La época del año en que el Sol besa la piedra fundacional de la Torre
La inscripción donde ‘firma’ el arquitecto que construyó el faro, protegida en una caseta a los pies del monumento, recibe mucha más luz en las fechas que coinciden con el solsticio de invierno

Impresionados por la altura y la belleza de la Torre de Hércules, pocos son los visitantes que se fijan en una pequeña construcción que tiene a un lado el faro romano. Está colocada a la izquierda, si miramos hacia la puerta de entrada, y guarda en su interior la inscripción que avala la construcción romana del monumento.
En el texto, incrustado en esa piedra de leucogranito que forma el suelo de la península de la Torre, se explica quién fue el autor del monumento. Una especie de firma de autor, en donde se especifica cuál es el nombre del arquitecto, Gayo Sevio Lupo. La frase reza: “Consagrado a Marte Augusto. Gayo Sevio Lupo, arquitecto de Aeminium (Coimbra) Lusitano en cumplimiento de una promesa”.
Penumbra
Habitualmente, algo que tampoco ayuda demasiado a que los turistas se paren, esa caseta no recibe de pleno los rayos solares, de forma que el interior suele estar en penumbra. Pero no sucede así durante todo el año. En los días próximos al solsticio de invierno, el interior de la cámara está iluminado, como si se tratara de un lugar mágico, de esos que descubre Indiana Jones con algún artilugio mágico en una de sus películas.
Suso Martínez, guía turístico e historiador, explica que, hace dos mil años, la piedra estaba al aire libre pero que, con la reforma de la Torre, en el siglo XIX, se busca también proteger la inscripción y se encierra en ese habitáculo, lo que la deja sumida en sombras la mayor parte del tiempo. “La piedra está en la oscuridad todo el año –comenta– pero, en esta época, el sol sale más hacia el sureste así que, los días que no está nublado, entra un rayo y la ilumina”.
Sobre la piedra había una estatua de un coloso, hecha de plomo bañado en oro, cuyos restos pueden verse en el castillo de San Antón
La orientación siempre ha sido un detalle importante en muchos monumentos. En ese sentido, Martínez evoca lo que sucede, por ejemplo, en Newgrange, en Irlanda, un monumento de hace casi cuatro mil años que está construido de tal manera que, el día del solsticio de invierno, el Sol entra en la cámara e ilumina el interior durante diecisiete minutos. “Es algo bonito –confiesa el guía–, que justo en este momento le dé el sol a esa piedra que está a los pies de la Torre”. Solsticio significa, literalmente, “sol quieto” o “sol parado” y se refiere a que el astro, en su recorrido anual, ha comenzado de nuevo ese viaje que renueva la vida, cuando los días empiezan a hacerse más largos y la luz va ganando terreno a la oscuridad.
“Es ese Sol Invictus, el Sol Invencible, que es la deidad romana que se celebraba el 25 de diciembre, coincidiendo con el solsticio de invierno”, aclara Suso Martínez. Además de equipararse a ese momento de renovación, en la que el día empieza a ganar terreno sobre la noche, también se identificaba con las victorias militares debido a ese retorno triunfal del astro rey. Ese culto lo estableció el emperador Aureliano en el año 274 para intentar dar a todo el territorio una deidad que agrupara diferentes creencias, ya que ese culto al sol era algo extendido en muchas religiones. La Iglesia lo adoptaría tiempo después transformando la fiesta en una celebración por el nacimiento de Jesucristo.
Estatua
Estos días en que el interior de esa pequeña construcción que rodea la inscripción de Lupo se ve con mayor claridad, es un buen momento para prestarle atención a este lugar.
“La piedra tenía arriba un agujerito para colocar la estatua de un coloso”, explica el guía turístico. Lo que ya no está tan claro es a quién estaba dedicada exactamente esa imagen aunque, como afirma Martínez, “lo más lógico es pensar que esa zona era un santuario bajo la advocación de Marte Augusto”, con el emperador romano divinizado como Marte. El arqueólogo “José María Bello dijo que era para el último flavio, Domiciano”, aunque en lo que no parece haber demasiadas dudas es en que el protagonista era un emperador.
Además de que estaría dedicada al máximo líder del imperio, muy poco es lo que conocemos sobre cómo era aquella estatua. Lo que sí sabemos es que no duró demasiado. “Terminó rota en mil pedazos, como pasaba siempre que llegaba un período que quería borrar las huellas del anterior, en esa damnatio memoriae de los romanos –literalmente, condena de la memoria– con el que se cargaban cualquier recuerdo de alguien que cayera en desgracia y que sufrieron varios emperadores”. No es algo exclusivo de los romanos, sino que también pasó, por ejemplo, con la época de Amarna en el antiguo Egipto o en España cuando llegó el absolutismo con Fernando VII.
Hasta nuestros días han llegado, sin embargo, algunos trozos de aquella imagen. Por eso sabemos, entre otras cosas, que estaba hecha de plomo bañado en oro. “A lo largo de varias excavaciones, aparecieron varios pedazos que ahora pueden verse en el museo arqueológico del castillo de San Antón”, explica Suso Martínez.









