Enrique Ramil, aresano de OT 2011: "Me reencontré con la música cantando en las calles de Londres"
Tras su paso por 'Operación Triunfo', Enrique repasa alguno de los momentos vividos en el talent show y nos sitúa en su carrera musical en la actualidad

Este lunes se cerró una nueva edición de 'Operación Triunfo' y, como cada año, volvió a recordarnos que este programa no solo lanza carreras, sino que también marca vidas. Esta edición estuvo muy presente en las casas de los coruñeses, pues Tinho, el único gallego de este año, se mantuvo hasta la final, quedando en tercera posición.
Hablamos con Enrique Ramil, cantante aresano y concursante de OT 2011, para mirar atrás sin idealizar, entender cómo aquel paso por la Academia cambió su camino y descubrir en qué punto vital y artístico se encuentra ahora.
¿Qué Enrique entró en la Academia y cuál salió? Porque más allá de los cambios físicos —que en esta edición también se han visto—, hay una movida mental importante estando ahí dentro.
Sí. Bueno, en mi caso el cambio físico fue muy concreto. No me obligaron a hacer dieta con una pistola, pero sí que me sacaban vídeos comiendo y luego me decían: “Ay, te hemos traído una nutricionista”.
Además, yo entré recién operado de una peritonitis. Tenía que tener muchísimo cuidado con el ejercicio y con la alimentación. Venía de pasar casi un mes prácticamente sin comer, porque estaba recién operado. Fue una cosa bastante loca.
Volviendo a la pregunta —que me voy por las ramas—, entré con muchísimas ganas. Era ya mi tercer talent show: primero 'La batalla de los coros', luego 'Tú sí que vales' y después 'Operación Triunfo'. Entré con ilusión y salí muy decepcionado con lo que se mostró.
No sé si llegaste a verlo, pero a mí me echaron del programa… aunque me quedé dentro. Dejé de ser concursante, pero me permitieron quedarme. No podía ganar, pero sabía que iba a llegar hasta la final porque me dieron esa “bendición”. Cuando me iban a expulsar, Nina dijo que yo no me iba a ningún sitio, que me quedaba, pero fuera de concurso.
Salí decepcionado por muchas cosas. Hoy en día, el tipo de comentarios que me hacía el jurado no los podría decir nadie: ni un jurado, ni un concursante, ni un compañero. A mí me hablaban de mi físico, de mi pluma… pero nunca de mi voz, de mi música o de cómo cantaba. Y yo pensaba: en los castings yo estaba igual de gordo y tenía la misma pluma. Si me metes aquí para cambiar eso, ¿para qué me metes?
Àngel Llàcer me decía que no fuera tan evidente, que escondiera la pluma… ¡a mí! Y además me lo decían personas que también tenían pluma. Lo viví como una especie de bullying, cuando todavía ni siquiera se hablaba de bullying, y además a nivel mediático, desde el jurado, que son líderes de opinión. Por la calle me paraban señoras para decirme: “Todo moi ben, pero pérdeche a boca”.
¿En qué momento di yo permiso para que se hablara de mi físico o de un posible trastorno alimenticio? Se abrió una veda que yo no sabía que se iba a abrir. Lo asumí, pero tenía 25 años y me afectó mucho más de lo que me afectaría ahora.
Mirándolo ahora con perspectiva, ¿qué dirías que fue lo mejor de la experiencia?
Lo mejor fue todo lo que vino después: la gente. Conservo amistad con la mayoría. Algunos son grandes amigos, otros compañeros, como cuando vuelves de un campamento de verano y echas más de menos a unos que a otros.
Y luego está el aprendizaje. Se ve mucho el reality, pero eso es un centro de alto rendimiento. Más allá de las discusiones o de los vídeos absurdos, hay un curro diario brutal. Hacíamos dos horas y media de pilates al día, estudiábamos historia de la música, baile, interpretación… Para cada canción teníamos trabajo diario con profesores de canto, interpretación y baile.
Vivías 24/7 con tu canción. Dormías soñando con ella. Se ve una parte, pero hay muchísimo más detrás. Dependiendo de la cadena, se mostraba más reality que talent, pero realmente era un talent show.
En vuestro caso, además, hubo el tema de la cancelación de OT 2011. ¿Cómo lo vivisteis?
Cuando empezaron a cambiarnos de día, ya me olí algo raro. Dos semanas después nos dijeron que se cancelaba. Nos sentaron a todos y fue un jarro de agua fría.
La sensación fue de abandono. Mientras interesáramos, todo bien; cuando dejó de interesar, se acabó. Y eso duele, aunque sepas que no depende de ti.
Al salir, ¿sentiste presión por encajar en lo que la industria esperaba de ti?
No. Yo ya tenía mi disco medio grabado cuando salí. Sabía que la industria no me iba a hacer caso, y menos siendo una edición cancelada. En aquel momento, ser “triunfito” ya era un estigma.
Saqué el disco, grabé un dúo con Ainhoa Cantalapiedra, estuve un par de años trabajando, luego fui profesor de canto… hasta que me saturé y me fui a Londres a cantar en la calle. Estuve dos años allí.
Y fue lo mejor que pude hacer. Ahí me reencontré con la música. Me di cuenta de que lo que me hacía feliz era hacer feliz a la gente, más allá de la industria o los realities.
En estos años has pasado por muchos escenarios. El año pasado ganaste Viña del Mar, en 2024.
Sí. Y es verdad que muchas veces los artistas españoles tenemos que salir fuera para que se nos valore. Yo me fui a México porque la mitad de mis seguidores estaban allí. Luego vinieron Chile, Perú, Argentina, Colombia…
Ahora canto mis canciones, la gente se las sabe, y eso me sigue alucinando. No soy profeta en mi tierra, pero vivo de la música. Y el público de fuera me trata increíblemente bien.
Comparando tu edición con las actuales, ¿qué cambios ves?
Mi edición fue la primera con redes sociales, pero Instagram ni siquiera estaba generalizado. WhatsApp empezó a existir mientras yo estaba dentro, y cuando salí no entendía qué era eso de mandar mensajes gratis.
Y luego está lo más fuerte: las cosas que me dijeron a mí hoy estarían canceladísimas. Comentarios sobre el físico, sobre comer… A mí Pilar Rubio me llegó a decir, estando nominado, que no me había enterado de lo que pasaba en la Academia porque estaba todo el día comiendo.
Eso hoy sería impensable. Y nadie me dio herramientas para gestionar eso. Entrabas, te decían cosas —algunas muy bestias— y volvías a la casa sin saber si tenían razón o no, porque ellos eran quienes “sentaban cátedra”.
¿En qué punto vital y artístico estás ahora?
En el mejor momento de mi vida, aunque suene a cliché. He sacado un disco, 'Soledad', que está funcionando muy bien, acabo de volver de gira por México, ahora estoy descansando en Galicia.
Mis estadísticas siguen fuertes en México, Chile, Argentina, Perú, Estados Unidos… España suele ser el quinto o sexto país. A veces me planteo volver a intentarlo aquí, porque me encantaría no tener que coger tantos aviones para dar conciertos.
Tengo proyectos: un dúo pendiente con Pancho Céspedes, he sacado otro con Diana Navarro, con María Villalón, escribí una canción con Erika Ender, que salió el pasado mes de noviembre… Sigo trabajando y cumpliendo objetivos.
La espinita sigue siendo España, pero estoy orgulloso del camino.
























