Las huellas de la Guerra Civil que todavía son patentes en La Marina
Dos piedras de diferente color en la casa de Paredes, justo en la esquina con el callejón del Agar, señalan el punto donde impactó uno de los proyectiles que los rebeldes tiraban al Gobierno Civil

Hay sitios por los que pasamos a diario sin reparar apenas en que fueron escenarios de acontecimientos importantes en otra época. Las huellas de lo que sucedió están a nuestro alcance y, a veces, solo hay que levantar la vista para descubrirlo.
Es el caso de la avenida de La Marina, una de las calles más pisadas por los coruñeses, especialmente en días festivos y vacaciones, cuando hay tiempo para pasear. Una persona observadora habrá reparado en que, en el edificio de la esquina con la calle del Agar hay una zona en la que la piedra es de diferente color. La respuesta no es una mala derrama ni un contratista daltónico sino un episodio que sucedió durante la Guerra Civil.
Gobierno Civil
Así lo cuenta Francisco Martín Ossorio en el libro que presentó la pasada semana, ‘A Coruña 1936. El año en que nació el silencio’, en el que intenta dar respuestas a las cosas que sucedieron justo al inicio de la contienda. “En la casa de Paredes, en el Agar –explica– hay dos trozos de piedra de diferente color y fue un bombazo que pegaron durante la Guerra Civil”.
El relato de Martín Ossorio, datado en 1936, recuerda aquellos primeros momentos en los que se declara el Estado de Guerra, se retiran los tranvías y se convoca la huelga general. La mayor resistencia tuvo lugar en el Gobierno Civil, ya incomunicado con Madrid.
Cabo Santiago Gómez
Los sublevados colocaron una batería en el Parrote y empezaron a abrir fuego hacia el edificio del Gobierno. En ese momento es precisamente cuando muere el jovencísimo cabo Santiago Gómez –quien hasta hace pocos años, daba nombre a la calle que, tras la aplicación de la Ley de Memoria Histórica, ahora tiene Sinfónica de Galicia–, debido a la respuesta a los disparos de los insurgentes.
Mientras tanto, en el interior del edificio el 20 de julio se recibía un ultimátum para que se rindieran en el plazo de un cuarto de hora. El mensaje lo trasladó, según cuenta Martín Ossorio, el capitán Herminio Vicente Barrios al comandante Quesada, que estaba defendiendo el edificio desde dentro. El gobernador civil, Francisco Pérez Carballo, rechazó la oferta.

Teatro Rosalía
Los disparos de la batería que estaba colocada en O Parrote destruyeron la radio del Gobierno, mientras que algunas granadas hicieron explosión en los sótanos y en el escenario del Rosalía, en cuyo edificio estaban entonces tanto el Gobierno Civil como la Diputación, además del propio teatro.
Solamente lograron resistir durante apenas unas horas. En total, fueron nueve los cañonazos que enviaron los rebeldes hacia el inmueble de La Marina. A las seis y media de la tarde, izaron la bandera blanca y quienes estaban en el interior del edificio se rindieron y fueron detenidos, con triste final tanto para Pérez Carballo como para su esposa, en avanzado estado de gestación, Juana Capdevielle.
Durante estas pocas horas que duró el asedio, los cañonazos intentaban dirigirse únicamente al edificio del teatro aunque la puntería de los rebeldes, recién iniciada la guerra, quizás no estaba todo lo fina que cabía esperar y por eso algún proyectil de los que se lanzaron impactó contra la casa vecina, separada del Rosalía solamente por el callejón del Agar.
Ese es el motivo por el que ahí permanecen para la historia esas dos piedras, mucho más blancas que las que se encuentran a su alrededor, y que marcan el recuerdo de un momento histórico.

























