Marisol Soengas | “No me gusta decir ‘todo va a ir bien’, ya me gustaría tener una varita mágica”
Científica y una de las investigadoras más reconocidas en el campo de la oncología, celebra ser Honoris Causa por la UDC, institución que le vio dar sus primeros pasos

Marisol Soengas (Agolada, 1968) es una de las científicas gallegas más reconocidas a nivel internacional en el campo de la oncología. Su investigación se centra en la lucha contra el cáncer de piel, en especial, del melanoma, uno de los más peligrosos por su rápida propagación. Sobre ello ahonda en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), donde es directora de grupo desde hace más de quince años. La investigadora recuerda sus primeros pasos en la UDC, institución que esta misma semana ha oficializado su nombramiento como doctora Honoris Causa.
¿Qué supone el reconocimiento de la UDC para usted?
En primer lugar, una sorpresa muy grande; y en segundo lugar, mucho orgullo. No deja de ser mi alma mater. Empecé mi carrera en Coruña, y en la Universidad cursé los tres primeros cursos de Biología. No sabía que cuando lo dejé en 1987 iba a volver con este reconocimiento.
¿Y A Coruña?
Yo soy de una aldea muy pequeña de Agolada, pero voy mucho a Coruña. Yo siempre lo digo, mi puesta de sol favorita es la que hay desde O Portiño. Uno de mis grandes placeres es hacerme el Paseo Marítimo desde O Portiño hasta el Cantón. Es algo que me llena de energía. Soy muy coruñesa, tengo la Torre de Hércules aquí en mi despacho.
¿Cómo nace su vocación científica?
Desde pequeña mi madre siempre decía que quería ser científica. No de animales ni de plantas, sino de laboratorio. De pequeña me regalaron el juego de Quimicefa y me parecía fascinante. Luego vi una película sobre Marie Curie y me impactó mucho. Decidí hacer Biología porque yo quería investigación, y, al no haber nadie en mi familia que fuese a la universidad, me pareció la vía más fácil para poder llegar a ese mundo.
La UDC fue su punto de partida.
Sí. Luego estuve en la Autónoma de Madrid pero, en cierto modo, me alegro de haber empezado en una universidad más pequeña, porque nos conocíamos todos. Había un ambiente de compañerismo que luego no me lo encontré en otros sitios. Enseguida me ofrecieron la oportunidad de participar en un laboratorio, que me pareció fantástico. No obstante, me di cuenta que si quería avanzar, igual tenía que cambiar de centro. Trasladé el expediente a Madrid, que fue donde hice cuarto y quinto de carrera.
¿Después de Madrid, emprende rumbo a Estados Unidos. ¿Por qué decide cruzar el charco?
Bueno, ahora sería algo diferente, es decir, me lo pensaría dos veces. En aquel momento Estados Unidos era un poco como La Meca. Ahí estás en un entorno con todos los primeros de las promociones. A mí no me asustaba, antes pensábamos un poco menos a futuro que ahora.
Primero Nueva York y después Michigan. ¿Qué aprendizaje se lleva de Estados Unidos más allá del académico?
Lo que aprendí es a presentar y a hacerme valer. El trabajo es importante que sea bueno, pero que también se cuente bien. Aprender a convencer, sobre todo, para la financiación. Una cosa que me sirvió mucho es que te tienen que conocer, que hay que estar conectado constantemente. Sobre todo siendo mujer, que es más complicado. Hay que llamar y hay que insistir. Si no lo haces bien, te llaman una vez y ya está.
En 2008 vuelve a España y desde ese año es directora del grupo de Melanoma del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO).
La decisión de volver a España no fue por ser España como tal. Yo estaba en un centro muy prestigioso en Michigan pero teníamos poco acceso a muestras de ratones que yo quería validar estudios. Mi marido también es científico y surgió la oportunidad de volver. El CNIO es uno de los mejores centros de Europa y en aquel momento estaba en plena fase expansiva. Me pareció el mejor sitio para volver. Además, la calidad de vida que tenemos en España es mucho mejor.
Investiga sobre melanoma, uno de los tipos de cáncer de piel más agresivos.
