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A Coruña

Alberto Sucasas | “Tenemos el deber moral de reprimir el ángel malo que hay en nosotros”

El profesor de la UDC es uno de los pensadores más influyentes de las tres últimas décadas. Por el Día Mundial de la Filosofía, ahonda en esta disciplina como clave en el desarrollo del pensamiento

El filósofo coruñés Alberto Sucasas
El filósofo coruñés Alberto Sucasas
German Barreiros
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Hace más de cuatro décadas Alberto Sucasas (A Coruña, 1960) decidía encaminarse hacia el mundo de la Filosofía. A lo largo de su trayectoria, destaca por su reflexión sobre la relación entre diálogo y literatura. Pero, sobre todo, por no olvidar el exterminio que sufrió el pueblo judío y permanecer alerta para que algo así nunca más se repita. Con motivo del Día Mundial de la Filosofía, el profesor desde hace más de quince años de la Universidad de A Coruña ahonda en la importancia de esta disciplina como pieza clave en el desarrollo del pensamiento humano y recalca que el futuro de la filosofía pasa por hacer de ella un bien universal al alcance de todos.

¿Por qué decidió encaminarse hacia el mundo de la Filosofía?

Me licencié en Filosofía por la Universidad de Santiago en 1982. Lo que me llevó a estudiar filosofía fue puramente vocacional. Yo creo que hasta que acabé la carrera no me planteé que la vida de estudiante no podía prolongarse indefinidamente (risas). Había que ganarse el pan. Y, tras las dudas de si me ponía a hacer la tesis solicitando una beca o preparaba oposiciones, finalmente me decidí por lo segundo y bueno, tuve fortuna.

¿Cómo era en aquella época la filosofía?

Cuando yo estudiaba la carrera éramos unos 35 en clase. Era la tercera promoción desde que se había creado, porque en Santiago había Filosofía y Letras pero no la especialidad de Filosofía como tal. En aquel momento yo creo que era una etapa de transición entre lo que era la tradición escolástica, pero yo ya la viví bastante reciclada, es decir, ya había una apertura a lo que se hacía allí en nuestras fronteras y entonces, sin ser una facultad muy actualizada, ya no era lo que muy pocos años antes se podía vivir en las facultades españolas, que era una hegemonía clarísima de una filosofía muy rancia.

¿Qué tipo de autores le interesaban?

Yo creo que siempre viví durante la carrera una cierta dualidad entre el plan de estudios y lo que se impartía en las aulas y lo que a mí más me apasionaba. En las aulas era muy convencional, un recorrido por la historia de la filosofía, desde Platón o Aristóteles, a los clásicos modernos, Descartes, Hume, Kant. Yo diría que siempre tuve una cierta inclinación hacia la metafísica y la estética, quizá fueron esos dos los campos que siempre ejercieron una notable atracción sobre mí.

En su obra destaca la relación entre el diálogo y la literatura.

La literatura no tiene por qué ser filosófica, pero la filosofía se escribe. La filosofía está vinculada en ese sentido a la escritura, pero más allá de ello yo creo que hay conexiones y afinidades notables. Lo que queda de la historia de la filosofía son textos que hubieran sido, en su momento, publicados como libros. Mi último libro es una aproximación al teatro de Juan Mayorga, donde la filosofía juega un papel clave. Me interesaba ese campo fronterizo entre la escritura literaria y la reflexión filosófica. El caso de Mayorga es muy singular. Incluso cuando habla de filosofía, no deja de ser un autor teatral.

Usted gana el Premio de Ensayo Miguel de Unamuno por una obra que trata sobre el exterminio del pueblo judío. ¿Cómo se pudo permitir algo así?

Por un lado habría que hacer una reconstrucción histórica, donde tiene que ver el revanchismo que creó la derrota del Reich en la Primera Guerra Mundial, que provocó la proliferación de ideologías autoritarias de corte fascista en Europa. Pero creo que hay otro orden de factores al que podíamos llamar antropológico. Yo creo que ahí se puso de manifiesto algo que está en nosotros: la condición humana. No eran extraterrestres los que llevaron a cabo el gaseamiento y cremación de los judíos. Es perturbador, pero habría que explorar la posibilidad de que cualquier miembro de la especie se convierta en un cruel y brutal genocida de otros miembros de nuestra especie.

Es un ejemplo de lo perversa que puede ser la naturaleza humana.

Efectivamente. Nunca en la historia estuvo ausente el mal, la crueldad o la violencia. Pero, lo que se mostró en esos campos es que el nivel de destrucción inhumana que se había acumulado en la historia alcanzó un punto extremo que nos obliga a desvelar algo de nosotros mismos. Yo fui víctima de esa ilusión, al acercarme durante muchos años a testimonios de supervivientes. Siempre me parecía que debía leer a las víctimas que habían sobrevivido y tardé en darme cuenta de que si hay exterminio, hay exterminados, pero tiene que haber también exterminadores y que, en el fondo, los agentes son ellos y eso es lo que había que explorar. Probablemente no podamos extirpar ese ángel malo que hay en nosotros, pero creo que tenemos el deber moral de explorarlo, de intentar conocerlo justamente para poder, si no extirparlo, por lo menos domesticarlo, mantenerlo a raya y reprimirlo.

¿La cultura puede estar contaminada por el mal?

Sin duda. Creo que esa es una de las conclusiones que no podemos evitar del exterminio judío: la civilización y la barbarie van estrechamente de la mano. Por supuesto que tenemos que recurrir a la cultura como depósito de ideales humanizadores, como mejora del ser humano, pero sin caer en la ingenuidad. En mis clases les quiero transmitir a los alumnos que debemos estar siempre alerta porque el monstruo sigue ahí, y debiéramos intentar no salir de la pesadilla con sorpresa, sino haberlo anticipado y estar precavidos. En fin, más vale prevenir que curar. Tener siempre en mente que el mal regresa, y puede hacerlo intensificado.

¿Se auguran buenos tiempos?

No soplan vientos muy favorables. La conciencia humanitaria si no está hundida, está tocada. ¿Qué debemos hacer? Yo creo que ante todo, reforzar ese componente que no está ausente de nuestro paisaje colectivo, pero que, sin duda, está debilitado porque soplan líneas de pensamiento y de actuación política, cada vez con mayor presencia en la escena mundial, que son todo menos alentadoras.

¿Y para la filosofía?

La filosofía tiene dos ámbitos de desarrollo. Uno, el más obvio, es el académico, es decir, las facultades, los profesores, las colecciones o los congresos de Filosofía. El otro, menos obvio pero más importante, es lo que se suele llamar una filosofía mundana, es decir, una filosofía para no especialistas, pero que difunda, por así decirlo, la problemática del pensamiento para cualquiera. Yo pienso que la filosofía no puede ser monopolio o patrimonio exclusivo de los licenciados, sino que es algo de todos. Realmente hay una receptividad hacia la filosofía siempre y cuando uno no adopte una actitud aristocratizante de aquí estoy yo en posesión de la verdad, del bien y de la justicia, sino sembrar interrogantes e incitar a la reflexión. Yo creo que ahí está el futuro.

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