el cuarto de baño, a lo que don Ramón responde de un tajo:
—Al fondo verá usted una puerta con un cartel que reza “caballeros”. No haga caso y entre.
En la cafetería de la plaza de Pontevedra, donde los camareros todavía lucen pajarita, nos reencontramos con los fantasmas de una Coruña ochentera e imperecedera
De niños, cuando íbamos con la familia al Manhattan a tomar el aperitivo del domingo, también entrábamos en el baño sin hacer mucho caso al cartel de la puerta. Entonces estaba en el otro extremo de la plaza de Pontevedra, que era una explanada de cemento espantosa. En una de las incontables reformas que padeció este espacio, de paso que excavaban un aparcamiento subterráneo, se llevaron la cafetería al cruce donde está hoy en día.
En aquel Manhattan ochentero paraba mucho don Vicente Vázquez Garza, que era un jubilado de Fenosa al que todo el mundo llamaba El Perchas. En aquella Coruña de 1980 la mitad de la ciudad eran jubilados de Fenosa y la otra mitad eran hosteleros que vivían de mantenerlos hidratados.
El Perchas lucía unos modelos arriesgados, que entonces no entendíamos, pero que anticipaban varios años los trajes que vimos luego en Miami Vice. Las americanas de colores imposibles, que nos parecieron luego muy modernas cuando se las vimos puestas a Don Johnson al volante de su Testarossa, eran las mismas que vestía El Perchas. Pero lo de acertar antes que nadie es una fatalidad como otra cualquiera.
Cuando murió El Perchas, me tocó escribir su obituario. La necrológica se tituló “Vivió para que lo mirasen” y en ella traté de hacer justicia a aquel dandi, que fumaba pitillos rubios con una boquilla larguísima, y al que yo espiaba de reojo mientras echaba una partida a los marcianitos (a 25 pesetas la jugada).
En el local todavía hoy se ven señoras con abrigo de pieles, que hacen una parada para reponer fuerzas de regreso de la misa de Santa Lucía. El abrigo de pieles de las feligresas es eterno como el mantel rosa de las mesas del Manhattan.
Además de las martas cibelinas y el paño rosa, otro fijo en el paisaje perpetuo del Manhattan es el arquitecto Arturo Franco Taboada. Arturo es ese caballero al que se refieren los camareros cuando se dirigen a la clientela. Da igual la hora o el día. Franco Taboada siempre está y siempre saluda con modales exquisitos.
También era pura elegancia y buena educación Gonzalo Canedo, el añorado editor de Libros del Silencio. Cuando yo iba a debutar en esto de la literatura, Gonzalo me iba a publicar un texto y, cada vez que venía de Barcelona a Coruña, le gustaba quedar en el Manhattan para hacer planes.
Como Sir Tim O’Theo, creo que los fantasmas son parte de la familia. No hay que tenerles miedo, sino darles conversación. Así que una de las razones más importantes para volver al Manhattan de tiempo en tiempo es reencontrarme con mis espectros favoritos. Cuando veo a El Perchas, lo saludo como si acabase de malgastar otras 25 pesetas para estrellarme contra el Game Over de Space invaders. A don Vicente le hace muy feliz que lo reconozca y se esfuma, entre los dorados y los espejos, con una sonrisa. De vez en cuando, le gusta volver del más allá para sentarse en su mesa del Manhattan y comprobar si todavía lo seguimos mirando.











