El tesoro de la iglesia de San Nicolás
Muchas familias coruñesas donaron sus joyas para la coronación de la Virgen de los Dolores. Las que no fueron fundidas para hacer la corona permanecen a buen recaudo en la caja fuerte de un banco

La iglesia de San Nicolás es una de las más antiguas de A Coruña. De origen medieval aunque con una reedificación casi absoluta en el siglo XVIII, es uno de los tesoros del patrimonio arquitectónico de la ciudad. Lo que no muchos saben es que, además, también es el origen de otro tesoro bastante más material, el que se reunió para la coronación de la Virgen de los Dolores, en el año 1929.
La idea de la coronación canónica de la Virgen existía en la congregación desde hacía años pero significaba un gran esfuerzo de tiempo y dinero por lo que siempre se dejaba a un lado. Sin embargo, en 1926 comienza a plantearse como una realidad.
El oro de las joyas regaladas se fundió en los talleres de Wonenburger y se llevó en barras a Madrid para que el joyero Trust pudiera trabajar
“Hubo un coadjutor, don José Gallego, que se debió de volcar de tal forma que movió a todas las autoridades coruñesas –explica el actual presidente de la Congregación de la Virgen de los Dolores, Vicente Iglesias Martelo– y a la diócesis, porque tuvo la mala suerte que falleció el arzobispo y tuvo que lidiar no con uno sino con dos arzobispos, movió gente influyente y coruñeses que vivían en Madrid y llegó hasta la monarquía”.
De hecho, consiguió que los reyes, aprovechando que estaban de viaje en Galicia, visitasen la congregación en 1927 y asistiesen a misa en la capilla.
Una gran colecta
La colecta de alhajas y dinero comenzó el 10 de octubre de 1926. Para guardar las joyas se alquiló una pequeña caja fuerte, aunque luego hubo que ampliar el tamaño, en el Banco Pastor, además de abrir una cuenta corriente en esta entidad y otra en el banco de Narciso Obanza.
De todas partes se recibieron donativos, incluso de América, puesto que la comisión organizadora difundió el mensaje también más allá del océano Atlántico. En el archivo de la cofradía hay un departamento dedicado exclusivamente a guardar todos los libros y periódicos relacionados con la coronación, con todo cuanto se hizo y explicado hasta el más mínimo detalle.
Entre quienes figuraban en el comité y prestaron su ayuda de una u otra manera figuran nombres conocidos como el de Millán Astray, Pedro Barrié de la Maza o María Luisa Durán Marquina, además del alcalde y una decena de condes, marqueses e incluso un vizconde. La familia real también aportó a la causa. La reina donó un broche de piedras preciosas que se colocó dentro del nuevo corazón que se hizo a la imagen. La infanta Isabel dio una sortija de zafiros y brillantes, que también se colocó en el corazón, y la reina María Cristina aportó una pulsera de oro con chispitas de diamantes que se fundió.
El proyecto de la corona se sacó a concurso y, en diciembre de 1928, un tribunal compuesto por artistas de la ciudad eligió la corona definitiva entre dieciséis propuestas que se expusieron ante el público para que todos los fieles pudieran verlas. El diseño ganador fue el que presentó el joyero de Madrid Trust.

El oro de las joyas regaladas se fundió en los talleres de Wonenburger de la ciudad y se llevó en barras a Madrid para que el artesano que ganó el concurso pudiera utilizarlo. Costó, en total, 70.000 pesetas y, como no llegaba lo recaudado, se organizó un partido de fútbol entre la selección del centro y la gallega. Aunque el coste de la corona estaba fijado en esas 70.000 pesetas, su valor comercial ascendía a 135.000. Considerando la inflación y los precios actuales, podrían ser hoy en día unos 370.000 euros aunque el valor inmaterial y afectivo es mucho mayor.
La coronación se celebró el 18 de agosto de 1929, con el infante don Jaime como invitado especial. Durante los días anteriores, la fachada de San Nicolás se iluminó con bombillas eléctricas, lo que llamó la atención de todos los coruñeses.
Otras aportaciones
Además, en el joyero de la Virgen hay catalogada una diadema de oro, plata, una esmeralda y unos 700 brillantes, que se valoró en su época en 60.000 pesetas.
La diadema fue donada en 1941 por la condesa viuda de Torre de Cela, quien la ofreció para que se le pusiera a la Virgen, como collar, en todas las fiestas, en memoria de su marido y su hijo, que murieron asesinados por el bando republicano durante la Guerra Civil. Y añadió una condición: prohibió que se vendiera. La historia de la diadema había sido rocambolesca, puesto que también había sido robada de un banco de Madrid. Los cacos la enterraron en un polvorín de Cartagena pero uno de los soldados republicanos que participó en el robo, antes de morir, confesó dónde estaban las joyas, que fueron recuperadas y devueltas a su propietaria, que las donó a la congregación.
Algunos pensaremos que hay que reservarlas y que hay que protegerlas, porque es un legado histórico, pero otros podríamos decir que vender un par de pendientes podría dar de comer durante dos meses a una familia”
Vicente Iglesias Martelo asegura que, ante momentos de apuro, incluso de congregantes necesitados, a veces se enfrenta a un dilema: “¿Qué hacen esas joyas guardadas en una caja?”, se pregunta en esos momentos.
“Lo cierto es que ese dilema nunca lo podremos solucionar –explica– porque algunos pensaremos que hay que reservarlas y que hay que protegerlas, porque es un legado histórico, pero otros podríamos decir que vender un par de pendientes podría dar de comer durante dos meses a una familia”.
De momento, el tesoro de San Nicolás se mantiene, pero no en la iglesia, sino en la caja de seguridad de una entidad bancaria, que lo tiene a buen recaudo.










