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ATLANTIC CITY

Tentativa de agotar un lugar coruñés

En la escalinata de Santa Lucía podemos ejercer de gallegos cuánticos parándonos en medio de los peldaños, para despistar a los que no saben si subimos o bajamos

El inicio de la calle Castiñeiras de abajo
El inicio de la calle Castiñeiras de abajo
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Si ahora mismo yo fuese un Georges Perec trasplantado de Francia a Galicia y, en lugar de escribir Tentativa de agotar un lugar parisino, me pusiese a teclear mi Tentativa de agotar un lugar coruñés, seguramente elegiría Castiñeiras de Abajo para levantar acta de la vida de la ciudad. Como en el texto de Perec, hay buses que circulan calle arriba, en busca de Juan Flórez, aunque en la versión original los autobuses de Perec pasaban hacia bulevares parisinos más finolis. Y también hay un café con terraza —el Berry— desde el que se puede contemplar el mundo, que es un deporte muy de París, lo admito, pero siempre que los parisinos admitan que también es un deporte muy coruñés. Antes de Astérix y Obélix, ya había paisanos sentados en la Marina observando con mucha atención a los paseantes. Mirar cómo pasa la gente es la versión urbanita de ver crecer la hierba, o sea, de dejar que el tiempo se consuma él solo. Como esos pitillos que los fumadores dejan arder posados en el cenicero, a veces sin darle ni una sola calada, para demostrar quién manda. Ver al tiempo cocerse en su propia sangre, como la bendita lamprea del Ulla, es una forma como otra cualquiera de luchar contra la nada.

Si tuviese que agotar en un artículo este lugar coruñés —lo cual es una misión imposible—, escribiría que nace en Cuatro Caminos, justo donde el arquitecto Xosé Lois Martínez levantó su homenaje a un edificio de Berlín de Álvaro de Siza en el que, hace muchos años, alguien pintó “Bonjour tristesse”. Una pintada de lo más parisino, aunque esté en Berlín y tenga un clon en Coruña.

La calle es una cuesta suave por la que ascienden los buses 4 y 21, que siempre acarrean mucha gente, toda muy apretada y muy seria, camino de la oficina o del aula. Aquí está también El Rincón del Reino, que suena a ciudad sitiada de Juego de Tronos, pero que es un restaurante fabuloso.

Y, subiendo a mano derecha, está la terraza del Berry, desde la que escribo estas crónicas coruñesas, como Sagarra caligrafiaba sus columnas barcelonesas desde una mesita plantada en la acera donde se cortan —sin ni siquiera hacerse un rasguño— el paseo de San Juan y la calle Córcega. A los pies del Berry está mi rincón favorito de la calle: la escalinata de Santa Lucía. Ahí podemos ejercer de gallegos quedándonos quietos en medio de los peldaños, para despistar a los que no saben si subimos o bajamos. Nosotros lo tenemos claro, porque no somos dubitativos, sino cuánticos, y lo que pasa es que podemos subir y bajar a la vez. En medio de una escalera, somos gallegos de Schrödinger, como aquel gato que estaba vivo y muerto a la vez. Y en la escalinata de Santa Lucía, que tiene unos bancos de piedra maravillosos para sentarse a leer a Perec —o incluso a cualquier otro—, nadie sabe si subimos a Castiñeiras de Abajo (qué paradoja) o si bajamos a Fernández Latorre.

Desde que llegué al barrio hace un par de años, me corroe una duda: ¿Por qué Castiñeiras de Abajo, si no hay ni rastro de Castiñeiras de Arriba? ¿Por qué no Castiñeiras a secas? ¿Desaparecería esa otra Castiñeiras de Arriba como la difunta capilla de Santa Lucía, engullida por el viaducto de Alfonso Molina?

Como no tengo respuesta a tanta incertidumbre, que me asalta en medio de la escalera y me deja con una calle imaginaria rondándome la cabeza, mientras certifico mi fracaso a la hora de exprimir este lugar coruñés hasta su última gota, casi estoy por proponer que Castiñeiras de Abajo ascienda a Castiñeiras de Arriba. Después de tanto celebrar los ascensos del Dépor a la vuelta de la esquina de Cuatro Caminos —muy pronto festejaremos otro—, ya le toca promocionar a Castiñeiras. Una calle que, como todas las de Coruña, es única.

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