Cientos de fieles a las tascas desbordan la vuelta de Os Belés en A Coruña
La añoranza por una forma muy coruñesa y tradicional de divertirse llevó al lleno absoluto del local en su primera jornada

Decían los críticos musicales, cuando la gira de reunión de los británicos Oasis desbordó todas las previsiones, que no era una cuestión de nostalgia por los hermanos Gallagher. Se trataba de algo mucho más grande y conceptual: la añoranza por un determinado concepto musical y la formación tradicional de una banda, con guitarra, bajo batería y voz. Pues bien, salvando las distancias, el público objetivo y las intenciones de los 'clientes', Os Belés es Oasis. Solamente así puede entender que, en pleno 2025, una tasca con décadas de historia y que no ha cambiado un ápice ni su estructura ni su decoración consigue atraer a cientos de curiosos y nostálgicos en su fiesta de reapertura. Superó todas las previsiones, incluidas las de los convocantes y la nueva propiedad.
El encendido del letrero naranja de Fanta al comienzo de la avenida de Monelos es como si a una parte de la ciudad, a la que entiende la fiesta de una manera muy concreta y con unos códigos muy marcados, le hubieran reactivado su pequeño corazoncito. Como en el juego aquel, 'Operación'. La entrada, también la tradicional, es el andén 9 ¾ para esos coruñeses de toda la vida: un viaje a otra dimensión, la de la felicidad. Atravesar el diminuto marco y comprobar que nada ha cambiado le dibujó una sonrisa a más de uno. A la derecha, el grupo tradicional del antiguo Faiado, encabezado por Jose (ahora propietario), se encargó de un repertorio que ni pintado: 'Yo soy de Coruña', 'La piragua' o 'La negra Tomassa' contaron con un coro popular, compuesto por entre 10 y 20 fieles. El resto prefirió disfrutar de la música en segundo plano y de la tortilla, la empanada, los ibéricos y el vino como plato principal. Incluso hubo un cortador de jamón. Los primeros en llegar hicieron de las bandejas su coto privado.

Llegar hasta la parte trasera, la que era territorio Peteras, se hizo imposible en más de una ocasión. Literalmente, no cabía un alma más. Solamente un puñado de los presentes era debutante. Sin embargo, rápido se convirtieron en clientes seguros. “De hecho, vienen unos amigos de Nueva York y ya les vamos a hacer aquí la cena de Navidad”, advirtieron. Ese es el poder inexplicable de las tascas de toda la vida, de las que en la ciudad hay todavía mucha sed y cada vez menos barriles de vino.
























