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Varios pasajeros del AVE de Madrid llegan a la estación de A Coruña
Varios pasajeros del AVE de Madrid llegan a la estación de A Coruña
Javier Alborés
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Este miércoles, al poco de que este texto vea la luz en la web, me subiré en San Cristóbal al tren de Madrid. He escrito San Cristóbal y, como nunca miro atrás cuando escribo —porque al columnista que mira atrás le puede pasar como a la mujer de Lot y acabar convertido en estatua de sal—, luego me he dado cuenta de que esta estación provisional, plantada un poco más allá de la de siempre, en realidad no tiene nombre.

Aunque sobre eso ya hablaré otro día porque sigo fiel a Umbral —el maestro Yoda de los articulistas—, que dejó sentado que no se deben mezclar dos temas en una misma columna. Primero porque saltar de argumento en argumento avillana el estilo y segundo, y quizás más trascendente, porque no va uno tan sobrado de ideas como para andar gastándolas de dos en dos.

Subamos de nuevo al convoy. Hoy se falla en el Hotel Palace de Madrid el Premio Internacional Afundación de Periodismo Julio Camba —el Camba, a secas, para sus amigos— y las buenas gentes de la organización tienen la elegancia de invitar a la gala de entrega a quienes fuimos galardonados en anteriores ediciones. A la final de este año han llegado Laura Ferrero, Fernando Iwasaki y Noemí Sabugal. Y allí estaremos este mediodía los antiguos alumnos para aplaudir bien fuerte a los tres. Gane quien gane, han alcanzado el último sprint del más prestigioso premio del periodismo literario en español y eso son palabras mayores.

Al revisar los horarios de mi billete de AVE para asistir a la gala del Palace, no he podido reprimir una sonrisa al recordar un artículo titulado El delicioso tren de Madrid a La Coruña, que Julio Camba publicó en 1918 en el diario El Sol. Si pensamos en los tiempos eternos de aquella especie de diligencia a vapor, a don Julio le resultaría

fascinante la sola idea de ir y volver entre Madrid y Galicia en el mismo día.

“Al abandonar en La Coruña el tren que me trajo desde la Villa y Corte, yo no recordaba exactamente cuándo lo había tomado; pero tenía la sensación de haberlo hecho en una época muy remota. Salí afeitado y llegué con unas barbas que, hasta que pude vérmelas en el espejo, temí que fuesen blancas”, apuntaba Camba entonces.

Según su relato, en el trayecto de Madrid a Galicia uno sabía cuándo salía, pero nunca cuándo llegaba. Había una hora oficial, que era la que repetía impasible el revisor cuando preguntaban los pasajeros, pero era una mera entelequia: “La hora oficial es una hora puramente teórica. No sirve más que para viajes imaginarios”.

En 1918, don Julio ya había sido corresponsal en Constantinopla, París, Londres y Berlín. Había recorrido medio mundo a lomos de sus neuronas y sus crónicas. Pero el periplo más intrépido de su biografía era ese heroico itinerario entre Galicia y la capital. “Los periódicos de La Coruña hablaron de mí como de un gran viajero; pero yo creo que cualquiera que llegue a La Coruña procedente de Madrid es también un gran viajero. Algo he viajado yo, indudablemente, durante mi vida; pero nunca he viajado tanto como de Madrid a La Coruña”, cuenta en su estampa ferroviaria.

Al releer esta deliciosa pieza, en la que don Julio deja claro que los ferrocarriles españoles son más españoles que ferrocarriles, se me enciende en el cerebro una pregunta: ¿ganaría Camba el Camba? El interrogante no es trivial. Me temo que si Cervantes viviese en nuestra época ningún ministro de Cultura levantaría el teléfono para darle el Cervantes.

Pero si este mediodía don Julio se presentase de nuevo bajo la rotonda del Hotel Palace —en cuya habitación 383 pasó sus últimos días— con una columna bajo el brazo, no tengo dudas de que ganaría sin despeinarse el galardón que lleva su nombre. Y creo que eso es justo lo más importante y lo más hermoso que se puede decir del Premio Camba.

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