
Cada invierno, desde hace ya muchos años, las excavadoras construyen en Riazor una duna artificial con la que se intentan frenar los embates del Atlántico, que entra en la ensenada a caño libre, sin diques ni barreras que amortigüen su inmensidad. La colina va y viene con los temporales. Aparece y desaparece del horizonte. Y cada vez que se vuelve a alzar, con su pared de grises invernales, nos regala una perspectiva diferente de la ciudad.
Coruña se atrinchera tras esa masa ocre mientras, al otro lado, se escucha bramar al monstruo oceánico. No hay como caminar por Zalaeta hacia el Matadero un día de tormenta para saber de qué hablo. Mucho antes de llegar a la playa y de otear las olas enredándose unas con otras en las alturas, cuando todavía estamos pasando entre el instituto y la esquina de Miss Maruja, ya se escucha el rugido cavernoso del mar. Sólo al posar luego la vista sobre el oleaje desatado cobra sentido esa sinfonía de truenos y mugidos.
No hay mayor espectáculo sobre la Tierra que un océano furioso. Los científicos miden esa cólera con la escala de Douglas, que es la fila india de nombres que ponen al grado de cabreo de las aguas. Me fascina esa letanía de mares que van medrando en indignación y violencia: mar lisa, mar rizada, marejadilla, marejada, fuerte marejada, mar gruesa, mar muy gruesa, mar arbolada, mar montañosa y mar enorme.
Al recitar ese crescendo de la ira marítima me acuerdo de los titanes del Gran Sol, esos superhéroes del Muro coruñés a los que todavía debemos su gran epopeya. Aquellos padres y abuelos que se pasaban media vida en las mareas y luego desembarcaban en el muelle como si volviesen de teclear en la oficina no es que fuesen de otra pasta, es que eran de otro mundo.
Pero como luego en sus días libres los veíamos tan normales paseando por el puerto, mientras observaban los afanes de las grúas y los paquebotes, pensábamos que eran unos señores corrientes y molientes. Al dejar su barco, a esos colosos del Gran Sol les pasaba un poco como aquello que cantaban Sabina y Urquijo en Ojos de gata: “Cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario”. Al descender por la escalerilla en San Diego, estos marineros se ponían sus gafas de Clark Kent y se volvían humanos.
El montículo de arena de Riazor es el salvavidas que se abrocha la ciudad a la cintura para protegerse de esos oleajes soliviantados que llegan del Gran Sol y del Atlántico Norte. Es como aquel muro de Juego de tronos, que mantenía a los vivos a salvo de los bárbaros y del reino de los muertos. Como aquella pared de hielo, la barra de Riazor no siempre es infranqueable. A veces se ve desbordada por las crestas de espuma y se desmorona, pero siempre resucita de entre sus ruinas. Hasta que, allá por la primavera, decide esconderse bajo la falda del mar y rescatamos la playa de su secuestro invernal.
En los buenos tiempos, paseaba con mis hijas por lo alto de la duna camino de casa de la abuela. Me gustaba pensar que Peruleiro estaba justo al final de ese sendero de arena, aunque no fuese exactamente así porque en medio había nada menos que un estadio (y siete títulos).
Cuando ahora vuelvo a caminar por Riazor, para poner los ojos a remojo en el mar de mi infancia, veo cómo despunta la ciudad por encima de esta loma. Esa Coruña que emerge sobre el terraplén me recuerda a mi cuadro favorito de Goya. Se trata del Perro semihundido, una pintura en la que entrevemos la cabeza de un can que se asoma sobre un talud de tierra. Claro que esa urbe semihundida en la arena podría ser también un óleo de Dalí. Aquel en el que una niña levanta la piel del agua para ver cómo duerme Coruña a la sombra del mar.























