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A Coruña

El idioma secreto de las farmacias de A Coruña: de las pastillas que ‘hirven’ a la panceta

Descifrar lo que piden los usuarios de las boticas puede ser todo un reto para los profesionales que los atienden, que incluso tienen que comunicarse con mímica o dibujos con los clientes

Blanca González, en la farmacia que lleva su nombre en la calle Orillamar
Blanca González, en la farmacia que lleva su nombre en la calle Orillamar
Carlota Blanco
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Hay idiomas que se aprenden, otros que se heredan. Existen lenguas oficiales, cooficiales, minoritarias... Hay códigos que sólo se entienden entre generaciones y otros que van por nichos y profesionales. Hay algunos a los que incluso se les da categoría de universales, como a la música. Pero hay uno oculto, un gran desconocido, casi folclórico, que mezcla lo científico y lo comercial con lo cotidiano y humano y que carece de cualquier tipo diccionario. Es el idioma secreto de las farmacias, en el que las pastillas “hirven” y una “caja de anchoas” resulta ser un paracetamol azul. Un lenguaje que incluso cambia entre boticas y que se descifra a base de darle vueltas a la cabeza y conocer a quien te lo dice.

Las confusiones son comunes, pues muchas veces los nombres de los medicamentos parecen casi un trabalenguas. Algunos se van conociendo más con el paso de los años, como puede ocurrir con fármacos como el Frenadol, uno de los antigripales más populares pero que en 1971, cuando nació, era todo un reto, sobre todo para las generaciones más antiguas, donde era común que le llamasen ‘Fernandol’ y todas sus variantes.

Parecidos razonables

Pero ocurre con medicinas de todo tipo y algunas carecen incluso de sentido. “Había una señora que ya falleció, pero que me acuerdo mucho de ella porque siempre nos decía: ‘quiero la crema del bebé con chistera y la caja de anchoas’”, cuenta la farmacéutica Blanca González, titular de la oficina que lleva su nombre en la calle Orillamar.

Resulta que el primero era un bote que tenía en su pegatina a un niño con un sombrero y el segundo un Termalgin de color azul que decía que se parecía a una caja de anchoas. “Ya nos reíamos todos, pero esta señora no podía ir a otra farmacia porque no la iban a entender”, asegura González, quien la recuerda con mucho cariño. “Al final, creas un vínculo”, afirma.

Le pasa lo mismo a Carlos Varela, propietario de la farmacia Varela Sánchez Caballero en Os Mallos. Con más de 30 años de trayectoria, conserva multitud de anécdotas y, aunque es imposible acordarse de todas, recuerda cuando le pidieron por primera vez “pastillas que hirven”, o lo que es lo mismo, aspirinas efervescentes. “La primera vez le das mil vueltas”, asegura entre risas.

De la carnicería a la mímica

Incluso hay veces que el mostrador de la farmacia casi parece el de una carnicería. “Me pedían panceta”, cuenta Blanca González. Era Pantecta, un medicamento que se utiliza para el tratamiento a corto plazo de los síntomas de reflujo.

Aunque este tipo de confusiones se asocian mucho a personas mayores, lo cierto es que “hay de todo”. Y es que muchas veces se tiende a pensar solo en las personas neurotípicas, pero para aquellas con algún tipo de discapacidad la comunicación puede ser una barrera muy grande.

Es el caso de la población sordomuda. “Si saben leer y escribir no tienes problema, pero imagínate cuando te topas con una persona mayor que en su época no pudo ir al colegio y tienes que comunicarte con ella por dibujos o mímica”, explica Carlos Varela.

Este farmacéutico sigue atendiendo a personas de 80 o 70 años con estas características: “Imagínate lo difícil que es expresar el dolor en algún sitio con mímica. ¿Y cómo le explicas cómo tiene que tomar el medicamento? Es muy difícil”.

Su compañera Blanca González asegura que la clave radica en conocer al paciente “más allá de su historial farmaco-terapéutico”. Pero también asegura que no es el único reto a la hora de descifrar mensajes, pues aunque ahora la receta electrónica ha facilitado mucho las cosas, aún llegan algunas en papel y la letra de los médicos no ha cambiado su fama.

Al final es más una interpretación de saber qué especialista se lo ha recetado o para qué. Empiezas a pensar, se la manda cada 12 horas y te das cuenta de que debe ser X”, explica la farmacéutica, a quien le han llegado hojas de compañeros o clientes con textos “con mala letra” que no tenían nada que ver con la medicina y no ha podido saber qué decían. “No funciona para leer la carta de tu novio”, asegura entre risas.

Y es que, tal y como recuerdan estos profesionales, al final el farmacéutico va más allá de lo sanitario y los vínculos que allí se generan duran generaciones. “Confían en nosotros más que en el médico”, confiesa Varela. 

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