Sí, el melanoma es un tumor que se induce por radiaciones. Es el tumor con mayor número de alteraciones, lo que lo hace muy agresivo. Dentro de esta fase mía de buscar retos, el melanoma era un tumor en el que en aquel momento no había tratamientos y era un campo muy pequeño y en el que encajé muy bien. Es el ejemplo de cómo la ciencia ha cambiado la perspectiva de vida en los pacientes. Siempre le digo a la gente que a veces el riesgo de empezar en un tema difícil puede hacer que contribuyas a estudios que luego cambian la perspectiva.
Fue diagnosticada con un cáncer de mama hace un año y medio. Usted misma sabe que no hay que decir que todo va a salir bien.
Depende mucho. Es muy tentador que, si uno tiene cáncer, lo quieres animar. Eso me lo han dicho muchas veces. Solo se puede decir que todo va bien si sabes del tumor, sino, es mejor decir cómo te puedo ayudar o algo similar. Ni me gusta decir ‘todo va a ir bien’, ni ‘lucha contra el cáncer’. A mí ya me gustaría tener una varita mágica. Lo único que puedo hacer es no desanimarme y tratarme. Yo tengo prisa como científica, pero como paciente más.
¿Cómo le afectó en su carrera?
A mí me preocupaba mucho un diagnóstico de cáncer, ya que hay mucha gente que no cuenta que lo tiene porque le da miedo a perder el trabajo. Yo lo respeto pero, no contarlo porque puedes perderlo, es muy triste. Yo en ese momento decidí que tenía que contarlo, no para dar pena, sino para que, en cierto modo, pudiera dar visibilidad a un proceso.
Un tema muy recurrente en la lucha contra el cáncer es el tema de la financiación. ¿Le preocupa que haya ciertos tratamientos que no le lleguen al paciente dependiendo de la ciudad en la que se encuentre?
Claro. Me preocupa muchísimo. Me preocupa el diagnóstico, que no en todas las comunidades autónomas tienen los mismos marcadores. Pero también los retrasos en los cribados o en la información. Eso es terrible. Influye mucho el entorno. Hay muchos aspectos que no se conocen del paciente. Pasan por una fase psicológica muy complicada. El que vive en una ciudad grande, lo tiene más fácil. En mi caso, nunca me he sentido sola. Sí que puedo entender alguien que siente sola. La soledad de la camilla es muy dura. Yo nací en una aldea, tengo mis raíces de Galicia muy rurales. Hay muchas diferencias en dónde vives, no solo de eso, también de la ciudad. Supone mucha desigualdad y tenemos que intentar corregir ese aspecto.
A lo largo de su trayectoria también ha sido una firme defensora de la visibilidad de las mujeres en la ciencia. ¿Qué cambios observa desde que comenzó?
Es curioso porque como empecé en un laboratorio con Margarita Salas, que era una gran científica en España, en aquel momento nunca la vi quejarse por ser mujer. Ella era científica y ya está. Nunca sentí la más mínima discriminación. La diferencias las empecé a notar cuando empecé con mi propio laboratorio, ya desde el primer día, sufrí mucho paternalismo. Ahí tuve que parar un poco los pies. A veces es difícil hacerse oír. Parece una tontería pero no lo es.
Una de las mayores trabas a las que se enfrenta la mujer es la conciliación laboral. Algunas mujeres incluso llegan a frenar su carrera por su familia.
Eso está demostrado. La ciencia es una carrera de obstáculos. No solo la conciliación. Nosotras como somos menos en puestos de responsabilidad, participamos en muchos más comités que los hombres. Hay mucho trabajo que hacemos que no se paga. En ese sentido, hacemos mucho trabajo silencioso, que se suma a la conciliación. Es muy típico también que los proyectos internacionales estén dirigidos por hombres. Eso es algo que incluso en el nivel en el que estoy yo tenemos que seguir trabajando.
¿Qué le diría a esas jóvenes estudiantes que quieren enfocar su carrera al área científica?
Yo lo que les diría es que es un trabajo fascinante y que no tienen por qué estar solas. Que se atrevan, y, sobre todo, que no se pongan límites antes de empezar.


























